01Existe la idea romantizada de que los ladrones de museos son delincuentes de guante blanco, seres refinados y glamourosos con un cierto parecido a George Clooney o Sean Connery cuya debilidad por la belleza les hace cometer crímenes hasta cierto punto perdonables. “Que el robo de arte es cosa de  gentleman  s es un mito que nace en el siglo XIX con Adam Worth, un criminal de baja estofa que logró infiltrarse en la sociedad británica, y luego Holywood propagó hasta el infinito.
02Pero el robo de arte siempre ha sido cosa de gánsteres y bandas de criminales profesionales que un día pueden entrar en un museo, al día siguiente robar un coche de alta gama y al otro asaltar un camión cargados de iPhone”, señala el criminólogo Marc Balcells, profesor de los estudios de Derecho y Ciencia Política de la UOC y experto en delitos contra el patrimonio cultural.
03De hecho, después de mucho hurgar, Balcells solo encuentra “un único ladrón en toda la historia que se pueda considerar totalmente puro de arte”.
04Se trata del francés Stéphane Breitwieser, que logró zafarse de la policía y vivir sin que nadie le molestara mientras mantuvo el botín oculto en su casa para su propio deleite.
Existe la idea romantizada de que los ladrones de museos son delincuentes de guante blanco, seres refinados y glamourosos con un cierto parecido a George Clooney o Sean Connery cuya debilidad por la belleza les hace cometer crímenes hasta cierto punto perdonables. “Que el robo de arte es cosa de gentleman s es un mito que nace en el siglo XIX con Adam Worth, un criminal de baja estofa que logró infiltrarse en la sociedad británica, y luego Holywood propagó hasta el infinito. Pero el robo de arte siempre ha sido cosa de gánsteres y bandas de criminales profesionales que un día pueden entrar en un museo, al día siguiente robar un coche de alta gama y al otro asaltar un camión cargados de iPhone”, señala el criminólogo Marc Balcells, profesor de los estudios de Derecho y Ciencia Política de la UOC y experto en delitos contra el patrimonio cultural.
De hecho, después de mucho hurgar, Balcells solo encuentra “un único ladrón en toda la historia que se pueda considerar totalmente puro de arte”. Se trata del francés Stéphane Breitwieser, que logró zafarse de la policía y vivir sin que nadie le molestara mientras mantuvo el botín oculto en su casa para su propio deleite. Su sueldo como camarero no le permitía hacer una colección por medios tradicionales y decidió requisarla de los museos. Su primer y único tropiezo dio al traste con un fondo de más de 2.000 millones de euros. Al enterarse de su detención, su madre se desembarazó de las obras destruyéndolas, tirándolas a la basura o arrojándolas a un canal cercano. Pero lo normal es que los ladrones no sientan ningún aprecio por las obras maestras que roban y su objetivo sea usarlas como garantía de tratos ilícitos, pedir un rescate o venderlas a un multimillonario caprichoso.
“En ocasiones las piezas están custodiadas de forma más débil que en una joyería”, constata el criminólogo Marc Balcells
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Y sin embargo, el espectacular robo de las joyas del Louvre en 2025, en el que en apenas siete minutos cuatro ladrones se llevaron un botín por valor de 88 millones de euros, parece haber abierto los ojos a un nuevo tipo de delincuente y redes criminales para los que el arte es lo de menos. “Hay un efecto post museo del Louvre, sin duda”, confirma Balcells. “Cada vez hay más gente que se está apuntando al carro de robar en museos porque según su racionalidad limitada los robos en los museos son de bajo riesgo y en cambio tienen un alto potencial. Es decir, les sale muy a cuenta. Ellos no roban tesoros artísticos, no roban patrimonio cultural, están robando oro puro y duro, y en muchas ocasiones está custodiado de una manera mucho más débil que, por ejemplo, en una joyería”, constata.
Los tres últimos asaltos a museos españoles revisten no pocos rasgos comunes LV
La nueva tipología de ladrones está imponiendo también una nueva forma de hacer. El propio Balcells lo advertía meses atrás en un artículo firmado con Silvia Clopés en el que analizaban los robos a museos entre 1922 y 2022 ( The Science of Art Theft: Using Data to Identify Criminal Patterns ). Y ahora lo corrobora la Europol en un informe emitido recientemente: esto ya no va del típico caco que entra, descuelga el cuadro y sale caminando por la puerta. Ahora todo se ha vuelto extremadamente violento. Los ladrones no tienen reparos en usar explosivos, en reventar puertas y vitrinas con mazos, hachas y palancas, o en recurrir a las armas para intimidar al personal de seguridad o los visitantes.
En España, en apenas cuatro meses, han sido víctimas de esta ola de saqueos que recorre Europa los museos de Villena, Badajoz y Albacete, de donde se llevaron piezas de oro de un inmenso valor patrimonial, prácticamente invendibles. “Les importa poco si tienen 3.000 años de antigüedad, lo funden y arreando. Y es una pena porque si pidieran un rescate seguramente obtendrían más dinero, pero van a lo fácil”, apunta Francisco de la Fuente, que fue director de seguridad del Museo Thyssen y luego fundó la asociación de profesionales en protección del patrimonio Protecturi, de la que es portavoz.
Lo que mueve a los ladrones es el alto valor de la onza de oro (el Tesoro de Villena pesaba diez kilos, lo que significa que tendrá un valor de aproximadamente 1,2 millones de euros una vez fundido), “pero por el camino se habrá perdido para siempre una parte muy importante de historia de la humanidad. Es desolador”, se lamenta De la Fuente, para quien estamos ante “un problema realmente muy serio” porque ya no existe la posibilidad de recuperar lo robado. Los ladrones de Villena entraron por una ventana lateral a las 5:20 de la mañana; cuando cuatro minutos después llegaron los agentes de la Guardia Civil y la Policía Local, lo único que quedaban eran cuatro o cinco piezas tiradas por el suelo que los asaltantes habían desechado por no ser de oro. Entre ellas, la más valiosa de todas: un brazalete modelado con mineral de un meteorito.
Era el último golpe que sufría un museo español después del ocurrido el 25 de abril en el Arqueológico de Badajoz, donde sustrajeron 149 monedas que componían el conocido como Tesoro de Villanueva, y el del 28 de julio en Albacete, en el que cuatro encapuchados rompieron una vitrina, se llevaron 220 monedas de oro del siglo XIX y después de su huida quemaron un coche. La preocupación es máxima, y el Ministerio de Cultura, en colaboración con la Policía Nacional, ha emplazado a las comunidades autónomas a realizar un inventario de los objetos realizados en oro, plata u otros metales y piedras preciosas, el lugar donde se exponen y las medidas de seguridad con los que cuentan.
“A los ladrones les mueve el valor del oro, que lo acaban fundiendo, pero por el camino se pierde una parte de la historia de la humanidad”, lamenta Francisco de la Fuente
La primera medida de seguridad es mantener la boca cerrada, por lo que todo se está llevando a cabo con la máxima discreción aunque una sola consulta al ChatGPT o Google Gemini pone al alcance de cualquiera el listado de muchas de las piezas de oro que custodian los museos españoles. En Catalunya, las alarmas se activaron con el robo del Louvre y desde el Departament de Cultura de la Generalitat trabaja codo a codo con la Unitat Central de Patrimoni Històric de los Mossos d’Esquadra a fin de extremar las medidas. “El riesgo cero no existe”, admite Joaquim Borràs, director general del Patrimoni Cultural, “pero está claro que vamos a tener que invertir y poner todos los recursos para garantizar la seguridad de los bienes”. De entrada, todo lo que tiene que ver con la protección del patrimonio tiene prioridad máxima en la política de subvenciones.
Visitantes del Louvre toman una fotografía de la ventana por la que entraron los ladrones LOU BENOIST / POOL / AFP
“Es que no puede ser que Villena redujera la partida anual destinada a la seguridad del museo a 3.000 euros, a pesar de albergar un tesoro tasado en unos cinco millones”, se lleva las manos a la cabeza De la Fuente, para quien todo lo que rodea a ese robo es un “auténtico desastre”. “El tesoro no estaba dentro de una cámara acorazada sino en una vitrina con cristales laminados, como los del parabrisas de un coche. Les bastaron cuatro martillazos para sacar las joyas. ¿Sabían los ladrones que no eran blindados? Mejor no hacer elucubraciones”, zanja, impotente al ver cómo pese a los reiterados ofrecimientos, el Ministerio de Cultura sigue desdeñando el conocimiento de la asociación que reúne a los directores de seguridad de museos españoles. “Tenemos una trayectoria muy larga. Nos ha pasado de todo y sabemos lo que puede ocurrir”, asegura.
Y Balcells aporta otro dato inquietante: “Lo que vemos es la punta del iceberg. Hay museos privados que, por las razones que sean, no denuncian”.
Teresa Sesé
Cultura
Forma parte de la redacción de La Vanguardia · Barcelona.
Ver comentarios 3
Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.