Las lamentaciones por los resultados del informe PISA confirman el descrédito del conocimiento y la autoridad. Los aspavientos actúan como válvula de escape de un estado de opinión que combina el recelo de los que llevan años denunciando la deriva autodestructiva del sistema y el oportunismo de los que se apuntan al alarmismo del diagnóstico. La deflagración de opiniones dispersa la eficacia de la crítica. Durante décadas, pedagogos, filósofos, maestros de infantería, funcionarios disidentes y columnistas lúcidos se han hartado de señalar las fallas de un sistema podrido por la incompetencia, el infantilismo y la burocracia. Insaciable y todopoderoso, el sistema las ha devorado hasta reducirlas a un puré de vaguedades que mitifican una pluralidad y una tolerancia reducidas a simulacro.
Los análisis oficiales socializan el fracaso, reclaman la cultura del esfuerzo que los modelos educativos han saboteado y fingen no haber oído las alarmas. Hoy tener razón no sirve de nada. La mayoría de quejas, disidencias y denuncias se interpretan como rabieta o extravagancia. En el fragor de esta batalla, reaparece el lugar común de las lecturas obligatorias en la escuela. Como iniciativa de corrección, serían inaplicables si se mantienen el desprecio por la autoridad de los profesores y por la cultura, la sumisión invasiva al papel intervencionista de los padres, la sobreprotección irresponsable de los alumnos y la ridiculización de un ejercicio –leer, escribir, comprender, asumir la superación de obstáculos– que es más fácil sustituir por el ocio evasivo o la adicción en las pantallas.
Del concepto ‘lectura obligatoria’, lo más subversivo es la idea de la obligatoriedad
Del concepto lectura obligatoria , lo más subversivo es la idea de la obligatoriedad, que, por desgracia, a menudo se entiende como una imposición traumatizadora y filofascista. Recordemos que, aplicando criterios ancestrales vinculados con el sentido común y el instinto de supervivencia, andamos, hablamos, deglutimos, escuchamos, dormimos, leemos, soportamos adversidades, aprendemos, desarrollamos cierto sentido crítico y contenemos los impulsos más irracionales gracias a varias formas, persistentemente inducidas, de obligatoriedad. Es una sabiduría basada en una jerarquía del respeto que, con la arrogancia irresponsable de los ignorantes, hoy se criminaliza. En nombre de proyecciones de futuro que justifican miles de salarios parasitarios, se desatiende y desprecia la urgencia del presente. Lo decía la periodista Sonia Mabrouk en la cadena de televisión Bfmtv, comentando la interminable y extenuante precampaña de las elecciones presidenciales francesas: “Hay políticos que están más ocupados en el fin del mundo que en el final de mes”. Cuando el futuro sirve como coartada para perpetuar la incompetencia y posponersine die las propuestas susceptibles de transformarse en soluciones, la frontera entre el fin del mundo y el final de mes se confunde peligrosamente.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.