Cristina Jolonch y yo solemos ir a comer a la librería +Bernat, dónde el cocinero Carles Armengol tiene ubicado entre centenares de libros un pequeñísimo restaurante -seis mesas y poco más- dónde sirve un menú en el que nunca falta un entrante ligero, un plato de chup chup y un postre. Y la última vez que fuimos y mientras hablábamos sobre la vida con la confianza que da una amistad cultivada a lo largo de cuarenta años, Cristina me formuló, de la manera a la que ella se le ocurren las preguntas más extravagantes, una cuestión que nunca se me hubiera ocurrido: “¿te has fijado en que ahora hay muchas mujeres mayores que utilizan el carrito de la compra como taca-taca para caminar?”
La pregunta formulada por Cristina derivó en una conversación y esa conversación, en este artículo.
Me encanta ir a comprar a los colmados de los lugares dónde resido, y hablo en plural, porque ahora divido mí tiempo entre el barrio de Sants, distrito originario de mi pareja, y Vallvidrera, lugar dónde vivo desde los 10 años por voluntad paterna. Primero se instaló Pepe Carvalho, luego, la familia Vázquez Sallés. Y como residente de esos dos barrios, he convertido el acto de ir a comprar en una necesidad lúdica y sociológica. No solo me gusta abastecerme de productos para preparar las comidas familiares, sino que me divierte conversar con l@s tender@s. En el caso de Vallvidrera, hemos envejecido juntos, lo que significa que conocen mejor mis gustos que yo mismo, y también mis estados de ánimo. Sería justo reconocer a los tender@s el apoyo que me dieron durante los días más aciagos tras la muerte de mi hijo
Y como paseante habitual de comercios gastronómicos con ganas de cháchara, suelo llevar conmigo un carro de la compra que he ido reemplazando, teniendo en cuenta las nuevas tendencias, los materiales más ligeros y los años de quién los arrastra. Mi último carro tiene la suspensión de un todoterreno, y si aparece uno con la IA incorporada, lo voy a descartar. En los asuntos importantes, la poética se impone a lo prosaico.
Si te gusta comprar, comprar es un arte. Yo aprendí a practicar la intendencia siguiendo el maestrazgo de mi padre, y mi padre de su madre, anarquista y cosedora de profesión. También lo aprendí de mi abuela materna, ama de casa de profesión y, por cierto, muy mal pagada. Mi abuelo era un gran hombre, pero tenía la educación de los machos alfa de la época. Y desde pequeño, asocié esos carros de la compra a unas mujeres convertidas, a su pesar, en amas de casa, las cuales, iban por las mañanas al mercado provistas de una lista de productos metida dentro de un carro de la compra. Unos carros que, en su vejez, utilizaron para hacer de la necesidad, una virtud.
Esas mujeres mayores que utilizan el carro de la compra como un taca-taca de la tercera edad, lo primero que me transmiten es soledad y, lo segundo, unas ganas perentorias de socializar en una sociedad no apta para viudedades. Muchas de esas mujeres son viudas y el carro no solo les sirve para aligerar la carga, sino para arrastrarlas a una calle en la que volverán a sentirse miembros de una comunidad que ha ido dándoles la espalda desde que dejaron de ser útiles en un mercado laboral que desprecia a sus pensionistas. A esas mujeres que dedicaron su vida a un marido muerto y cuyos hijos ya vuelan solos, el carro de la compra tiene el valor de un avión supersónico.
Todas estas cosas surgieron a lo largo de esa extraña conversación mantenida con Cris. Una paja mental, pensarán muchos de ustedes, pero que nos tuvo distraídos durante una larga sobremesa. Una cháchara dedicada a una de tantas cosas que parecen insignificantes, pero que sirven para identificar las bondades y las crueldades del mundo en el que vivimos.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.