El sábado pasado, el Consulado de Brasil, la Casa Amèrica Catalunya y el CAT Tradicionàrius organizaron un concierto del guitarrista brasileño Guinga, acompañado por la harmónica de Raquel Vega. Dicho así parece un acto más de la sobrecargada agenda cultural barcelonesa, pero Guinga es uno de los músicos más influyentes y respetados de un país, Brasil, en el que abundan los músicos influyentes y respetados. Tenía que actuar hace un año, en el Jamboree, acompañado por Carme Canela, pero fue el día del apagón general y todo se fue a hacer puñetas sin que, a estas alturas, sepamos por qué.
Quizá porque solo duerme tres horas diarias, Guinga ha compaginado unos inicios como adolescente prodigio de la composición, una profunda devoción por el fútbol, treinta años de práctica de la profesión de dentista, y una vida de compromiso con la música popular brasileña en general y la guitarra en particular. En el concierto de Gràcia no se le notaron los setenta y cinco años (a punto de hacer setenta y seis) y sí el oficio de saber crear, en un instante, un clima de introspección analgésica y melancólica que te obliga a divagar mentalmente y a imaginarte en un paisaje de Río Janeiro como los que dibuja Mariscal en la obra maestra Dispararon al pianista . Raquel Vega, espléndida, supo complementarlo con sobriedad y buen gusto, sin caer en el exceso de virtuosismo que a menudo esconde inseguridades inconfesables o un afán precipitado de protagonismo.
Guinga es un músico influyente y respetado en un país lleno de músicos influyentes y respetados
Antes de cantar uno de sus grandes éxitos (Senhorinha , compuesto hace más de cuarenta años, el día que una de sus hijas –tres y cinco años– se puso enferma), Guinga recordó sus años de dentista, atendiendo las bocas de grandes colegas (Baden Powell, sin ir más lejos), una noche compartida con Paco de Lucía, alabó el talento de Raquel Vega, no quiso recordar que, en el 2009, un policía le pegó un puñetazo y le rompió los dientes (en el aeropuerto de Barajas, cuando el músico se quejó de que, en el control de equipaje, le hubieran desaparecido el abrigo, el pasaporte y la cartera) ni su pasión, típicamente carioca, por el fútbol (en la canción Mar de Maracanã , la letra se proyecta a un mundo en el que el fútbol borra las diferencias y los abismos sociales, culturales y de raza). El público lo escuchó con una actitud exquisita, compartida por una mosca que al principio parecía querer acaparar el protagonismo de la escena, pero que enseguida se rindió a la evidencia y desapareció, probablemente para escuchar el concierto con la atención que requería. Al final aplaudimos con ganas, gratitud, admiración y respeto. A la salida, un veterano guitarrista de esta Barcelona que tan poco respeta el talento local y las vocaciones innegociables, le esperó para regalarle un CD con temas de resonancias jazzísticas y flamencas. Guinga, muy educado, lo aceptó, pero le avisó de que no tiene “reproductor de cedés”.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.