Si hubo un cineasta que vivió a tope la cultura gitana, ese fue Tony Gatlif: dedicó más de cinco décadas y una veintena de películas a explorar el legado romaní en toda su diversidad, geográfica y musical, siempre con alegría, mucha libertad y huyendo de los clichés como de la peste. Gatlif paseó su cine gitano por las pantallas de todo el mundo, incluyendo los festivales más prestigiosos, como el de Cannes donde se erigió como mejor director en 2004 por Exils (2004), musical road movie en la que Romain Duris y Lubna Azabal formaban una pareja francesa que se proponía viajar hasta Argelia, la tierra de sus padres, a través de España y Marruecos. El propio Gatlif había nacido, hace ahora 77 años, en Argelia, fruto de la unión entre un cabilio y una gitana de ascendencia española. La Guerra de Argelia le llevó a migrar a Francia donde, tras un periodo de precariedad que le abocó a la delincuencia, descubrió el teatro gracias a Michel Simon. El joven Gatlif se presentó, después de una función, en el camerino del mítico cómico y este le brindó la carta de recomendación que le abrió las puertas del arte dramático. Así estudió interpretación y empezó a actuar, antes de debutar como cineasta con La tête en ruines (1975). Después de La terre au ventre (1978), donde abordó la Guerra de Argelia, descubrió definitivamente su vocación con Corre gitano (1982), rodada en España con el bailaor y coreógrafo Mario Maya, que encarna la marginación del pueblo gitano durante la Transición, hasta tal punto que la película ni se estrenó.
El cine nómada de Tony Gatlif no pudo verse en nuestras pantallas hasta media docena de producciones después, gracias al éxito internacional de Gadjo Dilo, estrenada en nuestro país como El extranjero loco (1997), su primera película con Duris, esta vez junto a Rona Hartner. Más exacta hubiese sido la traducción El payo loco, y ese era el francés, que viaja a Rumanía en busca de una cantante misteriosa. Por la banda sonora de la película Gatlif obtuvo el César a la mejor banda sonora, un trofeo que calificó de gag ya que, como señaló, no hacía más que dirigir a los músicos que tocaban en sus películas. La aventura de este canto al amor entre payos y gitanos fue tan excitante que los tres, Gatlif, Duris y Hartner, repitieron con la subsiguiente Je suis né d’une cigogne (1999), otro musical de carretera.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.