La muerte este sábado de Jürgen Habermas cierra una de las trayectorias intelectuales más influyentes de la segunda mitad del siglo XX y de las primeras décadas del XXI. Filósofo central de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt y autor de obras fundamentales como Historia crítica de la opinión pública (1962) o Teoría de la acción comunicativa (1981), Habermas concedió en el 2006 una entrevista a Justo Barranco, periodista de La Vanguardia, donde reflexionaba sobre algunos de los grandes dilemas de nuestra época. Uno de ellos, el regreso de la religión al centro del debate público, algo que muchos pensaban que estaba superado en las sociedades secularizadas.
El filósofo recordaba que algunos acontecimientos ya habían anticipado ese giro, como la revolución iraní o el auge de los fundamentalismos religiosos. Pero fueron episodios como los atentados de comienzos de siglo los que obligaron a mirar el fenómeno con más atención. “Los atentados del 11-S, así como el atentado de Madrid, han vuelto nuestra atención con gran fuerza hacia el mal uso de la religión como arma política”, afirmaba, solo dos años después de aquellos episodios.
A partir de ahí, Habermas planteaba una preocupación algo más amplia sobre el rumbo de las sociedades contemporáneas. “Me he vuelto escéptico en relación con una modernización que amenaza con perder su propia base normativa en el derecho y la moral”, explicaba. El problema, a su juicio, era el avance de la lógica económica en ámbitos que antes estaban regulados por principios políticos o morales.
Sobre los “cálculos del beneficio”
“El cálculo económico sustituye a la moral”, venía a resumir. El propio filósofo lo explicaba con ejemplos muy concretos: “Piense en el cálculo económico, que invade la justicia y que socava el derecho penal”. Y añadía otros casos: “La privatización de la guerra, de la administración de prisiones, del suministro de energía y del sistema sanitario”.
Cuando decisiones fundamentales pasan a depender exclusivamente de cálculos de beneficio, advertía, las bases normativas de la sociedad se debilitan. “Las regulaciones normativas, así como las legislativas y las morales, están desapareciendo y son sustituidas por cálculos de beneficios”.
Ese proceso podía hacer que la modernidad “descarrilara”. Por eso Habermas defendía algo que en su momento suscitó cierto debate: que la razón secular debía mantener una “actitud abierta” hacia las tradiciones religiosas, si bien insistía en que el poder político debía seguir siendo neutral. “El poder estatal debe legitimarse mediante consideraciones seculares regidas por la razón”, afirmaba. La soberanía popular y los derechos humanos seguían siendo, para él, las bases del “constitucionalismo moderno”.
Al mismo tiempo consideraba que las comunidades religiosas habían conservado experiencias morales que no conviene despreciar, donde “se han ido formando y conservando prácticas de respeto, cuidados y ayuda mutuos”. Y añadía que esas tradiciones “aguzan nuestras sensibilidades para aquello que Adorno denominó una vida ‘dañada’”.
Sobre la integración cultural
En Europa, advertía, la integración cultural no puede entenderse como una adaptación unilateral. “La integración de inmigrantes procedentes de otras culturas y religiones no es una calle de sentido único”, decía. “Los recién llegados deben aprender la lengua y las normas del país, pero las sociedades de acogida también deben ampliar sus horizontes para comprender nuevas formas de vida”.
Frente a las teorías que auguraban un enfrentamiento inevitable entre culturas, Habermas se mostraba optimista. “Los pronósticos que auguran un choque de civilizaciones inevitable son erróneos”, aseguraba.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.