01No hay símbolo más conocido de la paz que la paloma con la rama de olivo, y no hay señal más inequívoca del deseo de destrucción que la tala del árbol más milenario de cuantos crecen en el Mediterráneo.
02Lo hacían los griegos como castigo a sus enemigos hace más de 2.000 años, y lo hacen los israelíes en su empeño por arrasar cualquier elemento que una a los palestinos a su tierra.
03La destrucción de olivos, pero también naranjos, sicómoros y pinos, inspiró a Louise Samson, responsable de Hidden Track Records, para reunir a las artistas de su sello en  Les flors prohibides, de un disco donde piensan, sufren e insuflan esperanza a partir de las atrocidades bélicas.
04Un proyecto solidario que ahora el Grec ha convertido en un espectáculo donde el ruido de las armas y los bulldozers quedó reemplazado por guitarras, voces dulces y palabras en un ambiente íntimo y reflexivo.
No hay símbolo más conocido de la paz que la paloma con la rama de olivo, y no hay señal más inequívoca del deseo de destrucción que la tala del árbol más milenario de cuantos crecen en el Mediterráneo. Lo hacían los griegos como castigo a sus enemigos hace más de 2.000 años, y lo hacen los israelíes en su empeño por arrasar cualquier elemento que una a los palestinos a su tierra.
La destrucción de olivos, pero también naranjos, sicómoros y pinos, inspiró a Louise Samson, responsable de Hidden Track Records, para reunir a las artistas de su sello en Les flors prohibides, de un disco donde piensan, sufren e insuflan esperanza a partir de las atrocidades bélicas. Un proyecto solidario que ahora el Grec ha convertido en un espectáculo donde el ruido de las armas y los bulldozers quedó reemplazado por guitarras, voces dulces y palabras en un ambiente íntimo y reflexivo.
Lejos del manifiesto en que acostumbran a convertirse estos espectáculos, la música fluyó casi sin interrupción, acolchada por breves interludios donde la dj Cora Novoa elevaba el Grec a las estrellas con texturas misteriosas a las que ayudaban las voces de Tarta Relena. El contrapunto aumentaba la intimidad de las 18 piezas que compusieron la actuación, todas interpretadas por mujeres salvo Enguany, del siempre recatado Ferran Palau.
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Anna Andreu interpretó 'Aquest mal' durante el concierto en el GrecJoan Mateu Parra
Una guitarra, un chelo, un piano o una flauta y poco más servía de trasfondo, con un máximo de dos instrumentos sonando a la vez para acompañar a las voces de Carlota Flaneur, las hermanas Neddermann o Mar Pujol. Aunque el show se centraba en el disco Les flors prohibides, anoche se pudieron escuchar muchas más piezas, aportaciones personales con las que cada artista dibujó sobre el oscuro escenario del Grec un mundo que hablaba de amor contenido, de lo que se quiere y no se puede, pero sin embargo se desea, para una tierra tan castigada como Gaza.
No fue casualidad que todo comenzara con Canción de la esperanza, interpretada por Amaia Miranda a solas con su guitarra. “Hay que seguir cantando a la esperanza”, dijo ante un público cuyo respeto reverencial a las actuaciones fue parte integrante de la velada, pensada para “abrazar los silencios” y “valorar la naturaleza como una parte de nuestra cultura”, como anunció una voz en off.
Silenciosa era también la puesta en escena, dominada por la oscuridad con las luces apuntando a la pared del fondo entre niebla artificial. Las artistas que desfilaron por el escenario quedaban así desdibujadas en su protagonismo, estrellas fugaces que apenas permanecían sobre el escenario el tiempo imprescindible para cantar, lo que otorgó una agradecida agilidad al espectáculo.
Pese a todo, no se pudieron disimular las hermosas voces de Anna Andreu o Judit Neddermann, como tampoco la interpretación de Clara Peya a la voz, extremadamente sentida como todo lo que hace, de El poema següent con Meritxell Neddermann a las teclas. “I en aquest caure tan infinit la mà de l’altre ens fa d’empit”, recordó Peya alejada de un piano por el que también pasó Marina Herlop para interpretar Doiloi con el poso abastracto de su música.
Tampoco hubo forma de disimular la ovación que Marina Rosell se llevó al aparecer, casi al final del acto, con Morir d’un llamp, acompañada por las palmas del público en una de las pocas muestras de espontaneidad. La otra correspondió al dueto Alosa con su luminosa interpretación de El cant dels ocells acompañadas por panderos, cuerdas y vientos. También fue celebrado el septeto coral con el que Anna Ferrer hizo una interpretación intensa de Ses porgueres, de su último álbum, con el mismo tono litúrgico con que las Tarta Relena ofrecieron Infans qui nascitur donde recuerdan que el recién nacido llora “porque se oye llorar”.
No lloró, porque no podía, la marioneta que apareció como invitada sorpresa, una figura literalmente huida de Gaza, donde incluso los objetos tienen prohibido salir si no es convertidos en cenizas. El creador de la figura, Mahdi Karera, perdió su taller en las primeras semanas del ataque israelí, y optó por seguir trabajando con los despojos que encontraba en las calles arrasadas de la Franja, convirtiendo así la desgracia en esperanza, y una sencilla marioneta en una flor prohibida pero, viva, símbolo de lo absurdo de la guerra pero también de la esperanza que nunca se rinde.
Sergio Lozano
Periodista
Forma parte de la redacción de La Vanguardia · Barcelona.
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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.