Anoche sentí una gran ilusión por devorar la única gala del mundo que es, en sí misma, una película en términos de montaje, guion, producción, casting… Y no defraudó. La gala de los Oscars volvió a sentar cátedra ante cómo se han de realizar estos espectáculos: música en directo, un escenario precioso y minimalista, ningún plano muerto o perdido, un timing perfecto… Cuatro horas televisivas que entendí perfectamente pese a ser de la otra punta del mundo. La magia del cine, supongo. Aunque también se lo debemos a que volvieran a adelantar la emisión una hora más. Parecen lejanos aquellos lunes de madrugada en los que conocíamos la mejor película con los rayos nacientes del sol.
Si bien, el entusiasmo se me fue yendo conforme comprobé que apenas ninguno de los presentadores o premiados performaba contra la Administración de su país, que está llevando a medio mundo a una III Guerra Mundial. Nada más empezar, Conan O’Brien, en lugar de mostrar las costuras de su propio país y señalar la megalomanía de Trump y el insostenible apoyo de su comunidad al despiadado gobierno de Israel, optó por un mensaje paulocoelhista, algo así como que debemos “disfrutar” de la vida, ya que esta no nos lo pone siempre fácil. Enjoy! Enjoy aunque Netanyahu mate a tus hijos y Trump te condene al exilio. Pero enjoy!
Por suerte, Bardem salió a presentar un premio y fue cabal y tajante: No a la guerra y Palestina libre. Algunos lo aplaudieron, pero os prometo que fueron los aplausos más tibios de la noche.
¿Qué les pasa? ¿Defienden una narrativa proisraelí por formar mayoritariamente parte de la comunidad judía? ¿Tienen miedo de entrar en la lista negra de Paramount? ¿De perder su estatus? ¡Si son todos multimillonarios! Quizás es cierto eso de que el que más tiene, paradójicamente, más teme perder. El caso es que me amargasteis la noche. Lo siento, pero no me hagáis tragarme una gala de cuatro horas con mensajes pidiendo la abstracta paz en el mundo y resaltando el papel del cine para unir pueblos y culturas allende los mares, si luego no sois capaces de señalar a vuestro capataz político como el mayor obstáculo hacia esa comunión pacífica de los pueblos que tanto evangelizáis.
¿Qué les pasa? ¿Defienden una narrativa proisraelí? ¿Tienen miedo de entrar en la lista negra de Paramount? ¿De perder su estatus? ¡Si son todos multimillonarios!
Cuando Bardem entonó las palabras más sinceras y curativas de la noche, sentí que se había transformado en Truman: de pronto, se encontraba solo en mitad de un pueblo sonriente y ajeno al dolor existente fuera del inmenso plató cinematográfico. Pero, Javier, aunque apenas allí dentro, el aplauso se oyó en todo el mundo. Y sigue sonando. Gracias.
Y gracias, Sean Penn, por negarte a ir a recoger tu tercera estatuilla, pese a haberte igualado en premios con Jack Nicholson o Daniel Day-Lewis. Sean no sabe mirar hacia otro lado y su ausencia fue su manera de protestar ante la impasibilidad colectiva.
Una vez he hablado de lo importante, de lo que debemos defender si queremos, entre otras cosas, seguir pudiendo ver el año que viene el mismo espectáculo por televisión, calentitos en casa y sin drones sobrevolándonos, señalaré lo mejor de la gala:
Las dos power couples del Hollywood actual: Paul Thomas Anderson y Maya Rudolph, el enfant terrible del cine americano —a quien le temblaban las manos al recoger, al fin, los premios que mereció al menos cinco veces desde Magnolia — enamorado de una de las humoristas más magnéticas del país; y la pareja más tierna de todas: Ed Harris y Amy Madigan. La academia parece estar abriéndose y premió a la actriz de una película de terror, género infravalorado en el histórico de los Oscars. ¡Bravo, Amy!
Me dio pena que Chalamet no se llevara la estatuilla. No es santo de mi devoción, pero lleva una carrera de personajes icónicos y de mucha preparación actoral, y ayer debió habérselo llevado. ¡Qué culpa tiene el chiquillo de aburrirse en la ópera!
Termino con el momento que, como era de esperar, me llevó al llanto, pero de qué manera. El homenaje más bonito que vi nunca en un in memoriam: los actores y las actrices fetiche del director Rob Reiner saliendo a despedir al director y a su esposa, asesinados por su propio hijo hace unos meses. Que la tierra les sea leve. Y que el año que viene, si siguen existiendo los Estados Unidos de América, puedan regalarnos una gala con una factura igual de impecable, pero con algo más de esa humanidad que tanto predican en el desierto.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.