Durante un par de años madrugué los sábados. Me levantaba al alba para tomar un bus de hora y pico hasta Moratalaz, a las afueras de Madrid, donde ensayaba con la coral Sagrada Familia. Recuerdo el primer día: tuve que cantarles las distintas voces de la pieza Signore delle cime. Pasé la prueba: tenor. Soy barítono, pero lo camuflé bien. Las letras de los tenores son más estimulantes. La primera gran obra que preparamos fue el Réquiem de Fauré. Conocía el de Mozart, solemne y comedido, y el de Brahms, introspectivo y filosófico, pero no el de Fauré, demasiado celestial, como si entrara en el cielo pisando algodones. Decidí escuchar el resto de réquiems: el de Dvorák, romántico y cinematográfico, como de una escena de Disney; el de Cherubini, cuyo introitus es hermoso –y su marcha fúnebre, una inspiración total para Beethoven y Verdi–; el de Berlioz, profundamente exagerado, para más de 300 músicos y metales… Me agradó tanto que fui hasta su tumba parisina a llevarle flores. Pero uno se apoderó de mí: el de Verdi.
Es el que muestra mayor melancolía, derrota y angustia ante la vida que se ha de abandonar. Un llanto humano lleno de tormento, la mirada de la esposa de Lot hecha sinfonía. Una ópera sobre la muerte con silencios imprevisibles, coros exabruptos y una tensión especial rota por un bel canto con un legato divino. Quizá la más humana de las misas de difuntos. Verdi no lo compuso postrado en el banco de una iglesia ante posibles existencias celestiales, sino junto a la tumba de Manzoni, cuya muerte, pese a la avanzadísima edad del escritor romántico, le dejó muy afectado.
Verdi no compuso su ‘Réquiem’ pensando en posibles existencias celestiales, sino junto a la tumba de Manzoni
Desde la primera escucha, sentí tal fascinación que acudí a la librería El Argonauta de Madrid y compré las partituras. Empecé a memorizar el libreto como si fuera a interpretarlo en otro lugar que no fuera bajo la ducha. Y cada vez que anunciaban una interpretación del Réquiem , me hacía con las entradas. Incluso viajé a París para escucharlo en la iglesia de Saint-Sulpice.
No tiene parte mala. Destacan el kyrie , que dibuja la melodía nostálgica de toda la obra; el dies irae más furibundo; el mejor tuba mirum de la historia, diseñado por Verdi para que las trompetas se colocaran en lugares distintos del templo; el Agnus Dei , que al pasar de tonalidad mayor a menor se te derrite el alma. Y la pieza más bella de toda la historia de la música clásica: el réquiem aeternam que antecede al libera me –que compuso con anterioridad para Rossini, de nuevo alejado de Dios y con las manos extendidas en la tierra.
En unos días, lo escucharé en Barcelona bajo la batuta de Daniele Gatti en el Palau de la Música. A quienes no podáis acudir pero queráis disfrutar de esta misa tridentina, os recomiendo la grabación de Karajan. Tiene el tempo que mejor casa con la obra. Cerrad los ojos y dejaos llevar por los cimbassos, los metales fríos, la voz de la soprano que sostiene la obra y las cálidas —y vehementes— voces humanas.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.