Cafe latte, huevos poché, croque-monsieur, Bloody Mary o flat white. Son algunos de los platos y bebidas que se han convertido en habituales en los restaurantes de brunch de Barcelona. No solo en el centro de la ciudad, donde se concentra buena parte de la afluencia turística, sino también en barrios más residenciales, donde los vecinos han visto cómo, en el último lustro, el tradicional café con leche ha ido cediendo terreno a cafés de especialidad con precios que oscilan entre los tres y los cuatro euros.
Frente al auge de este tipo de locales, el Bar Haití, un negocio familiar con casi 70 años de historia en el Gòtic, ha decidido reivindicar los desayunos de tenedor. Lo hace a través del movimiento “Mori el Brunch” —“Muerte al brunch”—, un lema que, a petición de algunos clientes y tomando prestado el título de una canción de Fetus, grupo catalán de folk punk, colocaron el 11 de septiembre sobre una senyera, justo encima del cartel que da nombre al bar y que permanece intacto desde su apertura.
Durante la Diada de Catalunya ofrecieron una selección de sus platos estrella de cocina tradicional y volverán a hacerlo el día de la Mercè (el próximo jueves).
“Queremos reivindicar que somos un negocio pequeño y estamos en el barrio más gentrificado de toda la ciudad, donde cada vez se abren más cadenas de brunch. Intentamos resistir al máximo y estamos en un momento en el que la situación es muy delicada”, explica Clara Fanlo, encargada del servicio de mesas y de la comunicación del bar, en conversación con La Vanguardia.
Justo enfrente del Haití, ubicado en el número 3 de la calle Jaume I, Fanlo explica que ha abierto recientemente un nuevo local de brunch y lamenta que, hace unos dos años y medio, cerrara el Bar Brusi, otro de los establecimientos emblemáticos de cocina casera de la zona. Para Fanlo, ambos ejemplos ilustran una transformación que el barrio lleva años experimentando.
“Si en el bar de enfrente los turistas piden lattes, huevos poché y tostadas de aguacate, nosotros actuamos como contrapunto: servimos desayuno de tenedor. Aquí sacamos nuestros platos estrella, desde el 'cap i pota' hasta unas albóndigas con sepia, una merluza a la vasca o lentejas con chipirones, además de otros platos de cocina catalana”, explica.
Además de sus desayunos diarios, el Haití destaca por su menú de mediodía y por los bocadillos del día. El de hoy, por ejemplo, es de lomo con pimientos amarillo, rojo y verde.
Oriol, cocinero del Haití, asegura que entre los platos que más triunfan están precisamente el capipota y la tortilla de espigalls, una receta que preparaba la abuela de Josep Servitja, actual propietario y tercera generación al frente del negocio. “A los turistas que no conozcan la cocina catalana les diría que vengan a probarla, y también otros platos de la cocina mediterránea. No hay nada como el chup-chup y un buen trozo de pan de horno de toda la vida”, defiende Oriol.
El pan que utilizan procede del Forn Vilamala, en el barrio del Clot, donde todavía se cuece en horno de leña. No es una decisión arbitraria. El bar reivindica el uso de producto de proximidad como otra de sus señas de identidad. “Todo lo que tenemos en el bar es, en la medida de lo posible, de proximidad. La fruta la compramos en una frutería de aquí, a agricultores de la zona; la carne también es de proximidad y los embutidos los traemos del pueblo”, explica Fanlo.
La apuesta, insiste, no consiste simplemente en mantener una estética o una carta tradicional. “Intentamos que eso también nos diferencie, que no seamos simplemente un bar de toda la vida donde te ponen cualquier cosa. Nos miramos mucho el producto, también para que la gente pueda apreciarlo”, añade.
El espacio de reunión social del barrio
Pero el Haití no quiere ser únicamente un contrapunto a los negocios de brunch y café de especialidad que proliferan en el centro de Barcelona. Para muchos vecinos, el bar funciona también como un espacio cotidiano de encuentro y acompañamiento. “Somos la terapia de mucha gente mayor del barrio. Vienen cada mañana a tomar el café, les preguntas cómo están y tienes su teléfono; si necesitan algo, te llaman. También vienen cada día funcionarios del Ayuntamiento y de la Generalitat. Es un ecosistema en el que confluyen muchas cosas diferentes”, explica Fanlo.
Somos la pequeña terapia de mucha gente mayor del barrio. Vienen cada mañana a tomar el café, les preguntas cómo están y tienes su teléfono
¿Y dónde quedan los turistas en la ecuación? También tienen su lugar en el Haití, aunque no todos llegan con la misma intención. Algunos entran algo despistados, toman algo y se marchan, pero otros lo hacen sabiendo que están en un establecimiento tradicional y buscando precisamente probar algo de la cocina local. “Hay quienes saben que vienen a un lugar original, tradicional y catalán, y están abiertos a pedir platos de aquí”, explican.
Eso no significa que el bar renuncie a adaptarse a sus clientes. Si alguien pide un cappuccino, cuentan, se lo sirven sin problema, aunque también intentan aprovechar la ocasión para ofrecer alternativas más vinculadas a la cocina que defienden. “Cuando nos piden según qué cosas, nos adaptamos, pero también podemos ofrecerles un pincho de tortilla, porque cada día tenemos cuatro o cinco variedades”.
En un Gòtic cada vez más orientado al visitante y marcado por la transformación de su tejido comercial, el Haití reivindica así algo más que el desayuno de tenedor: la continuidad de una forma de entender el bar como cocina, comercio de proximidad y lugar de encuentro para el barrio, así como la resistencia de la cocina de toda la vida.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.