“Barcino ab Hercule condita/ a poenis aucta / a romanis culta / a gothis nobiliata. Esta inscripción está en la fachada gótica, lateral, del ayuntamiento de Barcelona, y su traducción condensa toda la confusión que desde su fundación, y hasta hace proporcionalmente muy poco, ha generado el nombre de la ciudad: “Barcelona, fundada por Hércules, engrandecida por los púnicos, civilizada por los romanos y ennoblecida por los godos”.
Ni la fundó Hércules, ni la hicieron grande los púnicos: la crearon los romanos, aunque pequeña; lo que hicieran los godos es más opinable, y aquí no importa. La cuestión es que esa inscripción está ahí desde 1550, cuando se acabó la construcción de la Casa de la Ciutat, y carece de todo fundamento científico, pero a la vez es reveladora de las sacudidas que la historia le dio al topónimo.
No hay ninguna duda que el nombre romano de la ciudad, Barcino, procede del vocablo íbero Barkeno, que quizás daba nombre a un asentamiento
Una decena de arqueólogos, historiadores y filólogos consultados coinciden en afirmar que no hay ninguna duda que el nombre romano de la ciudad, Barcino, procede del vocablo íbero Barkeno; en realidad, y como ha demostrado la investigación arqueológica de las últimas décadas, el nombre completo era Colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino, y su último apellido es probablemente el de un asentamiento ibero sito en alguno de los promontorios que salpicaban esta porción de costa mediterránea.
“El consenso científico es que es ibérico, que los romanos latinizan y adaptan a la nomenclatura Imperial romana”, explica el historiador Ramon Grau.
Quizás Barkeno estaba el monte Tàber, donde los romanos deciden entre los años 15 y 10 antes de Cristo levantar su nueva ciudad, bajo los cánones urbanísticos establecidos por Vitruvio, o quizás estaba en el actual Turó de la Rovira o en el del Putget, o incluso en algún punto de la montaña de Montjuic, que con toda seguridad tuvo algún tipo de asentamiento ibero.
Hasta hace medio siglo, se especuló con que la Barcino romana inicial pudiera estar en Montjuic, pero esta tesis ha decaido con los años y el conocimiento.
La palabra Barkeno aparece en una moneda ibera (hoy en un museo de Copenhague) acuñada en ese poblado. Sólo hay una. “De lo que no tenemos duda es que es un nombre heredado por los romanos, la duda que tenemos es qué quería decir o señalar esa palabra, porque podemos leer la lengua ibera, sabemos qué dicen sus caracteres, pero no sabemos qué quería decir esa palabra”, explica Albert Turull, filólogo y especialista en onomástica.
Entonces, ¿por qué esas incursiones de Hércules y de los cartagineses en el nombre de la ciudad? En la edad media (consta en una inscripción en el sarcófago de la mártir Santa Eulalia, hoy en la catedral de Barcelona) el nombre de la ciudad era Barchinona (luego sería Barsaluna).
En el siglo XII, el obispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada, alias El Toledano (entre otras cosas impulsor en su ciudad de la construcción de la catedral sobre la mezquita precedente) aspiraba a que su diócesis fuera la sede primada de toda la península, y para ello necesitaba minimizar la importancia histórica de la rival Tarragona (por entonces dejó de ser Tarraco): ¿qué mejor que sugerir que había una ciudad, cerca de Tarragona, que era más antigua y por tanto con más pedigrí? Esa era Barchinona, se inventó, cuyo nombre procedía de la fusión de “Barca” y “nona”, es decir, que el dios griego Hércules habría llegado desde Grecia o Troya hasta la costa barcelonesa con su novena barca.
De esta manera, Jiménez de Rada se agarraba a la tradición helénica para desdibujar la importancia de Tarraco. “En el fondo una lucha por el poder genera una información falsa, como tantas veces”, expone Grau, porque además “Barca y nona es una contracción filológica insostenible, de entrada porque un semidios griego en ningún caso llegó aquí con una barca, pero es que ‘barca’ es una palabra medieval catalana y nona es una palabra latina”, argumenta.
“En la Edad Media es frecuente que se busque sentido a los topónimos, y a Barcelona se le atribuye “barca nona” sin ninguna base”, apunta Eduard Riu-Barrera, arqueólogo del Servei de Patrimoni i Arquitectura de la Generalitat.
Otra invención posterior fue de los humanistas Jeroni Pau y Pere Miquel Carbonell, eruditos de la corte de los Reyes Católicos, que concluyeron que la historia de Hércules no se aguantaba y propusieron una alternativa: el nombre de Barcino tenía que proceder de Amílcar Barca, general cartaginés...
“Y eso llega hasta el siglo XIX, y se buscan explicaciones en el tipo de construcción y de muralla que habían levantado en Barcino. El pequeño detalle, hoy confirmado, es que Barca vivió dos siglos antes de la fundación de la Colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino, cuyo tercer apellido hace honor justamente a su fundador, el emperador Augusto.
Las fundaciones de las ciudades tienen mucho de mito. Muchos descendientes de Noé también han sido fundadores de no sé cuántas ciudades”
“Las fundaciones de las ciudades -apostilla Riu-Barrera- tienen mucho de mito. Muchos descendientes de Noé también han sido fundadores de no sé cuántas ciudades. Pero a partir del siglo XVIII la historiagrafía empieza a ser crítica y a purgar todas esas teorías y a buscar argumentación científica. Aunque durante el romanticismo vuelven las ideas legendarias, hoy por fortuna es la arqueología la que da las explicaciones. Es poco poética, porque es más de rascar en el suelo y encontrar las evidencias”.
La fórmula medieval Barchinona, en todo caso, empieza a convivir en el siglo XIII con la definitiva Barcelona. La misma evolución tienen Tarragona, Solsona, Guissona, Isona...

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.