Tal vez la mejor semblanza de Joseph Conrad nos la brinda el propio autor transfigurado en el personaje ficticio Lord Jim al romper el siglo XX: “Cuando tratamos de comprender la necesidad humana del otro, nos damos cuenta de cuán incomprensibles, cambiantes y borrosos son los seres que comparten con nosotros la visión de las estrellas y la calidez del sol. Es como si la soledad fuera una condición absoluta de la existencia, la corteza de carne y sangre en la que fijamos nuestra mirada desaparece apenas extendemos la mano y solo queda el espíritu caprichoso, inaprensible y caduco que ningún ojo puede seguir y ninguna mano puede atrapar”. A ojos vista, un perfil incisivo y duro, en primera lectura que oscurece todavía si cabe en las páginas que siguen. La obra de Conrad es uno de los faros alerta de la individualidad cautiva contemporánea. Veamos.
Afortunadamente la vida o, mejor, las vidas de Conrad han estimulado desde siempre la diligencia beligerante de sus biógrafos, que con la copiosa correspondencia, en librería desde 1980, configura un perfil acorde con la energía que lo caracteriza y distingue. Para sus próximos, siempre una personalidad elusiva. Cabe recordar que en su primer tiempo británico era conocido como “el recluso”, pues desdeñaba también el acercamiento a su rigidez como escritor. Y puntualizaba: “Sí, lo soy, pero también un ser humano”. El autor solía repetir sin ironía que había vivido tres vidas –como polaco, marino y narrador– que larvadas sobrevuelan sus extrañas experiencias compartidas con las de marido, padre y amigo, momentos que enriquecen, y cómo, su ficción terrenal. Una experiencia afín con nuestros sentimientos contemporáneos más que con los de su época, fuertemente inaccesible. En el fondo y en la forma, como apunta una primera aproximación, en su juventud: “Era un católico, un polaco y un caballero, de tridente afilado con el que laceraba –figurativamente, al menos– al periodista más incómodo”.
Su vitalidad y su humor pésimo lo convirtieron en un difícil cómplice
África estuvo muy presente a lo largo de la vida de Conrad y constituye desde luego el cañamazo prieto y elocuente para percibir su líquida efervescencia formal y expresiva en la escena literaria. Conrad era depresivo, sí, considerado por sus amigos escasamente social y ensimismado silencioso en sus obsesiones aunque, sin embargo, ya en 1895 era figura pública y acabada de aparecer La locura de Almayer, de estridente respuesta en las esferas cultas, a pesar de coincidir en el momento del desconcertante escándalo inesperado de Oscar Wilde, que perturbó la burguesa quietud artística londinense. Defender sin tapujos la homosexualidad, sí, tenía sus riesgos, pero el primer embate escrito de Conrad tuvo, para sorpresa de todos, una óptima acogida. Críticos de prestigio como Wells en The Times apuntaron el espaldarazo decisivo, y el adjetivo de prosa moderna constituirá el elogio habitual, repetido con creces en la feroz crítica temprana. Conrad encontrará pronto a sus lectores y alcanzará el reconocimiento que merece en opinión compartida. Palabras inesperadas y optimistas, y en efecto proféticas. Un milagro en su tiempo y en el nuestro.
Con el propósito de ayudar al lector, debo recordar que la biografía pionera de Conrad es la de John Stape del 2007, vaya, en la que se confunden las tres recias vidas apuntadas que dan testimonio, diría gráfico y visual, de la peripecia viva del escritor: “El hombre de mar, el autor punzante, analista de ilusiones, y aplaudido hombre público sonriente que ajustaba a conciencia su máscara en los días de madurez ya como autor aclamado, aunque nunca renunciara a su verbo hiriente y maneras desabridas”, asegura otro crítico de su tiempo. Frío, humedad, horror son enunciados transparentes que como estigma desiderativo acompañaron su quehacer novelístico. Con todo, y conviene subrayarlo aquí, su vitalidad y activo concepto de la existencia, junto con un humor pésimo, y un estado de nerviosismo contagioso lo convirtieron en un difícil cómplice. La excepción atraviesa su personalidad para quien se atrevía a penetrar en su pétrea corteza defensiva.
La vehemencia extraterritorial de la experiencia americana y su conversión en figura pública recuperaron su carácter mundano, y en su madurez serena pero siempre triste alcanzó una respetabilidad inusual para un autor que tanto en las maneras como en el contenido era un extranjero. Mantuvo en toda ocasión esta condición una vez que ya en tierra abandonó la fascinación oceánica y descubrió rutas más cercanas pero no menos arduas. La versatilidad narrativa de Conrad fue legendaria. Abrumaba a sus editores devolviendo unas galeradas saturadas de correcciones inverosímiles. Su escritura era sin disimulo un país extraño en el que las fronteras quedaban difuminadas, diluidas, en la sobreexcitada verbosidad, quizás no del todo necesaria a la lectura contemporánea.
La autodefinición es diáfana a todas luces: “ Viejo , acabado , vacilante , temperamental eran adjetivos corrientes en la carta de presentación que adelantaba a sus críticos al rozar la cincuentena”. Jamás renunció a su invectiva juvenil de aprendiz de marino en tiempos tormentosos y mantuvo siempre una prudente distancia personal para matizar sus incontinentes descalificaciones, a menudo condicionadas por una vida excesiva a la espera de la sorpresa existencial.
Las largas sesiones de reflexión y escritura en solitario vinieron a demostrar que configuraban a su manera de ver la mejor terapia para su condición aventurera que irritaba al extremo a sus agentes comerciales que jamás sabían dar con el momento de quietud y serenidad. No sorprende que fuera Bertrand Russell, también inconformista reputado, quien rompiera lanzas en favor del marinero, para subrayar la prosa pregnante de su escritura deslumbradora.
A la áspera mirada de nuestros días, un escritor de culto habitado por una personalidad caleidoscópica. Su prosa, sin embargo, cuando se disfruta con atención encubre una secuencia fastuosa de matices y peculiaridades humanas que hacen densa y tensa su escritura imposible y explican acaso el éxito incluso popular de sus libros, siempre en sintonía con el lector ideal, como todo buen outsider altivo, desde luego. El filósofo George Santayana disuadía a una hipotética lectora: “Cautela, señora, es un hombre rudo y primitivo”. Y la señora era nada menos que Virginia Woolf.
Bajo la mirada de Occidente (1911), El corazón de las tinieblas (1899), Lord Jim (1900), La locura de Almayer (1895), Nostromo (1904) o Un vagabundo de las islas (1896) son ejemplos nítidos de una versatilidad imprevista, atenta quizás a los argumentos, a los motivos del lector. Es curioso que sea un extranjero uno de los nombres más admirados de la prosa moderna británica. Son firmes peldaños de una obra fluida, dúctil y muy bien urdida, que había aprendido en el mar embravecido la energía para relatar esa tremenda correría humana que llamamos vida. Contó siempre con un lector fiel que supo apreciar las bruscas oscilaciones de su escritura, imagen transparente de su personalidad. Como aseguran convincentemente los prietos volúmenes de su obra acabada.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.