Hay marcas identitarias de Barcelona, y la empresa Damm es una de ellas. Recién cumplidos los 150 años de su fundación, difícilmente un barcelonés pueda desvincular esa marca de cerveza de sus nostalgias. Si una vez fuimos jóvenes, allí había una Damm para convertir una tertulia en un carpe diem. Si alguna vez quisimos surfear por encima de los calores veraniegos, Damm nos recordó que no hay mejor país de pertenencia que el Mediterráneo, y un mejor ejercicio que mediterranear.
Como cabía esperar, Damm quiso celebrar su 150 aniversario en un lugar muy barcelonés, y el elegido fue el Liceu, cuyo edificio alberga las huellas de una ciudad que ha muerto y renacido tantas veces como suelen hacerlo las ciudades orgullosas, auspiciadas por una sociedad capaz de resurgir después de tiempos aciagos. El Liceu es un orgullo condal, y la empresa -otro orgullo fundado en 1876 por un alsaciano llamado August Kuentzman Damm- eligió el templo operístico para brindar junto a los suyos, gente de la colectividad barcelonesa y catalana, para cantar un feliz cumpleaños a la espera de poder celebrar los próximos 150 sin olvidar los orígenes y la identidad con los que ha conquistado los cinco continentes.
Reconozco que yo soy un mal cliente de Damm. Por cuestiones perentorias, hace siete años que vivo alejado de las bebidas alcohólicas y derivados, incluidos los 0,0, pero durante la ceremonia fui incapaz de separar la historia de esa empresa cervecera de la de mi vida. Y para corroborarlo, en el escenario interpretaron canciones que forman parte de los veranos de la segunda parte de mi vida y la de tantas vidas presentes en el acto, con Santi Balmes liderando con su Fantastic Shine al grupo de intérpretes. Los primeros treinta de mi existencia, la cerveza formó parte de mis vermuts familiares, y traspasadas las fronteras de la adolescencia, de los amores y los desamores, de las amistades construídas y las amistades rotas, de los bares y los bailes. y de las ganas de volver a casa cada vez que huía a otras latitudes. Vengan, trenes, carguen a estos jóvenes que cantan, con sus camisas inglesas y las remeras blancas, versó Pasolini en su poema La mejor juventud. Y Damm forma parte de mi mejor juventud, saciados los plenilunios con una Estrella, una Voll Damm y, en ocasiones, con una Xibeca compartida en grupo. El resto, las IPA, las Bock Damm y las Free Damm, ya me pillaron de vuelta de casi todo.
Hubo comunión en el acto celebrado en el Liceu, con las gentes de la platea y de los palcos convertidos en un solo coro de un espectáculo de luces y con algunos parlamentos como intermedios ajustados, y brindaron al unísono, como nunca se ha brindado en un templo operístico tan wagneriano: con cerveza. Y tras el brindis, Damm se guardaba la sorpresa final con un ágape celebrado en otro lugar emblemático de la ciudad, y al que muchos ciudadanos echan en falta por haber vendido su alma comercial a los deseos del turismo. En honor a su fundador August Kuentzman Damm, la empresa abrió el Mercat de la Boqueria y enmoquetó los pasillos centrales con el rojo de las mejores alfombras rojas para que los invitados pasearan, charlaran y disfrutaran de una oferta culinaria que tenía, como colofón, un atún cuyas carnes crudas llenaron la Plaça dels Pagesos de golosos. Dicen que la comida ablanda las mentes, y empresarios, políticos y gente perteneciente a profesiones amenazadas por la I.A. compartieron un buen rollo que no suele ser habitual en una época agria como los antojos de Donald Trump.
La celebración tuvo todo aquello que Damm ha convertido en su sello, una marca de vida y de placer, a través de sus spots publicitarios: mediterráneamente nos dicen invitándonos a sumergirnos en el deseo. Porque, con el Liceu y el Mercat de la Boqueria como escenarios de la celebración, el aniversario conmemorativo de los 150 años de la empresa Damm, se convirtió en un acto de reivindicación de Barcelona, orgullosamente mediterránea, orgullosamente cervecera.
Feliz cumpleaños y en 150 años volveremos a encontramos, espero, con el Liceu y el Mercat de la Boqueria como anfitriones de oro de una cerveza tricentenaria.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.