Hace un siglo, Maruja Mallo, Federico García Lorca, Salvador Dalí y Margarita Manso, entre otros artistas de la vanguardia artística y española del siglo XX, decidieron descubrirse la cabeza en mitad del centro de Madrid. Cuenta la pintora gallega que los viandantes los insultaron, los vejaron e incluso les arrojaron piedras. Según Mallo, y probablemente de forma irónica, no se descubrieron la cabeza para provocar a nadie ni para mostrar rebeldía alguna, sino porque quisieron “descongestionar las ideas”. Pero les salió caro el aireamiento.
Días atrás conté esta anécdota en un aula. Los alumnos no entendían qué había de malo en quitarse un sombrero en plena calle. Les expliqué que, hasta hace 60 años, no llevar cubierta la cabeza en lugares públicos era un gesto considerado no decente y acusaban al atrevido de desaliñado y pobre, como si estas dos condiciones fueran algo de lo que avergonzarse. Una norma social que, por no querer salirse del rebaño para defender un gusto propio, no fueran a llamar la atención, aceptaban todos. Interesado por este suceso dijo Borges al respecto que “lo importante, como se ve, es la discordia y la fabricación de motivos nuevos para odios viejos”. Coincido con él.
“Me siento mucho más libre que los que se ríen de mí por llevar, cuando me apetece, una boina”
La fabricación de motivos nuevos para odios viejos. Parece que, tristemente, en esto hemos cambiado bien poco. Pero ahora ocurre a la inversa: llevar sombrero, al parecer, no está bien visto. No te lanzan piedras si decides llevar boina, pero sí te ridiculizan y juzgan, y a veces hasta te reducen a esa banal decisión. Palabras como piedras.
Quizás en 60 años nuestros nietos no comprendan nuestras formas de actuar en sociedad y reciban con asombro ciertas conductas, es más que probable. Puede que hasta les cause gracia. Yo no me río de nadie, ni de los unos ni de los otros, ni de los de antes ni de los de ahora, pero sí me compadezco de quienes, como el burro y la zanahoria, no pueden ver más allá de las modas. Hace falta mucho valor para desapegarse del rebaño y tomar un camino propio. He aquí una contradicción: queremos lucir originales y distintos, pero no destacar ante los demás. Una constricción que me agobia nada más pensarla.
Acepto que soy preso de muchas cosas, y de una época, pero me siento mucho más libre que aquellos que se ríen de mí y me señalan por llevar, cuando me apetece, una boina. No se dan cuenta de que una actitud como la suya los define y desvela una carencia total de personalidad, de respeto, de amplitud de miras, de empatía y de libertad.
Me hubiera encantado vivir en los pasados años veinte, pero quizás entonces, y es más que probable, no habría llevado sombrero. Soy más político de lo que pienso.
P.D.: Para quienes lo desconozcan, el suceso de los sombreros dio origen al nombre que recibe la generación perdida de escritoras y artistas del 27, intelectuales silenciadas por el machismo imperante y el sistema: Las Sinsombrero.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.