Hay toda una declaración de principios en este reconocimiento a los Ghibli por encima del nombre propio de su creador más admirado y respetado: Hayao Miyazaki. Gran parte del llamado “estilo Ghibli”, profundamente japonés y, al mismo tiempo, universal, nace de la visión de este veterano animador de 85 años, fundador de estos estudios a mediados de los años ochenta. Un autor que nunca ha ocultado la influencia ejercida sobre su obra por escritores como Roald Dahl, Ursula K. Le Guin o Antoine de Saint-Exupéry.
Con una concepción de la fantasía profundamente humanista, muy alejada de la mirada apocalíptica que domina buena parte del anime surgido del manga japonés. El universo de Miyazaki se construye a partir de historias donde importa menos la confrontación que la profundidad emocional. Sus protagonistas suelen ser niños, niñas y adolescentes enfrentados a transformaciones decisivas. En eso coinciden muchos de los otros grandes nombres del estudio, desde Isao Takahata hasta Gorō Miyazaki.
La naturaleza nunca es un simple decorado: es una presencia viva, donde la magia irrumpe en la realidad, la modifica y termina por explicar. Son relatos fantásticos atravesados por la pérdida, la búsqueda, el miedo al crecimiento o la nostalgia de la infancia. Ahí está, como mejor ejemplo, “El viaje de Chihiro”, quizá la obra que situó definitivamente a los Ghibli en el centro de la animación mundial, premiada con el Oso de Oro en Berlín en 2002 y el Oscar un año después.
A menudo se dice, simplificando, que Ghibli es “el Disney japonés”. La comparación resulta válida si hablamos de su trascendencia cultural o de su influencia en la historia de la animación. Pero sus formas son radicalmente distintas. Frente al vértigo narrativo y la espectacularidad de Disney, en Ghibli domina el ritmo pausado, la atención al detalle y una fidelidad casi artesanal a la animación tradicional. Sus películas se reconocen por la sensibilidad visual, delicadeza narrativa y una mirada profundamente humana en la que la fantasía no sirve para escapar de la realidad, sino para comprenderla mejor. Supongo que eso es, precisamente, lo que ha querido premiar el Princesa de Asturias.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.