Los bulos científicos no se propagan únicamente porque no sepamos distinguir la verdad de la mentira. A menudo circulan porque despiertan emociones que eclipsan la actitud crítica. Esa es una de las principales conclusiones de la segunda edición del informe “Desinformación científica en España”, elaborado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) en el marco del proyecto europeo IBERIFIER Plus.
“La desinformación científica ya no es una crisis puntual, es ruido de fondo”, resumió Celia Díaz Catalán, una de las autoras del estudio, durante la presentación organizada por Science Media Centre España.
Compartir antes de verificar
Un amigo reenvía por WhatsApp que un alimento “reduce el riesgo de cáncer”. Un familiar comparte un vídeo de TikTok sobre un tratamiento revolucionario. O alguien publica en redes sociales que un nuevo descubrimiento científico cambiará la vida de millones de personas. Antes de comprobar si es verdad, la reacción suele ser otra: “Ojalá sea cierto”. Esos segundos en los que la emoción se adelanta al pensamiento crítico pueden ser decisivos para que un bulo científico termine propagándose entre cientos de personas.
Para averiguar qué hace que una persona pulse el botón de “compartir” antes de verificar la información, los investigadores realizaron un experimento con más de 2.200 personas. Los participantes leyeron noticias científicas verdaderas y falsas. A unos se les pidió reflexionar sobre su credibilidad y a otros sobre las emociones que les provocaban. Los resultados mostraron que detenerse a valorar la veracidad reducía significativamente la intención de compartir información falsa. En cambio, cuando los participantes se centraban en las emociones que les despertaba la noticia aumentaba su predisposición a difundir bulos.
Los contenidos que más se compartían no eran los más alarmistas, sino los que despertaban esperanza u optimismo, incluso cuando el usuario no estaba completamente convencido de que fueran ciertos. Según los autores, estos mensajes conectan con un deseo compartido: que exista una cura, un tratamiento mejor o una solución sencilla. Díaz Catalán también relacionó este fenómeno con la economía de la atención. “Las plataformas digitales premian los contenidos que generan una respuesta emocional, favoreciendo su difusión”, explicó para La Vanguardia.
Del Covid a la dieta milagrosa
El informe refleja también cómo ha evolucionado la desinformación científica desde la pandemia. En 2022 el COVID-19 y las vacunas monopolizaban los bulos. Cuatro años después, los mensajes falsos que más dicen recibir los españoles tienen mucho más que ver con qué comer, cómo adelgazar, qué suplemento tomar o qué tratamientos funcionan realmente.
La nutrición y el bienestar encabezan ahora la lista de ámbitos donde la población percibe más desinformación (40%), por delante del cambio climático (36,2%), los tratamientos médicos (31,9%) y las vacunas (28,3%). El bulo científico ya no aparece únicamente durante grandes crisis sanitarias, sino que se ha instalado en la vida diaria.
La inteligencia artificial entra en escena
Otra de las novedades del estudio es la irrupción de la inteligencia artificial como fuente de información científica. Herramientas como ChatGPT, Gemini o los resúmenes automáticos de los buscadores ya son utilizadas semanalmente por una de cada tres personas, situándose a niveles similares a la radio y la prensa. Pero, paradójicamente, seis de cada diez personas creen que precisamente la IA facilita la difusión de desinformación.
Confiamos en los científicos, pero nos informamos por redes sociales
El personal científico continúa siendo el actor que genera mayor confianza. El 83,8% de la población afirma confiar mucho o bastante en él y la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) ocupa el segundo lugar (73,9%). “La sociedad confía mucho más en quien genera el conocimiento científico que en quien lo comunica”, afirmó Díaz Catalán. “Sin embargo, buena parte de la información científica llega hoy a través de redes sociales o de los agentes políticos, precisamente de quienes la población percibe una mayor presencia de desinformación”.
El informe identifica además el “efecto de tercera persona”. Más de la mitad de los participantes (51,5%) cree reconocer bien los bulos, aunque solo un 3% piensa que la persona promedio en España sea capaz de hacerlo. Esa percepción de ser menos vulnerable que los demás reduce la sensación de riesgo individual y favorece que muchas personas compartan contenidos comprobar su veracidad.
No basta con ofrecer más datos
Quizá la conclusión más incómoda del informe sea que una mayor cultura científica no garantiza estar protegido frente a la desinformación. Los investigadores observaron que la intención de compartir bulos depende sobre todo de factores psicológicos y sociales, como el pensamiento conspirativo, el llamado populismo científico o la creencia de que “las noticias me encuentran”, la idea de que no hace falta buscar información porque acabará apareciendo en redes sociales.
El informe cuestiona la idea de que las teorías conspirativas nazcan simplemente de la ignorancia. Según los autores, suelen responder a mecanismos psicológicos como la necesidad de encontrar explicaciones sencillas a problemas complejos, recuperar una sensación de control ante la incertidumbre o el deseo de sentirse diferente o formar parte de un grupo que cree conocer una verdad oculta. Por eso, combatirlas únicamente con más datos rara vez resulta eficaz. “Las estrategias preventivas funcionan mejor que intentar convencer a una persona cuando esas creencias ya están consolidadas”, explicó Pablo Cabrera para La Vanguardia, que defendió reforzar la transparencia y desmontar los bulos antes de que lleguen a asentarse.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.