Explora La Vanguardia
Apariencia
A
Contraste
Al MinutoInternacionalPolíticaOpiniónSociedadDeportesEconomíaCiudadesPopCulturaSucesosLa Contra
Suscríbete
Cultura Ocho horas en... · 4 /7

Perdido en una estación de metro

El autor permanece unas horas encerrado en uno de esos no lugares que, en 1992, el antropólogo Marc Augé definió como esos espacios intercambiables donde el ser humano permanece anónimo

Perdido en una estación de metro
Una usuaria del metro de Barcelona reflejada en un espejo Àlex Garcia
Escucha este artículo
0:00 7:42
Actualizado hace 1 d Contrastado por la redacción Cómo lo hemos informado

Esta información ha sido elaborada por la redacción de La Vanguardia a partir de fuentes propias y verificadas.

Sugerir una corrección Política de correcciones de La Vanguardia
4 puntos clave Ver
  • 01Mis abuelos eran gente de paseo y autobús.
  • 02No se fiaban de viajar bajo tierra.
  • 03Las pocas veces que viajé con ellos en metro se les notaba en tensión: una caída, un empujón, un robo.
  • 04En cierto modo, allí donde no diera el sol siempre era territorio para lo inesperado, lo peligroso y lo oculto.

Mis abuelos eran gente de paseo y autobús. No se fiaban de viajar bajo tierra. Las pocas veces que viajé con ellos en metro se les notaba en tensión: una caída, un empujón, un robo. En cierto modo, allí donde no diera el sol siempre era territorio para lo inesperado, lo peligroso y lo oculto. Los insectos vivían bajo tierra. Las lombrices, los muertos, los tesoros sin dueño, las pruebas del crimen no resuelto. También aspectos puramente prácticos como que aquello no era seguro. El techo podía venirse abajo. Qué sucede si te quedas atrapado en un túnel, si se cierran antes las puertas del vagón. Y ya no hablemos del calor asfixiante o la confluencia excesiva de gente desconocida, sus olores.

Quizás la cuestión que no se decía claramente era ésta última. La que se derivaba de la gente. Demasiada gente, demasiado cerca, demasiado peligro y anonimato. Los hombres manosean, las manos hábiles quitan carteras y billeteras, y la chusma se aplasta contra uno negándole la individualidad que tanto le había costado establecer. En el exterior, se mantenían en cierto modo las distancias y si no –como en tranvías, buses o colas para cualquier cosa– bastaba un empujón o un bajarse en la próxima parada o salir de la cola y ver las casas y la luz y el cielo y el sol. Para mis abuelos, viajar en metro tenía, además de algo del peligro de la gente, de sacrilegio, de profanación. La vida seguía arriba mientras tú estabas, por unos minutos, fuera de ella, como si estuvieras muerto en un cementerio o un preso en las cárceles: fuera de radar.

Un vagón del metro es la suma de tantas soledades como personas estemos allí

Sigue leyendo con toda la información

Accede al artículo completo, al análisis de nuestros especialistas y a todo el contenido premium de La Vanguardia.

  • Artículos premium sin límite y sin publicidad intrusiva
  • Newsletters exclusivas y la edición impresa en PDF
  • Cancela cuando quieras
Suscríbete por 1€/mes
↓ Vista de revisión · contenido bajo el muro (oculto en producción)

Una de las exigencias para ser considerado no lugar es que accedas a él mediante un tique de paso, un documento de identidad o una tarjeta de crédito. Viajar en metro lo cumple. Pagar por un ticket es algo que hay gente –antes y ahora: colarse tiene algo de astuto más que de ladrón– no quiere o puede hacer y salta los tornos o se arrima en exceso cuando pasa quien sí ha pagado. Hay quien le da a esto un aire reivindicativo. Esos son los peores. El delito debería explicarse por sí mismo. Solo tenemos una vida: no nos hagan perder el tiempo con excusas. Si te cuelas, te arriesgas –poco, para qué vamos a engañarnos– a que te topes con controles de empleados o seguridad, que tienen demasiado aire a lo Guardianes de la Galaxia como si colarse en el metro fuera el inicio de todas las corruptelas, el primer brote de todos los demás delitos: violaciones, homicidios, saqueos y genocidios. Salta a la vía, sal al exterior, no vuelvas por aquí, ilegal.

Cada uno se mueve en el metro en base a estrategias muy personales. Algunos expertos saben dónde esperar al metro en el andén, moverse entre los cuerpos, localizar el asiento libre, ir a por él, a cualquier precio. Otros renuncian a cualquier saber adquirido de anteriores viajes y no aciertan con el lado de la puerta que se abre, la dirección en la que viajan, dónde estar mejor o peor. Hablar a gritos o escuchar lo que hablan los demás. Algunos quieren llegar a la hora, muchos, solo llegar. Otros, quizás, fingir que van o vienen de algún sitio. Estás metido en un tubo, no puedes fingir mirar hacia fuera y lo haces hacia dentro. Un vagón del metro es la suma de tantas soledades como personas estemos allí. Cada uno de nosotros trata de adivinar quiénes y cómo son los demás, a través de caras y gestos, su manera de vestir, crees saber cómo es su vida. De dónde viene, qué le deparará en sus próximos años. Viajar en metro nos hace videntes, nos tensiona, nos hace conscientes de nuestra propia soledad, abisal allá abajo. Solo afuera, cuando salgamos y lleguemos a dónde sea, habremos recompuesto la máscara, las maneras, el personaje.

Todo es anónimo viajando en metro. Podemos sentarnos, apoyarnos, colisionar con otros cuerpos sin conocer, sin saber nada del otro, que nos agrade o desagrade, no se nos permite ni que nos sea indiferente. Viene en nuestra ayuda la transitoriedad, la vocación de movimiento, de circular a mucha velocidad por debajo de la vida a la luz, con espacio para huir, donde radican los sitios en los que permanecemos (nuestro hogar, lugar de trabajo, de ocio, los hogares de los otros). Pasillos y andenes, colores y números, todas las ciudades son la misma viajando en metro. Hemos sido niños, adolescentes, jóvenes, adultos y viejos bajo tierra. Hemos compartido espacio, transbordos, vagones y averías, retrasos y músicos ambulantes, y nada nos ha dejado mucha herida. Me viene a la mente Julio Cortázar. Y pienso que quizás los carteristas y ladrones que meten las manos en los bolsillos de los otros busquen un manuscrito donde a través de viajes en el metro de Barcelona o París trates de hallar el amor, volver a toparte con la Maga, desordenar la rutina de los autobuses y los paseos y el mundo lento encima de nosotros.

Carlos Zanón
Carlos Zanón
Cultura

Forma parte de la redacción de La Vanguardia.

Ver comentarios 3
Las normas de la comunidad aplican.
ML
Marta L.Suscriptorhace 12 min

Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.

JP
Joan P.Suscriptorhace 28 min

Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.

RV
Roberto V.hace 1 h

Excelente trabajo de la redacción, como siempre.