01Retirado desde que estrenó Grandes familias  hace una década, Jean-Paul Rappeneau deja un legado de ocho ambiciosas comedias de gran espectáculo, que reconciliaron al público con la crítica.
02Verborrea, movimiento, acción, aventuras, opulencia en el vestuario y los decorados...
03Fue uno de esos meticulosos artesanos que trabajaron un cine más bien académico, pero más que satisfactorio para ponerse de buen humor.
04Por encima de todas está la monumental  Cyrano de Bergerac  (1990), una muy exitosa adaptación, tanto a nivel crítico como en la taquilla –más de diez millones de espectadores en todo el mundo, la mitad en Francia–, de la muy clásica obra de Edmond Rostand, llevada a cabo por el prestigioso Jean-Claude Carrière a mayor gloria de un Gérard Depardieu en la cumbre de su fama.
Retirado desde que estrenó Grandes familias hace una década, Jean-Paul Rappeneau deja un legado de ocho ambiciosas comedias de gran espectáculo, que reconciliaron al público con la crítica. Verborrea, movimiento, acción, aventuras, opulencia en el vestuario y los decorados... Fue uno de esos meticulosos artesanos que trabajaron un cine más bien académico, pero más que satisfactorio para ponerse de buen humor. Por encima de todas está la monumental Cyrano de Bergerac (1990), una muy exitosa adaptación, tanto a nivel crítico como en la taquilla –más de diez millones de espectadores en todo el mundo, la mitad en Francia–, de la muy clásica obra de Edmond Rostand, llevada a cabo por el prestigioso Jean-Claude Carrière a mayor gloria de un Gérard Depardieu en la cumbre de su fama. El viaje triunfal de la película arrancó en Cannes, con la coronación del actor a una nariz pegado, y terminó con cinco nominaciones en los Oscar de las que obtuvo la estatuilla al mejor vestuario. Entre medias, el triunfo en los César fue apoteósico: diez premios de trece nominaciones. Todo un récord que igualó al establecido por El último metro, de Truffaut, por la que Depardieu también había sido premiado como mejor actor. Rodar con Rappeneau era casi siempre un pasaporte a los César.
Una escena de 'Cyrano de Bergerac' INVESTORS CLUB
Si solo dirigió ocho películas, fue porque era un perfeccionista: invertía cinco o seis años en prepararlas. Su carrera se extiende a lo largo de más de 70 años, porque empezó en los 50 como asistente de directores como Édouard Molinaro o Raymond Bernard, antes de distinguirse escribiendo para Yves Robert (El Toisón de Oro, 1959, una aventura de Arsenio Lupin); Louis Malle (la mítica Zazie en el metro, 1960, a partir de la novela de Raymond Queneau), Alain Cavalier (el polar existencial Le combat dans l’île, 1962) o Philippe De Broca, para el que escribió algunas de las mejores comedias protagonizadas por Jean-Paul Belmondo, empezando con El hombre de Río (1964), y siguiendo con la insuperable Cómo destruir al mejor agente secreto del mundo en la que Bébel es un miserable escritor de novelas baratas de espionaje que se imagina a sí mismo como un seductor James Bond, enamorado de una irresistible Jacqueline Bisset. Contiene una de las mejores escenas de metacine de la Historia: el escritor imagina una gran batalla campal, y en medio irrumpe la mujer de la limpieza pasando el aspirador cortándole la inspiración.
Contenido para suscriptores
Sigue leyendo con toda la información
Accede al artículo completo, al análisis de nuestros especialistas y a todo el contenido premium de La Vanguardia.
Artículos premium sin límite y sin publicidad intrusiva
Newsletters exclusivas y la edición impresa en PDF
↓ Vista de revisión · contenido bajo el muro (oculto en producción)
Su carrera como cineasta a cuenta propia arranca, después de una serie de cortos de aprendizaje, con Esposa ingenua (1966), comedia sobre la Ocupación que protagonizaron Philippe Noiret y Catherine Deneuve. De alguna manera, le sirvió para exorcizar un trauma infantil: la casa de sus padres había sido requisada por los alemanes. Belmondo protagonizaría, junto a Marlene Jobert, la subsiguiente comedia de época, una gran aventura ambientada en plena Revolución francesa, Gracias y desgracias de un casado del año II (1971). Repitió con Deneuve, esta vez formando pareja con Yves Montand en Mi hombre es un salvaje (1975), una película ambientada en la contemporaneidad pero mayormente rodada en una isla colombiana, y con Yves Montand, ahora junto a Isabelle Adjani, en la más discreta Tout feu, tout flamme (1982). Después del fenómeno Cyrano, no decepcionó con El húsar en el tejado (1995), gran producción de aventuras de época, presidida por la romántica química entre Juliette Binoche y Olivier Martinez a partir de la novela de Jean Giono. Finalmente, Adjani y Depardieu encabezaron el reparto coral de Bon voyage (2003) en la que, como en Grandes familias, regresó de nuevo al oscuro periodo que le vio crecer, la Ocupación.
Nacido en Auxerre, en Borgoña, desarrolló una temprana pasión por el cine: el visionado en un cineclub local de Ciudadano Kane fue como la revelación en la que vislumbró su vocación. A los dieciocho años, su padre le regaló una cámara para sus pequeñas películas de aficionado a condición de que estudiara algo de provecho (Derecho). Con Grandes familias, el testamento cinematográfico en el que también participaron Mathieu Amalric, Gilles Lellouche o Karin Viard, la más autobiográfica de sus películas, regresó a Auxerre y a los lugares de esa infancia ensombrecida por la guerra. En esa película también colaboró con sus dos hijos, el guionista Julien y el músico Martin. Era un hombre muy familiar, pura bonhomía francesa, y siempre pensó el cine como un arte para toda la familia.
Ver comentarios 3
Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.