Ha llovido mucho desde que un jovencísimo Mahmud Kathib buscaba turistas rubios en una playa de Beirut. No pretendía venderles nada, sino abandonar a toda costa el país tras el estallido de la guerra civil en 1975. “Buscábamos personas con aspecto de europeos para que nos ayudasen a salir. Todos los países nos denegaban el visado”, explica. Su ángel de la guarda fue Mercedes, una turista española con muy buenos contactos que empatizó con su historia y le ayudó a establecerse en España.
Había nacido en Sabra, un campo de refugiados palestinos en Beirut, en una familia de once hermanos. Su padre regentaba un pequeño colmado y su madre hacía malabares para alimentar a la familia: “Tenía un don, pero algunos días lloraba porque no sabía qué cocinar”. Él se quedaba a su lado, entre cazuelas, e iba adquiriendo unas habilidades que acabarían marcando su vida.
Con 19 años aterrizó en Madrid sin hablar ni una palabra de castellano, dispuesto a estudiar Medicina. Aún recuerda el vértigo de enfrentarse a una ciudad desierta, con todas las persianas bajadas en pleno agosto de 1977. “Las primeras palabras que aprendí fueron ’Cerrado por vacaciones’”, recuerda. No podía imaginar que años después abriría el primer restaurante libanés de Barcelona, Abou Khalil, y mucho menos que iba a recaer sobre él una misión inesperada: “explicar a los barceloneses qué era el hummus”, bromea.
Kathib observaba y adaptaba las recetas al paladar barcelonés: menos comino, ajo y limón
Un año después, se trasladó a Barcelona para estudiar Medicina en la Universitat Autònoma. Compartía piso con los amigos con los que había llegado a España, y dejó claras las normas desde el primer día. “Yo cocino y hago la compra –les dijo–, vosotros hacéis el resto”. Fueron aquellas cenas improvisadas para compañeros de universidad las que terminaron despertando una vocación mucho más fuerte que la medicina.
Cuando en tercero decidió dejar la carrera y encontró un inversor para abrir su restaurante, lo más difícil fue decírselo a sus padres. “En Líbano, te llaman doctor incluso antes de que empieces la carrera. ¿Cómo iba a decirle a mi madre que quería dejar Medicina para abrir un restaurante? Mi madre me dijo que a partir de entonces, en lugar de doctor, me llamarían camarero”.
Seis meses después de abrir Abou Khalil, trajo a Barcelona a sus padres y a dos de sus hermanas, una de ellas tetrapléjica. “En Líbano no había centros para atenderla, la alternativa era ingresarla en un psiquiátrico”. Aquí encontró una residencia donde vivió con dignidad durante décadas, hasta que murió durante la pandemia. Esa decisión terminó de convencerle de que su vida estaba ya al otro lado del Mediterráneo, y a sus padres de que su hijo había tomado la decisión correcta.
Pese al desconocimiento de la cocina libanesa en la Barcelona de los 80, siempre encontró clientes receptivos. Tras la apertura, contrató publicidad en autobuses y vallas junto al aeropuerto del Prat, encontró una bailarina de danza del vientre y se puso a preparar hummus, falafel o brochetas de pollo y cordero. Observaba y adaptaba las recetas al paladar barcelonés –menos comino, ajo y limón– e incluso en ocasiones tuvo que viajar a París en busca de algún ingrediente. Hoy todos le llaman Miguel, un nombre que le puso una profesora de la universidad incapaz de pronunciar el suyo y que acabó adoptando por la facilidad que le daba para viajar y trabajar. En 2022 traspasó Abou Khalil y se quedó con Al Jaima, que había abierto en 2004, donde sigue recibiendo a clientes que llevan con él más de cuatro décadas. A sus 69 años empieza a pensar en la jubilación, y en escribir sus memorias. El título, dice, lo tiene claro: “Cerrado por vacaciones”.

Ver comentarios 3
Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.