Cuando la memoria se vuelve frágil, son los sentidos los que empiezan a recordar, y pocos sabores son tan universales como el de una galleta. El aroma tibio a mantequilla, las migajas pegadas en los dedos y aquel crujido seco del primer mordisco. Para la antropóloga, poeta y escritora Laura Sanz Corada, esa memoria tiene un peso aún más profundo. Ella es de Aguilar de Campoo, “el pueblo de las galletas”, donde nacieron las míticas María y durante más de un siglo funcionó la fábrica Fontaneda. “Todavía hoy, si el viento viene bien, llega una ráfaga de vainilla desde el polígono”, asegura la autora sobre un lugar marcado por la industria galletera, pero donde durante décadas quedaron en silencio las mujeres que sostuvieron la producción. Una de ellas fue su madre, María Inmaculada, que entró a trabajar en la fábrica con apenas 14 años y permaneció allí hasta pasada la treintena. A partir de esa historia, Corada construye Galleteras. La otra memoria de la galleta María (La Caja Books), un libro que entrelaza archivo, memoria íntima y relato colectivo para devolverles a sus protagonistas un lugar en la historia.
Detrás de la imagen comercial de las María existía otra realidad. “Uno piensa en una fábrica de galletas y se imagina algo dulce, pero era un trabajo durísimo”. Las jornadas transcurrían frente al calor agobiante de los hornos, entre movimientos repetitivos y quemaduras en las manos. Muchas trabajadoras llevaban esparadrapo en los dedos para soportar las heridas de trabajar pegadas al fuego.“De dulce solo tenía que podían robar alguna galleta rota o bañar bizcochos en chocolate”.
Aquellas adolescentes, aun siendo menores, necesitaban la autorización de su padre para entrar a la fábrica. “Era, de algún modo, el destino que parecía estar elegido para todas, pero también una alternativa a estudiar”. Muchas no se sentían cómodas en la escuela y el trabajo les ofrecía una autonomía económica inusual para la época. “Al principio el sueldo iba íntegro a la casa, para ayudar a los padres y hermanos, pero aun así significaba empezar a tener un lugar propio”.
El trabajo no se detenía ni siquiera durante las grandes nevadas que cubrían Aguilar de Campoo. “La fábrica no paraba nunca”. Cuando se cortaba la luz, las tareas se multiplicaban. Había que recolocar galletas, revisar hornos y reorganizar toda la producción. Después de ocho horas de trabajo, muchas todavía tenían que asistir a clases de costura, porque eso era lo que entonces se esperaba de una mujer. “Para mi madre era un infierno porque no le gustaba nada, no se le daba bien”.
Las amistades que nacieron dentro de la fábrica sobrevivieron mucho más allá del trabajo. “Mi madre aún se junta con sus compañeras, las mujeres del horno 12. Me parece una preciosidad”. En esas reuniones que la autora pudo presenciar, llenas de anécdotas repetidas y versiones que a veces se contradecían, también aparecían vacíos, pausas y experiencias difíciles de poner en palabras. “Escribir este libro fue aprender a escuchar esos silencios”.
Cuando llegaron los despidos en los años noventa y el posterior cierre de Fontaneda en 2002, muchas trabajadoras resistieron encerrándose dentro de la empresa para defender sus puestos. Para Corada, “la historia de Fontaneda también es la historia del trabajo femenino”. Sin embargo, gran parte de esa memoria no estaba en los archivos oficiales, sino en una carpeta que su madre ocultó durante años. “Por un lado decía que no quería hablar del tema y que lo había olvidado, pero lo había conservado todo: nóminas, el carné del sindicato, la carta de renuncia, recortes de diarios… guardó la historia sin imaginar que su hija terminaría escribiendo un libro sobre ella. Una hija de galletera tenía que contar esta historia”.
El libro avanza de manera fragmentaria, saltando entre tiempos, escenas y recuerdos, “porque la memoria nunca es lineal”, explica la autora. Pero más allá de la historia de Aguilar de Campoo y de las mujeres que trabajaron en sus hornos, Galleteras también reconstruye una historia mucho más amplia, la de la propia galleta. Un alimento nacido como solución práctica para largos viajes y campañas militares, capaz de conservarse durante meses, que terminó convirtiéndose en símbolo doméstico, merienda infantil y refugio emocional compartido por generaciones.
“Las marcas son profundamente afectivas, aunque intentemos resistirnos”, reflexiona Corada, hoy instalada en Madrid. Cada vez que su madre la visita, le lleva galletas compradas en Aguilar, aunque pueda encontrarlas idénticas en cualquier supermercado. Es un gesto heredado de otro tiempo, cuando las más frescas salían directamente de la fábrica del pueblo. “Hay cosas que ya no tienen que ver con el consumo”.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.