Mientras se multiplican las cafeterías de especialidad y los flat whites, iced lattes y cold brews se van imponiendo en todas partes, quienes se asomen a la carta del histórico bar El Velódromo de Barcelona se encontrarán con un café del que muy posiblemente nunca han oído hablar aunque tiene ya muchas décadas: el café Manolín. No es que sea un secreto, porque incluso su nombre aparece rotulado en el cristal de la entrada junto a otras especialidades de la casa, pero, nos cuentan desde el otro lado de la barra, muy pocos lo conocen y sólo algún curioso o despistado se anima a pedirlo.
Somos de los primeros. ¿Seguro?, pregunta bromeando desde el otro de la Daniel Bayarri tras advertirnos los ingredientes que componen este Manolín: café y soda. La preparación no puede ser más sencilla: un café largo en vaso y un buen chorro de soda. Bayarri, camarero de El Velódromo, confiesa que no lo ha probado nunca y que a él no le sacan del café con leche normal, pero sí se sabe la historia de este café del que cuesta encontrar algo de información pese a que tiene tantos años como este restaurante.
Desde 1933
El nombre se lo puso Manuel Pastor, fundador de El Velódromo, que abrió sus puertas en 1932. No queda claro si se trata de un homenaje propio o, como apuntan otras teorías, lo de Manolín es por su padre, que años antes había abierto muy cerca Casa Manolo, germen de lo que después, en otro espacio y con otra decoración sería El Velódromo que ha llegado a nuestros días.
Sea por un Manuel u otro, así nació el café Manolín, que sigue muchas décadas después en carta de esta casa en la que, tras la jubilación de otro Manuel —Pastor Boné, en este caso— allá por el año 2000, Moritz asumió el relevo para evitar que la ciudad perdiera un local tan emblemático.
Un restaurante que mantiene su preciosa decoración original y también una esencia que lo mismo atrae a vecinos y trabajadores de la zona a la hora del desayuno, que a turistas o noctámbulos que saben que tiene uno de los horarios de cocina más amplios de la ciudad.
El café Manolín sigue ahí más por nostalgia y como homenaje al creador que por éxito o demanda, nos confiesa. Aunque la combinación puede sorprender a priori, en realidad la idea de crear un refresco de café es casi tan antigua como esta bebida. Lo más singular en este caso es que no se trata de un café frío, sino en caliente y pensado para tomar así o, mejor dicho, templado, porque la soda rebaja rápidamente la temperatura.
Una especie de café americano —expreso al que se le añade agua caliente, si se hace bien— pero con el punto del gas de la soda y la diferencia de temperatura. Vaya, que es mucho menos extraño de lo que podría pensarse al ver la botella de soda junto a una taza de café. El carbónico se integra en el café y aporta un toque punzante que puede llevarse bien si se trabaja con una extracción en la que la acidez está equilibrada con otras notas.
Del Zuavo al café con tónica
Volviendo a esas omnipresentes cafeterías de especialidad, en algunas de ellas se ofrece desde hace años una combinación que también suele sorprender: café con tónica. Una propuesta muy refrescante —se sirve con hielo— que parece un invento moderno de algún barista creativo pero que, en realidad, enraíza con ideas tan antiguas como esto del café con soda.
Y es que lo de Manolín básicamente es ponerle nombre a algo que tiene cierta tradición sobre todo en la costa mediterránea y zona de Aragón. Hablamos del café zuavo, soldado o “suau”, tres denominaciones diferentes para hablar del café con gaseosa.
En los años 30 del siglo pasado el más popular era el Zuavo, una marca producida en Mora de Ebre (Tarragona) y que se definía como un “ponche espumoso de café”. Quienes lo conocieron y probaron aseguran que había algún ingrediente secreto más en la receta, clave para su éxito y popularidad en la zona y la época donde se llegó a considerar competencia de la Coca Cola.
No faltan leyendas sobre los intentos de la multinacional por comprar la fórmula y, aunque suene extraño, un dato que puede alimentar esta historia: la marca ha intentado varias veces lanzar versiones con café (Coca Cola Blak primero y Coca Cola Café) con acogida irregular y sólo a la venta en algunos países.
Pero volviendo al Mediterráneo y al más humilde café con soda o gaseosa, la imagen de un soldado zuavo que ilustraba sus botellas sirvió, seguramente, para dar nombre genérico a esta bebida que, en realidad, ya se bebía en casas y bares antes de alguien tuviera la idea de embotellarla. En algunas zonas de Cataluña, el Zuavo acabó siendo el “suau” y en 2005 se empezó a elaborar y comercializar Suau Quim en Benissanet, Tarragona.
De todos modos, la tradición de refrescos de café no es únicamente local. Más allá de los intentos de Coca Cola, el coffee soda en Estados Unidos tiene mucha tradición. Nadie como ellos para mezclar cosas y ponerle mucho azúcar.
La moda del café de especialidad también está animando la aparición de cafés en lata de calidad y, dentro de esta gama, también algunos que suman las burbujas. Todo con diseños muy cuidados y modernos, tal vez olvidando que la idea ya lleva casi un siglo inventada. Eso sí, ahora que viene el verano, el Manolito mejor con hielo.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.