¿La espiritualidad humana nació entre plantas?
Definitivamente sí. Sin plantas no habría dioses. Sin ellas no habríamos sobrevivido, pero tampoco imaginado el mundo como lo hacemos. La naturaleza no solo nos alimentó: también dio forma a nuestras creencias.
¿Sin plantas no hay paraíso?
Prácticamente todos los paraísos tienen un componente vegetal. Ocurre en el cristianismo, el islam y en las culturas mesoamericanas. Cuando pensamos en un destino agradable tras la muerte, solemos imaginar una naturaleza amable, sin venenos ni espinas.
La agricultura transformó las religiones.
Sin duda. Las religiones neolíticas están llenas de imágenes de siembra y cosecha. La Biblia utiliza a menudo metáforas agrícolas y en la antigua Grecia se ofrecían los frutos de la tierra a los dioses para proteger las cosechas de plagas y adversidades climáticas.
Hasta la muerte se representa con un símbolo agrícola.
Con la guadaña. La fertilidad vegetal y la humana han estado muy vinculadas: de ambas dependía la continuidad de la sociedad.
¿De dónde nace la asociación entre plantas y brujería?
Del vínculo antiquísimo entre las plantas medicinales, los venenos y la magia. En la antigua Grecia, la palabra relacionada con determinados hechizos está emparentada con nuestros términos fármaco y farmacia.
Y también buscábamos en ellas la inmortalidad.
Desde hace miles de años. En la epopeya de Gilgamesh, el héroe encuentra la planta de la inmortalidad, pero una serpiente se la arrebata. En China también se buscó durante siglos. Comían resina de pino porque creían que concentraba la longevidad del árbol.
En América el tabaco era una planta maestra.
Y todavía lo es en muchas sociedades amazónicas. Se fuma, se come, se inhala. Se considera que tiene espíritu y que abre la comunicación con otros seres espirituales.
Los sadhus hindúes utilizan cannabis para meditar.
El cannabis está vinculado a Shiva, dios de la destrucción y la disolución del ego. Muchos de sus devotos lo consumen como una forma de acercarse a la divinidad.
Las plantas siguen presentes, pero los símbolos cambian.
Sí. En China hace siglos se ofrecía mijo a los muertos; hoy se queman reproducciones en papel de Ferraris, teléfonos móviles y otros objetos para que lleguen al mundo de los difuntos. Tener una familia que se ocupe de enviártelos también da estatus en el más allá.
Un rito curioso.
Entre algunos pueblos zapotecas, la muerte se concibe como un proceso de secado: pasamos de la humedad de la vida a la sequedad de la muerte. Para facilitar esa transición elaboran con flores una especie de cuerpo provisional para el espíritu.
El botafumeiro es más nuestro.
El incienso procede de resinas que los árboles segregan para desinfectar sus heridas. Nosotros convertimos esas lágrimas aromáticas en humo y las interpretamos como un puente entre lo material y lo espiritual.
Dicen que también servía para disimular el mal olor de los peregrinos.
No lo reduzcamos a eso. El incienso purifica, simboliza la presencia divina y crea además un olor compartido que identifica a una comunidad religiosa.
¿Las plantas también tienen magia?
Los griegos escribían conjuros sobre frutos para despertar el deseo. Todavía en el siglo XX se documentaban embrujos amorosos con leche de coco en las islas Marshall.
¿Y para adivinar el futuro?
Constantemente. Se siguen interpretando los posos del café o el humo del incienso.
¿El fruto prohibido era una manzana?
La Biblia nunca dice que lo fuera. Solo habla del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. En el arte medieval aparece unas veces como una higuera y otras como un cítrico. La manzana llegó después.
Buda se iluminó bajo una higuera.
Bajo una Ficus religiosa. La identificación entre Buda y ese árbol llegó a ser tan intensa que, en algunas representaciones antiguas, Buda aparece simbolizado por una higuera.
La rosa también pasó del paganismo al cristianismo.
Era la flor de Afrodita. Más tarde fue reinterpretada: la rosa roja representó la sangre de Cristo y la rosa sin espinas, a la Virgen. Incluso el rosario toma su nombre de la rosa.
¿A qué conclusión ha llegado?
A que no basta con proteger las plantas porque nos resulten útiles. Debemos reconocer que tienen un valor propio.
¿Para usted ese cambio empieza por una cuestión espiritual?
Sí. Dejar de ver las plantas como simples recursos es un cambio ético y espiritual. De él depende también nuestra supervivencia.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.