El cuerpo de la mujer como reclamo para vender algo. Una estrategia antigua, poco original, aplicada en muchos ámbitos y que en el caso de la hostelería se suele vincular a locales nocturnos. En Santiago de Chile, sin embargo, a alguien se le ocurrió recortar las faldas de las camareras a principios de los años 80 para incentivar el consumo de café. Nacieron así los llamados “cafés con piernas” que, casi medio siglo después, perviven en el centro de la capital chilena entre la tradición, la sorpresa del visitante que los descubre y alguna que otra polémica.
A Café Haiti uno entra atraído por su bonita decoración. Locales con ese encanto de las cafeterías clásicas, en peligro de extinción en España. En el centro, una gran barra central abierta en la que se despachan cafés que se toman rápido, al estilo italiano. Cuentan con casi una decena de locales repartidos por la ciudad, incluyendo algunos en las principales calles del centro histórico y venden su propia marca de café. Con 70 años de historia son parte del paisaje habitual de la ciudad.
Hasta ahí todo normal. Pero hay un detalle que chirría: todas las “garzonas” -aquí camarera suena a cargo inferior- llevan falda corta, y normalmente tacones altos. Un segundo vistazo a esa bonita barra permite entender mejor que si es abierta y elevada es para que luzcan allí las piernas de las camareras. Efectivamente, estamos en un “café con piernas”, en la casa que allá por 1982 invento este singular concepto para animar la hostelería en una zona donde se concentran empresas, bancos, despachos y muchas instituciones de gobierno.
Café en bikini
A un Haiti o a un Caribe, otra histórica cadena de cafeterías, uno podría entrar, tomarse un café rápido y no caer en esto de las piernas. Son locales donde también entran mujeres, y las reuniones de negocios son habituales. Pero la cosa cambia si se baja a alguna de las galerías de zona centro donde están instalados los cafés con piernas de, digamos, segunda generación. Menos luz, menos ropa, cristales opacos, bikinis como uniforme y un ambiente en el que pedir un expreso añade un punto de surrealismo al ambiente.
Pero es lo que se bebe, porque en la carta de estos locales que abren desde primera hora de la mañana hasta normalmente las ocho de la tarde no se sirve alcohol. Agua, zumos y refrescos son la alternativa al café, que es lo que toma la mayoría. El primer local que visitamos es pequeño y está vacío. Dos mujeres en bikinis tan pequeño como luminosos se acercan al momento, divertidas por la cara de sorpresa de los clientes.
En la carta de estos locales que abren desde primera hora de la mañana hasta las ocho de la tarde no se sirve alcohol
Suena bachata. Pedidos los cafés y aclaramos que somos periodistas para evitar malentendidos. La sonrisa se vuelve cara de preocupación. Ha habido un reportaje reciente en la televisión -nos cuentan- y la imagen de los cafés con piernas no ha salido bien parada. Nada de fotos, piden. Ambas son migrantes, como muchas otras mujeres que trabajan en este tipo de locales. Aseguran estar contentas y ganarse bien la vida así.
El reportaje al que se refieren es del periodista Javier Pontillo. Emitido en el canal Mega, Pontillo visitó cámara en mano varios establecimientos para descubrir que tras la fachada de “café con piernas” en algunos se ejerce directamente la prostitución. “Ha habido polémica porque quizás es algo que la mayoría de los chilenos creemos que no pasaba de forma tan masiva, hablamos de algo con 50 años de historia, muy instaurando en la sociedad”, explica el reportero.
Clientes habituales
En las mismas galerías hay unos cuantos cafés con piernas. En uno de ellos llama la atención un cartel que informa que una chica no está ahí, pero que se la puede encontrar en otro. La nota aporta un curioso gesto de cotidianeidad al asunto, que confirma que muchos son clientes habituales que toman café siempre con la misma garzona.
Entramos en uno al azar, sin mirar el nombre. Es más amplio, y hay bastante ambiente. Una chica se acerca, saluda con besos en la mejilla y se piden los cafés. Esta vez nos identificamos
como turistas que tenían curiosidad por conocer un café con piernas. Las normas, nos explica, son claras en el local: nada de alcohol, nada de tocar, simplemente charla, simpatía y un rato agradable. Mientras al fondo en la cafetera se espuma la leche para una capuccino entre neones, uno de los clientes parece no haber entendido la parte de no tocar.
“Durante muchos años había guías que llevaban a los locales a los turistas, pero últimamente ha bajado”, apunta Marianela Salgado. Lleva más de 25 años trabajando en el sector y ahora es socia administradora y jefa de Café Alibabá, la cadena más conocida de “café con piernas” donde se ofrece esta combinación de café y chicas con “ropa sexy”. Ella los distingue así de los “cafés con vestidito”, en referencia a los cafés clásicos que están a pie de calle
Pero, sobre todo, defiende la imagen de estos locales frente a los que “tienen otro tipo de atención” y han desvirtuado la imagen del café con piernas, asustado a clientes y turistas y puesto en riesgo el negocio. Habla, claro, del citado y polémico reportaje emitido en televisión. “A mí me interesa que nosotros trabajemos de acuerdo al reglamento”, defiende. “Somos el único café con pierna que trabaja de forma seria y mantiene la tradición popular, que es servir café en bikini con luces bajitas”, añade Leonardo Araya, propietario del negocio.
De la dictadura al destape
“Es algo cultural, es parte de Chile. En ningún otro país existen los cafés con piernas. Tenemos una cultura distinta, más conservadora”, apunta Marianela Salgado. Las referencias a la tradición, la historia y patrimonio son constantes cuando se pone el tema sobre la mesa. También los chistes y las bromas de algo que, en cierto modo, parece seguir siendo un tabú 50 años después.
“Chile es un país muy conservador, pero también de doble estándar. Nuestros clientes son toda la gente que pasa por el centro de Santiago, abogados, médicos, contadores, emprendedores, turistas, por tanto, es absolutamente transversal”, señala el responsable de Alibabá.
Han sobrevivido a gobiernos progresistas y conservadores y su declive parece deberse más a la salida de muchas empresas del centro histórico que a temas sociológicos o de género. Por mucho que pueda sorprender al visitante, su prohibición no parece ser una posibilidad. Casi todo lo contrario, con iniciativas del Servicio Nacional de Turismo para crear una suerte de barrio rojo al estilo Ámsterdam. “Pero creo que está lejos de pasar, más aún con el gobierno conservador actual”, matiza Javier Pontillo.
“El café con piernas es nuestra contradicción más honesta. Es patrimonio y es pecado”, resume Pontillo en el cierre de ese reportaje que ha vuelto a traer a los titulares chilenos el asunto. Los cafés, nacidos en la dictadura de Pinochet, proliferaron en los años 90 en una época de libertad y destape, y antes de la pandemia vivieron un gran auge, con más de 200 locales en el centro.
Es cierto que es algo único en Chile y concentrado en Santiago. Ha habido intentos de traslada el modelo a otros países como Argentina, pero no han cuajado. Tampoco funcionó, nos contaba una de las chicas de un local, el intento por hacer una versión para mujeres con hombres sirviendo en ropa sexy. “Nosotras funcionamos diferente, queremos otras cosas”, explicaba divertida.
El estigma de las mujeres
La cadena de restaurantes Hooters, con locales en Estados Unidos donde camareras con escote generoso sirven alitas de pollo y otros platos de comida rápida es el ejemplo más citado a la hora de buscar un modelo similar al de los “cafés con piernas” chileno. Un negocio en crisis desde hace años, que llegó a tener un local operativo en Castelldefels (Barcelona) pero cuyos amagos de reapertura años después generaron mucha polémica.
Más aceptados parecen los Maid Cafe de Japón, que surgieron a partir del año 2000. De hecho, no faltan teorías que miran hacia Chile y estos “cafés con piernas” como origen de una idea similar: mujeres que atienden y acompañan de forma servicial a clientes hombres, normalmente disfrazadas de diferentes temas y en muchos casos con un juego sensual donde, eso sí, no se admite ningún contacto físico.
“No queremos estigmatizar a las mujeres que buscan trabajo para sobrevivir. Pero sí nos interesa garantizar su seguridad”, explicaba hace años Irací Hassler, alcaldesa de Santiago de Chile por Chile Digno, Verde y Soberano -una coalición de partidos de izquierda- desde 2021 a 2024 y actual diputada en el Congreso. Su postura resume muy bien el discurso desde posiciones feministas y progresistas ante un tema tan delicado donde se combinan derechos de la mujer, tradición y también la capacidad de decisión e independencia económica.
Yo vivo gracias a mi trabajo y los clientes que dejan una propina. No estoy haciendo nada malo”
El estudio “Café con piernas” una pornotopía a la chilena: sexualidad y espacio en una instalación neoliberal publicado en 2019 por Marcela Carolina Hurtado Rubio y Rodrigo Browne Sartori aporta un interesante análisis sociológico a este fenómeno a partir del concepto de pornotopía ideado por Beatriz Preciado años atrás. Los autores hablan de estos locales como una “heterotopía, un espacio de excepción moral donde los hombres reafirman sus roles de género tradicionales sin afrontar consecuencias ni rechazos reales del mundo exterior.
“Los que lo critican, no alimentan mis hijos. No me interesa su opinión. Yo vivo gracias a mi trabajo y los clientes que dejan una propina. No estoy haciendo nada malo”, defiende Marianela Salgado, que resume todo de forma más sencilla- “Aquí todo el mundo te trata bien, hay conversación, compañía, te tomas un café agradable”.
Más allá de que muchas de las mujeres que trabajan en estos negocios vienen de otros países, las historias detrás son muy variadas. “Al meterme a este mundo descubrí que había estudiantes de derecho o ingeniería que pagaban su universidad con esto. Había otras que eran madres solteras que eran las que mantenían a sus familias. Una trabajadora de café puede ganar 1700 euros al mes trabajando cinco horas al día”, explica Javier Pontillo.
Un negocio anacrónico, un asunto controvertido, pero también una tradición arraigada, de esas que no suele gustar que se venga desde fuera a criticar. Los “cafés con piernas” han sido testigos del movimiento #metoo, han sobrevivido a la pandemia y, aunque todo el mundo asume que son algo que no encaja con el papel de la mujer en la sociedad actual, pocos creen que vayan a desaparecer.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.