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La Contra Nº 12.488 · 8 julio 2026, 00:05
Marga Clark
Marga Clark, poeta y artista fotógrafa:

“Mi tía se pegó un tiro en la sien por Juan Ramón Jiménez”

Foto: Joan Mateu Parra / Shooting

Tengo 81 años.Soy de Madrid y viví en Nueva York.Soy poeta y artista fotógrafa.Tengo dos hijos, Michelle (57) y Steve (55), y cuatro nietos (de 16 a 4). ¿Política?Feminismo y derechos humanos. ¿Creencias?Lloro ante un árbol, siento que la naturaleza es Dios: soy spinoziana.

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Actualizado hace 30 d Contrastado por la redacción Cómo lo hemos informado

Esta información ha sido elaborada por la redacción de La Vanguardia a partir de fuentes propias y verificadas.

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  • 01Margarita Gil Navarro, me llamo.
  • 02Con 24 años me casé en Nueva York con Steve Clark: ahí ya fui Marga Clark.
  • 03¿Qué hacía usted en Nueva York?
  • 04Madrid me asfixiaba, estaba en un colegio de monjas.

Madrileña... ¿y Clark?

Margarita Gil Navarro, me llamo. Con 24 años me casé en Nueva York con Steve Clark: ahí ya fui Marga Clark. Era el año 1969.

¿Qué hacía usted en Nueva York?

Madrid me asfixiaba, estaba en un colegio de monjas. Yo tenía alma de poeta, quería volar. Y conseguí una beca.

¿Adónde fue?

Tenía 19 años cuándo llegué a la Universidad de Boston, en 1963, e hice amigas de la alta sociedad, unas sobrinas de Kennedy... Asistí a la revolución sexual, las drogas...

¿Por qué se casó?

Nos enamoramos Steve y yo: los Clark trabajaban con la familia Singer.

¿Los de la máquina de coser?

El abuelo de mi marido cuidó de las patentes del abuelo Singer, genial inventor pero desastroso para gestionar.

¿Y qué tal usted con los Clark?

¡Muy bien! Pero yo era inquieta, Steve me protegía, pero yo quería arriesgar, explorar mis vocaciones artísticas. Nos separamos. Crié en Nueva York a mis dos hijos.

¿Y qué exploró usted?

Yo era bohemia, hippy, rebelde... En los años 70, en Nueva York, ir a discotecas era una experiencia artística. Iba con mi camiseta de lucecitas... Iba con los Stones.

¡Vaya!

Y fui amiga de Steve McQueen: un día me cargó en brazos porque me caí de una moto. Y amisté con Paul Newman.

¿El hombre más bello del mundo?

Y con más estilo: llamé a su puerta y me abrió él, descalzo, pinzada su taza de café entre dos dedos... ¡Uf, uf!

¿Y a qué se dedicaba usted?

Rodaba documentales sociales con una Bolex de 16 mm. Me la robaron y me pasé a la fotografía. Retraté a Adolfo Suárez.

¿El presidente del gobierno de España?

Visitó Nueva York en 1980 y me convocaron: ¡qué hombre tan superencantador! Nos hicimos fotos juntos: las conservo.

¿Por qué le convocaron a usted?

Mi casa en Nueva York tenía las puertas abiertas, era lugar de reunión de todos los españoles de paso por Nueva York, desde Pedro Erquicia hasta Felipe González...

¿Qué más hizo?

Fotografía conceptual. A Andy Warhol le interesó, tanto como mi forma de bailar en Studio 54: sacó su cámara y me hizo un montón de fotos. En su revista publiqué un reportaje sobre Fernando Botero.

¿Y qué hay de su vocación poética?

Desde los 15 años escribo poemas y seguía escribiéndolos. Es increíble que de adolescente escribiese un poema profético.

¿Me lo recita?

“Si el verso rima con la muerte y la poesía es el rumbo de mi vida, vida y muerte riman con la existencia y esa rima creara poesía”. Y sí: la poesía es y será mi rumbo.

¿Dónde nace su pulsión poética?

Algo familiar con la muerte. “Vivimos para morir / y dejamos nuestra huella / impresa / en la cicatriz abierta / de un poema”, escribí: lo sentía y lo siento.

¿Algo familiar con la muerte?

Mi tía paterna se llamaba como yo, Margarita. Margarita Gil Roësset. No hablaban en casa de ella, porque era tabú.

¿Por qué era tabú?

Margarita se suicidó con 24 años. Dejó un diario con sus motivos. Se lo entregó a Zenòbia Camprubí: “No lo leas ahora”, pidió. Y se fue a su cuarto y se disparó en la sien.

Y sus motivos, ¿cuáles eran?

Artista precoz, dibujaba e ilustró cuentos escritos con su hermana, ¡y era una escultora genial! Frecuentaba al poeta Juan Ramón Jiménez... ¡y se enamoró!

¿De quién?

De Juan Ramón: Margarita se inmoló porque temió seducir a Juan Ramón y lacerar a Zenòbia, ¡a la que adoraba! Era 1932. Antes de matarse, Margarita rompió sus esculturas... salvo su busto de Zenòbia. Usó el revólver del abuelo Julián.

Menudo dramón.

La madre de Margarita, mi abuela, enamoradísima de su marido Julián, militar, besaba en su ausencia los botones dorados de sus uniformes colgados en el armario.

Qué amores tan intensos, ¿no?

Me bautizaron Margarita. Rastreé la sombra de mi tía: veo desamparo, tristeza, abandono y belleza. Con mi hijo Steve hemos escrito un guion para una película.

¿Qué decía el diario de Margarita?

“Zenobita, vas a perdonarme, me he enamorado de Juan Ramón”, confesaba, y que se iría con él si él se lo pidiese... Una vida tan prometedora... así de malograda por amor. Yo me prometí no acabar así.

¿Qué mensaje dejará a hijos y nietos?

La vida es para vivirla. Cuando muera irán al Retiro a leer mis poemas junto al árbol en el que grabé esta frase: “Escribo para encontrar luciérnagas en la noche”.

VA
Víctor-M. Amela
La Contra

Forma parte de la redacción de La Vanguardia.

Ver comentarios 3
Las normas de la comunidad aplican.
ML
Marta L.Suscriptorhace 12 min

Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.

JP
Joan P.Suscriptorhace 28 min

Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.

RV
Roberto V.hace 1 h

Excelente trabajo de la redacción, como siempre.