En tiempos en que el debate tecnológico gira casi en exclusiva alrededor de la inteligencia artificial, volver la mirada hacia la física cuántica resulta, paradójicamente, más necesario que nunca. Porque mientras los algoritmos prometen responderlo todo, el mundo cuántico sigue recordándonos que la realidad está hecha de incertidumbre, probabilidades y preguntas abiertas. Y pocos saben traducir esa complejidad al lenguaje de la ficción como la física cuántica y divulgadora científica Sonia Fernández-Vidal (Barcelona, 1978). Y además lo hace para lectores a partir de los 9 años.
Autora de la exitosa trilogía La puerta de los tres cerrojos (Destino), con la que acercó la física cuántica a cientos de miles de jóvenes lectores, la escritora barcelonesa ha regresado a ese universo con El origen, una precuela compuesta de dos libros (La semilla de una revolución y La sombra de los dos soles) protagonizada por Ada, una niña huérfana decidida a convertirse en científica en la Europa de comienzos del siglo XX.
En La semilla de una revolución Fernández-Vidal no sólo retoma el universo fantástico de la saga, sino que viaja hasta los años en que Max Planck, Albert Einstein o Marie Curie revolucionaban nuestra manera de entender el mundo para reivindicar la curiosidad, el pensamiento crítico y el conocimiento como las mejores herramientas frente a la ignorancia. Ahora, con La sombra de los dos soles, ha cerrado la precuela con un trepidante viaje interdimensional que, más allá de la aventura, plantea una reflexión muy ligada a los desafíos del presente: cómo formar a las nuevas generaciones en un mundo dominado por tecnologías que cada vez entendemos menos. Porque para Sonia Fernández-Vidal, el gran reto del siglo XXI no es que los niños sepan utilizar la inteligencia artificial, sino que entiendan la ciencia que hay detrás de las tecnologías para que puedan seguir tomando decisiones libres.
Quería empezar esta entrevista diciéndole que las preguntas las formularé con la ayuda de una inteligencia artificial. ¿Qué opina de ello?
Fantástico. Al fin y al cabo, la inteligencia artificial tampoco trabaja por sí misma. Para que funcione bien tiene que haber un cerebro humano detrás, que en este caso sería el suyo, que sabe orientarla para realizar esas preguntas. Cuando una inteligencia artificial puede ayudarnos en nuestras tareas cotidianas es un poco como si fuésemos Iron Man. Potencia nuestras habilidades. Así que, bienvenida sea.
Mejor lo descartaremos. Pero cuando hablamos de inteligencia artificial y de física cuántica, ¿qué pensamiento le viene a la cabeza?
Sobre todo, a nivel tecnológico, sigo visualizándolo como una armadura que convierte a los humanos en pequeños superhéroes, porque potencia nuestras habilidades. Dentro de la investigación científica ya lo estamos viendo. Muchos de los avances recientes están relacionados con la inteligencia artificial y con su capacidad para desarrollar algoritmos de aprendizaje avanzado. Para los investigadores es una herramienta esencial porque permite avanzar muchísimo más rápido.
Combínelo ahora con la física cuántica.
Naciones Unidas declaró el 2025 Año Internacional de la Ciencia y las Tecnologías Cuánticas, buscando dar a conocer la importancia que han tenido las tecnologías cuánticas en nuestro desarrollo tecnológico. Porque muchas veces no somos conscientes de ello. Todo aquello que tiene un transistor está basado en la física cuántica: los dispositivos digitales, los sistemas de comunicación o los sistemas de geolocalización funcionan gracias a ella.
“Cuando despiertas la curiosidad de un niño, ya está todo hecho”
Ahora estamos entrando en lo que llamamos una segunda revolución tecnológica cuántica. Estamos empezando a controlar fenómenos como la superposición o el entrelazamiento cuántico y somos capaces de manipular átomos de forma individual. Eso abre la puerta a tecnologías que todavía son incipientes, pero que van a transformar muchas cosas. Primero veremos sensores y metrología cuántica, que ya empiezan a aplicarse. Sensores mucho más precisos que permitirán estudiar lo que hay bajo la superficie terrestre con una precisión enorme. Después llegarán las comunicaciones cuánticas, el llamado internet cuántico y sistemas de encriptación mucho más seguros. Y más adelante, lo que todos soñamos: los ordenadores cuánticos.
¿Estamos cerca del ordenador cuántico?
Hay muchos proyectos en marcha. Google ya anunció hace años lo que llamó la supremacía cuántica, un término que no me gusta demasiado, pero que significa que había conseguido resolver con un ordenador cuántico un problema que un ordenador clásico tardaría muchísimo tiempo en resolver. Google también habló de su chip Willow. Microsoft ha presentado avances que han generado bastante debate dentro de la comunidad científica. China está avanzando muchísimo y Europa también tiene proyectos importantes para no quedarse atrás en el desarrollo de chips y nuevas tecnologías.
En un contexto tan cambiante, ¿los niños necesitan prepararse para todo esto?
En realidad, todos los ciudadanos deberíamos prepararnos. Pero me preocupan especialmente los niños porque son nuestro futuro. Hemos construido nuestras civilizaciones sobre la tecnología y dependemos cada vez más de ella. Sin embargo, cada vez entendemos menos cómo funciona. Si queremos seguir viviendo en democracia, alguien tendrá que tomar decisiones sobre estas tecnologías.
¿Quién?
Esa es la cuestión, ¿quién tomará esas decisiones si solo unas pocas personas comprenden cómo funcionan? Por eso creo que es responsabilidad de los científicos, de las instituciones y del sistema educativo explicar estas tecnologías a la sociedad para que podamos tomar decisiones informadas. Porque unas tecnologías tan avanzadas combinadas con una gran ignorancia sobre su funcionamiento son una mezcla explosiva.
¿Y cómo se prepara a los niños para ese futuro?
No solo se trata de prepararlos para usar la tecnología. Las tecnologías están diseñadas para que sean ellas las que nos utilicen a nosotros. Hay que despertar su espíritu crítico. Saber cómo funcionan los algoritmos que intentan retener nuestra atención. Cuando eres consciente de cómo funcionan, tienes herramientas para defenderte.
“Las tecnologías están diseñadas para que sean ellas las que nos utilicen a nosotros”
Es cierto que los niños son nativos digitales y saben utilizar estas tecnologías. Pero mi creencia es que, si además conocen cómo funcionan, podrán seguir siendo ellos quienes las controlen y no al revés.
¿Qué es exactamente el mundo cuántico y por qué es importante que los niños lo conozcan?
El mundo cuántico es, básicamente, cómo se comportan las partículas fundamentales que forman todo lo que existe, incluidos nosotros mismos. Lo fascinante es que esas partículas se comportan de una manera muy poco intuitiva. Pueden atravesar paredes, pueden estar en dos sitios a la vez, pueden teletransportarse. Todas esas cosas extraordinarias que parecen magia son reales a nivel cuántico. Y, sin embargo, son la base de las tecnologías que usamos cada día.
Que los niños se familiaricen con estas ideas les prepara para el futuro. No solo para quienes elijan carreras científicas o tecnológicas, sino también para quienes estudien humanidades. Todos necesitarán comprender estas tecnologías porque ese conocimiento es lo que les dará poder sobre ellas.
¿Por qué eliges la literatura para transmitir estos conocimientos?
Porque las historias han sido siempre la mejor forma de transmitir conocimiento. Desde la noche de los tiempos, los seres humanos hemos aprendido a través de los cuentos. Los cuentos no servían solo para dormir a los niños; también servían para despertar a los adultos. Creo que las historias son la manera más profunda de transmitir conocimientos.
Mi intención al escribir La puerta de los tres cerrojos era despertar la curiosidad. Cuando consigues encender esa llama, ya está todo hecho. Un niño curioso buscará más libros, hará preguntas, investigará y seguirá aprendiendo por su cuenta.
¿Cambiarías algo de nuestro sistema educativo?
Desde Primaria sería importante empezar a introducir a los niños en estas tecnologías. Y, sobre todo, algo que se utiliza todavía poco: la capacidad de fascinar su imaginación. Los educadores no estamos para transmitir materia, sino para despertar la curiosidad y la pasión por aprender. Muchas veces nos olvidamos de dar contexto a las cosas. Cuando llegamos a Secundaria empezamos a diseccionar una célula en sus partes, o a explicar ecuaciones, fracciones o leyes físicas aisladas. Pero la ciencia tiene un valor fundamental: da contexto al conocimiento.
Cuando surgió la ciencia, surgió para responder preguntas. Para entender por qué funciona el universo, por qué estamos aquí. Si a un niño simplemente le presentas una ecuación o le pides que encuentre una incógnita sin darle ningún significado más allá del ejercicio, es normal que aparezca el rechazo. Pero si le explicas que esa ecuación ayuda a comprender por qué brillan las estrellas, cómo se mueven las galaxias o cómo hemos llegado hasta aquí, entonces la ciencia cobra vida.
Es extraño que la ciencia naciera precisamente para dar sentido a las cosas y, sin embargo, hayamos olvidado esa esencia a la hora de transmitirla. Porque es cuando adquiere sentido cuando despierta pasiones.
De hecho, los niños pequeños no paran de preguntar “¿por qué?”, pero con los años dejan de hacerlo.
Probablemente los adultos somos muy responsables de cortar esas alas. Muchas veces estamos preocupados por nuestras propias cosas y cuando un niño nos pregunta por qué la hierba es verde o por qué la Tierra es redonda los enviamos a jugar o les decimos que no hagan preguntas tontas. Y, sin embargo, son preguntas extraordinarias. Si en lugar de ir limando poco a poco esa curiosidad fuésemos capaces de responder “no lo sé, vamos a investigarlo juntos”, probablemente descubriríamos cosas alucinantes con ellos. Además, les estaríamos enseñando a seguir preguntando y a seguir buscando respuestas.
Los niños hacen preguntas maravillosas.
Sí. Recuerdo un compañero físico que estaba explicándole a su hijo pequeño la teoría de la relatividad antes de dormir. Le hablaba del límite de la velocidad de la luz y, de repente, el niño se incorporó y le preguntó: “¿Y cuál es el límite de velocidad de la oscuridad?”. Mi compañero se quedó completamente bloqueado. Como científico sabía analizar preguntas complejas, pero aquella le dejó sin respuesta. Los niños tienen esa frescura y esa capacidad de formular preguntas extraordinarias. Me temo que vamos perdiéndola con el tiempo.
La trilogía de La puerta de los tres cerrojos ha vendido cientos de miles de ejemplares. ¿Te sorprendió ese éxito?
Sí, al principio fue una sorpresa. Recuerdo que cuando publicamos el primer libro con La Galera, un comercial de la editorial nos dijo con mucho cariño: “¿Un libro de física cuántica para niños? ¿Os habéis vuelto locos? No vamos a vender ni uno. Ni siquiera sabemos dónde colocarlo en las librerías”. Y afortunadamente no podía estar más equivocado.
Creo que muchas veces se apuesta poco por la ciencia en los medios de comunicación, en los programas o incluso en la literatura. Pero la ciencia gusta mucho más de lo que pensamos. Cuando la presentas de una forma atractiva, interesa. Lo veo continuamente en charlas o encuentros. Muchas veces alguien piensa que una conferencia sobre física cuántica no va a interesar a nadie y luego los auditorios se llenan. La gente tiene ganas de acercarse a este conocimiento. A veces parece que la ciencia está encerrada en torres de marfil, reservada para unos pocos, pero cuando la haces accesible la respuesta es extraordinaria.
¿Qué aporta entonces El origen que no estaba en la trilogía?
Cuando escribí La puerta de los tres cerrojos sentí que había cumplido una misión: acercar la ciencia a muchísima gente. Pero había una parte que todavía quería transmitir y que aparece en esta precuela: la metodología científica. Cuando vemos un gran descubrimiento en los titulares parece que todo sucede de forma inmediata. Vivimos en una sociedad donde parece que todo llega rápido y sin esfuerzo. Sin embargo, detrás de los avances científicos hay errores, años de trabajo, perseverancia y resiliencia.
En el libro se ve, por ejemplo, cómo Max Planck se resiste inicialmente a aceptar la cuantización. Y eso ocurrió realmente. También aparece la valentía que tuvieron muchos científicos para abandonar ideas en las que habían creído durante años y aceptar otras nuevas. Carl Sagan decía que la ciencia no es solo un cuerpo de conocimiento, sino una manera de pensar. Una manera de pensar basada en dos pilares: el escepticismo, que lo cuestiona todo, y la apertura a las nuevas ideas.
Ese equilibrio entre pensamiento crítico y capacidad para innovar era algo que también quería transmitir. Y, por supuesto, el esfuerzo. Planck no llegó a sus descubrimientos de un día para otro. Llevaba décadas estudiando la radiación cuando encontró esa pequeña pieza que cambió la historia.
Además, la protagonista es una niña, ¿fue una decisión deliberada?
Sí, y sobre todo por la época en la que transcurre la historia. Estamos hablando de 1900. Si no recuerdo mal, en España las mujeres todavía tenían que pedir permisos especiales para acceder a la universidad. Por eso Ada, con toda esa pasión y esa determinación, representa un soplo de aire fresco. Tiene fuerza, energía y ganas de cambiar las cosas.
¿Qué pesa más cuando escribes: la historia o la ciencia?
Probablemente esa sea la parte más difícil de todo el proceso. Muchas veces dejo en el tintero muchísimas cosas que me gustaría explicar sobre ciencia. Por eso al final del libro incluyo la cronología comentada, donde puedo desarrollar algunos aspectos de una forma más académica.
La parte más divertida es otra: enlazar la historia fantástica con los acontecimientos históricos reales. Ahí aparece una faceta más traviesa de mí, menos científica y más imaginativa. Es la parte que se dedica a colocar elfos cuánticos entre científicos reales y a jugar con la historia. Eso me divierte muchísimo.
Además, la segunda parte me ha costado especialmente porque quería que terminara con el Proyecto Manhattan y las bombas atómicas. Eso supone una gran responsabilidad porque implica abordar la parte más oscura de la ciencia. Porque la ciencia no es una cornucopia de la que solo surjan cosas buenas. Ahí está el Proyecto Manhattan como recordatorio permanente. Doscientas cincuenta mil almas fueron la moneda de cambio de aquellas explosiones. Sí, hubo avances científicos enormes, pero el precio fue altísimo. Y quiero que esa reflexión también esté presente en la historia.
Has visitado muchísimas escuelas. ¿Qué te han enseñado los niños sobre la ciencia?
Muchísimo. Desde que salió La puerta de los tres cerrojos he recorrido muchísimas escuelas e institutos y me di cuenta de algo sorprendente: cuanto más pequeños eran los niños, mejor parecían entender las rarezas del mundo cuántico.
¿En qué sentido?
Cuando explicas a un adulto conceptos como la superposición cuántica o el experimento de las dos rendijas, muchas veces se queda bloqueado. Piensa: “Eso es imposible”. Nos cuesta muchísimo aceptar algo tan extraño. Los niños, en cambio, tienen una flexibilidad mental extraordinaria. Recuerdo una vez un niño de unos ocho años que levantó la mano y me dijo: “Sonia, ¿y no será que nuestra mente no es capaz de ver la superposición y que en realidad existe, pero son nuestros pensamientos los que la hacen desaparecer?”. Me quedé absolutamente alucinada. Estuve a punto de decirle: “Espera, repítelo más despacio porque quiero apuntarlo”.
Los niños se saltan todos los pasos que tenemos que recorrer los adultos. A los adultos primero hay que desmontarnos los esquemas mentales que hemos construido durante años. Luego necesitamos estudiar, investigar y desarrollar una nueva intuición. Los niños no. Ya tienen esa flexibilidad. No necesitan desaprender nada antes de empezar a imaginar nuevas posibilidades. Por eso muchas veces avanzan mucho más rápido. Todavía no han construido esas estructuras rígidas que los adultos llevamos encima.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.