Durante años nos han dicho que a los jóvenes no les interesaban los libros. Sin embargo, los datos del barómetro de hábitos de lectura y compra de libros en España de 2025 indican que casi 8 de cada 10 jóvenes en España leen en su tiempo libre, por encima de otras franjas de edad. Un cambio que coincide con un fenómeno evidente: nunca antes los libros habían tenido tanta presencia en redes sociales.
TikTok, Instagram o plataformas como Goodreads se han convertido en escaparates donde la lectura se comparte, ser recomienda y, en muchos casos, se viraliza. Bajo etiquetas como #BookTok o #Bookstagram, millones de usuarios hablan de libros, generan tendencias y convierten títulos en superventas.
Los libros han dejado de ser solo una experiencia individual para convertirse en algo compartido
Este nuevo ecosistema ha transformado la forma de descubrir lecturas. “Hay libros que de repente resucitan porque se han viralizado en redes”, asegura Gemma Vilaginés, directora literaria de Montena. “Autoras con comunidades muy grandes, saben cómo dirigirse a sus lectores y eso facilita que sus libros se vendan más”.
La industria editorial no se mantiene ajena a este fenómeno. Las campañas con creadoras de contenido o el envío de ejemplares a booktokers forman ya parte de la estrategia habitual.
Más allá del dato, emerge una cuestión de fondo: ¿Qué significa para los jóvenes leer? Según Alba Colombo, socióloga y catedrática de Estudios de Artes y Humanidades de la UOC, la clave está en el cambio de relación con la cultura. “Existe una necesidad extrema de compartir, no tanto para disfrutar colectivamente, sino para definirse individualmente”, explica.
Consumimos cultura para definir quiénes somos y mostrarlo a los demás”
En este contexto, la lectura ha dejado de ser únicamente un hábito para convertirse también en un símbolo. Estanterías cuidadas, ediciones especiales o fotografías en cafés con un libro ya forman parte de una estética reconocible. El libro se consolida como objeto cultural, pero también como objeto de consumo e imagen.
Es por eso que las marcas de moda ya han detectado la tendencia y se han sumado a ella. Por ejemplo, la firma de lujo Dior ha lanzado bolsos inspirados en libros, Miu Miu ha impulsado quioscos efímeros y Zara comercializó camisetas con el eslogan “reading is sexy” (“leer es sexy”, en español).
Este fenómeno de estilo se ha trasladado al espacio físico desde encuentros como las cada vez más comunes reading parties (fiestas de lectura) hasta retiros o citas literarias, conocidas también como book dating. Estas nuevas formas de leer han dejado atrás una lectura asociada a la intimidad para transformarla en algo hecho para compartir.
Al mismo tiempo, emergen dinámicas propias de la redes sociales entorno a la lectura: retos, rankings o vídeos en los que se cuantifican los libros leídos cada mes. “La cantidad no siempre implica calidad”, advierte Colombo. “La voluntad de leer cada más más puede ir en contra de una lectura más reflexiva y transformadora”.
La lectura se mueve entra la experiencia personal y la necesidad de exponerla
En este este contexto, leer se ha convertido en una forma de proyectar una imagen: más culta, más interesante, más adulta. Incluso en el espacio público, la lectura se convierte en un acto visible, compartido y, en ocasiones, incluso performativo.
Más allá de las cifras, el cambio no está solo en cuánto se lee, sino en el lugar que ocupa la lectura. Ha pasado de ser un hábito privado a formar parte de una cultura compartida, donde leer también implica hacer comunidad, recomendar y, en cierta manera, definirse ante los demás.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.