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David Uclés
Escritor

Rodoreda lisérgica

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Actualizado hace 46 d Contrastado por la redacción Cómo lo hemos informado

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  • 01Cada cierto tiempo  La mort i la primavera  resurge con fuerza, como animal que hiberna.
  • 02Rodoreda lo escribió entre 1961 y 1963, y lo dejó dormir.
  • 03Aparentemente, lo retomó entre 1981 y 1983.
  • 04Aunque no hay evidencia sólida de esto último, personalmente deduzco por sus declaraciones que así fue.

Cada cierto tiempo La mort i la primavera resurge con fuerza, como animal que hiberna. Rodoreda lo escribió entre 1961 y 1963, y lo dejó dormir. Aparentemente, lo retomó entre 1981 y 1983. Aunque no hay evidencia sólida de esto último, personalmente deduzco por sus declaraciones que así fue. Pero falleció en la primavera de aquel último año, sin ver publicada su novela más iconoclasta y adelantada a su época. Fue en 1986 que Núria Folch, casada con el escritor y editor Joan Sales —abuelos de Maria Bohigas, quien timonea en la actualidad el Club Editor, casa de la obra de Rodoreda— publicó por primera vez esta novela. Fue traducida a varios idiomas, pero tuvo un éxito humilde. Hasta que, tres décadas después, la editorial la volvió a rescatar, con ediciones muy cuidadas y hermosos posfacios (Mariana Enríquez, Arnau Pons, Eduardo Jordà). Era 2017. Y este periódico la nombró mejor novela del año. Justicia poética.

Ahora, en 2026, sesenta y cinco años después de que Rodoreda plantara la primera glicina, la primera palabra… una nueva edición se une a la ola de nuevas creaciones que giran en torno a esta obra. El texto está despertando un interés poderoso en las nuevas generaciones, que lo descubren y quedan hipnotizadas: la obra de danza contemporánea de Morau y La Veronal, las canciones de Maria Arnal, la película de Marqués-Marcet, la exposición en el CCCB de Neus Penalba… El animal vivo que es este libro vuelve a despabilarse y sacudirnos.

La sesión con Mercè Rodoreda, en 1978, la más difícil de su vida
La sesión con Mercè Rodoreda, en 1978, la más difícil de su vidaAntoni Bernad

Fue Josep Maria Miró, premio Nacional de Literatura Dramática, quien me recomendó su lectura. Acababa de leer La plaça del Diamant y Mirall trencat. Estaba fascinado por la rotundidad de estas dos obras capitales —y desconocidas para mí hasta mis treinta y dos años—. Miró me dijo que me preparara, que lo que iba a leer no tenía parangón con nada que hubiera leído antes. Que iba a enfrentarme a un texto vivo y casi lisérgico. Y tenía razón. La obra me hechizó, me hizo trizas mientras me llenaba la cabeza de imágenes grotescas y bellas; me hería y me epataba, me llevaba del abismo de la muerte a un campo de flores vivas. Y se convirtió en el texto más críptico, hermoso y apasionado que he leído nunca. Pese a lo arriesgado de la expresión, mi novela preferida.

Una vez logré hacerme un hueco en el mundo editorial, mi primera decisión fue escribir a Club Editor y proponerle una nueva edición de la traducción al castellano de la obra. Quería que la cubierta mostrara parte del imaginario bizarro del libro, que luciera los colores y algunas escenas clave del texto. Además, deseaba escribir un posfacio donde pudiera explicar al lector las razones por las que esta obra bien podría convertirse en una de sus novelas preferidas. La editorial me dio total libertad. Y el libro salió apenas hace una semana.

Os dejo parte del posfacio, que recomiendo que leáis antes de adentraros en la novela, ya que tiene espíritu de prólogo.

 “La cascada torrencial de imágenes y alegorías impactantes es inolvidable. En torno a una sola de esas imágenes podría construirse una gran novela. Es generosa Rodoreda sirviéndonos tantas metáforas en un solo libro, y tantas frases inmisericordes que sacuden con inmensa fuerza: como cuando un hombre mayor le dice a un niño que le gusta ver morir a la gente, o cuando el mismo joven asume que el viento, al salir de sus pulmones, se alegra de abandonar el estorbo que él mismo le supone. Escribe Rodoreda que la muerte es el lugar donde no se sabe qué son las cosas, y que hay cuevas rojas y blancas como la boca de un enfermo, y que los árboles tienen un corazón duro que han de sacar para enterrar a los muertos en sus troncos. Es un texto angustioso. Pero, a veces, las obras artísticas que nos muestran la profundidad del abismo de la muerte, del barranco al que se orienta nuestra insulsa existencia, provocan un efecto contrario: hacen que, tras observarlas, nos inunde una sensación muy grata por estar todavía vivos. 

 Tanta vida te debemos, Rodoreda”. 

David Uclés
David Uclés
Escritor

Forma parte de la redacción de La Vanguardia.

Ver comentarios 3
Las normas de la comunidad aplican.
ML
Marta L.Suscriptorhace 12 min

Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.

JP
Joan P.Suscriptorhace 28 min

Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.

RV
Roberto V.hace 1 h

Excelente trabajo de la redacción, como siempre.