Es muy bonito, se come bien y el ticket es razonable. Estos tres argumentos deberían bastar para salir encantado de un restaurante, pero la historia de Can Lluís es suficientemente larga y compleja en sus últimos años como para medir bien cada gesto de alegría o para hablar, sin más, de la recuperación de un clásico del barrio. Porque esto va mucho más allá de lo meramente gastronómico y tiene que ver con la gentrificación de una ciudad y, en este caso, del barrio del Raval. Una historia, la de Can Lluís, que llegará a las pantallas en pocas semanas a la televisión con el título de Ravalear.
Porque el Can Lluís que abrió sus puertas a principios de este año mantiene su nombre, ese imponente “desde 1929” en la entrada, las huellas en el suelo de un atentado anarquista y los bonitos azulejos verdes y marrones de las paredes. Manteles en las mesas, fotos antiguas, una preciosa nevera clásica de madera, camareros con camisa blanca que manejan muy bien la sala… Pero algo nos dice que si preguntáramos a Pol Rodríguez nos diría que esto ya no es Can Lluís. Al menos no el mismo en el que el creció y del que echaron a sus padres en una más de esas historias de desahucio, pero en versión hostelera.
De Can Mosques a Can Lluís
Y sabe de lo que habla. Además del hijo de Ferran Rodríguez y Júlia Ferrer, la pareja al frente de Can Lluís durante décadas, es uno de los directores de la serie Ravalear, que cuenta la historia del restaurante. Un fondo de inversión israelí que se hace con todo el edificio, el alquiler que se dispara, un gestor que traiciona a la familia y un desahucio en 2021 tras la pandemia que acaba con la historia de este lugar. No es un spoiler, es el día a día de una ciudad.
El nuevo capítulo de este local que ya era mítico pero que la televisión está a punto de convertir en más conocido lo escriben Denis Minkin y Olga Minkina. Nada que ver con el fondo buitre que expulsó a vecinos del barrio y provocó el cierre de Can Lluís hace cuatro años, es importante tenerlo claro.
Clientes habituales del restaurante, decidieron revivirlo. Primero de alquiler, pero según explican, al ver la reforma necesaria, finalmente optaron por la compra. No es, por cierto, el que aparece en la serie, nos confirman desde la productora que también deja claro que no hay ninguna relación con la nueva propiedad. Para el rodaje de esta serie que se emitirá en HBO Max se recreó un espacio similar a Can Lluís, que en Ravalear se llama Can Mosques, el nombre que tuvo antes de que la familia Rodríguez tomaran las riendas en 1929.
Buñuelos y caracoles
Pero volviendo a la actualidad, la apuesta por mantener la esencia original en el renovado Can Lluís no se limita, por suerte, a la decoración. La carta se mantiene fiel a una cocina clásica de raíces catalanas y, aunque los platos no son ni pretenden ser los mismo que se ofrecían antes, la esencia permanece.
Estamos, por tanto, en una casa de comidas clásica. Algo que liga mucho con la moda actual, sólo que aquí no hace falta impostar nada, sino simplemente tirar de historia. La omnipresente gilda es, de hecho, la única concesión a las modas porque en el resto de propuestas repartidas en entrantes, platos para compartir, principales y postres triunfa lo de siempre. En el mejor sentido: cap i pota, esqueixada, calamar a la andaluza, erizos gratinados —hacía tiempo que no los veíamos así— albóndigas con sepia, canelones…
Albert Güell está al frente de la cocina. Una gran responsabilidad en una casa con tanta solera y donde abundan los clientes que ya pasaban por aquí antes. Si afilamos un poco el oído para ver qué se comenta en las mesas vecinas, parece que quienes conocieron el antes y el ahora dan su aprobado. Vemos ollas grandes en la cocina y el ajetreo de un lugar donde se guisa. Puede parecer una obviedad, pero no sería el primer restaurante clásico que se ha recuperado a base de quinta gama. Los ricos buñuelos de bacalao, irregulares, sacados uno a uno de la masa antes de freírlos, son una buena manera de estrenar la mesa.
Ricas las patas de cerdo con caracoles, un ingrediente que nos encontramos en varios de los platos de la carta. Y sorpresa para bien en la lubina “al estilo de la Barceloneta”, cocinada a la espalda con ajo y perejil. Un flan muy cremoso con nata de postre —también hay crema catalana o el clásico pan con chocolate y aceite— y poco más hace falta para disfrutar en una mesa centenaria que es parte de la historia de Barcelona.
Esa que están destruyendo quienes convierten las casas y restaurantes de cualquier barrio en las piezas de su particular Monopoly. Ojalá que Can Lluís sirva para, además de comer bien, recordárselo a los clientes que, del barrio o visitantes, habituales o nuevos, se pasarán por aquí.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.