La temporada arrancó (ya por fin) en la terraza del Eurostars Grand Marina con esa luz de septiembre que favorece incluso a las instituciones y una palabra que rara vez se cuela en una noche presuntamente tranquila. Canibalismo. Es la que vehicula la novela Regreso a Kangala por la que José María Paz Gago recibía el Eurostars ante un jurado donde Carme Riera , Alfredo Conde , Ana Sanjurjo , Adolfo Sotelo y José Manuel Esbrí dieron a entender ya de entrada y antes de subir a las alturas portuarias, que el asunto iba a ser algo más que una nueva entrega de trofeos. Temblad, malditos.
“Regresar es un verbo peligroso porque difícilmente puede cumplir lo que promete”, decía el nuevo propietario de ese talón de 35.000 euros que nos dejó a todos ( Màrius Carol , que ejerció de maestro de ceremonias, Daniel Fernández , el nocturno casi omnipresente en todos los saraos en que se está convirtiendo José Montilla y, por supuesto, Amancio López Seijas ) muy claro que la antropofagia va al alza. “En Gabón creen que comerse un pene o un corazón (humanos, claro) te hará más potente o apetecible, así que hay gente desapareciendo un día y reapareciendo al otro, pero a pedazos”, asustaba entre canapés para dar a entender a la concurrencia que la buena literatura de viajes empieza cuando el viajero sospecha que podría acabar dentro del menú.
Meta censuró el anuncio de ‘Una habitación propia‘ en el Teatre Raval por... ¡feminista!
Entretanto en la Sala Parés la exposición colectiva de Ángel Mateo Charris, Juan Cuéllar, Cuqui Guillén, Marcos Palazzi y Gonzalo Sicre inspiradas en las parties locas del gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald sostenían noches aparentemente más tranquilas danzando entre esos bailes desenfrenados, criadas con cofia, limusinas y copas rotas que la literatura ha llevado tantas veces al cine y el cine al arte. Rondas de cócteles y más cócteles y mucho chismorreo enmarcados dentro de la Barcelona Gallery Weekend que nos ha traído la mejor versión de Miralda (de la mano de Palmadotze) y su golosa obsesión por demostrar que la manera más eficaz de entender una ciudad es comérsela. Y nos ha servido también en bandeja la segunda edición de Flash con exposiciones efímeras y Pablo Allepuz, Àngels de la Mota, Ianko López, Gemma Avinyó y Pilar Ortega ofreciendo esemaravilloso servicio que prestan los expertos. Decirnos qué merece la pena mirar para poder dedicar el resto de la velada a descubrir quién ha venido. No es frivolidad. Es sociología.
La organización que el viernes privatizaba el edificio histórico de la UB para convocar solo a los suyos (y algún que otro coleccionista internacional encantado por la invitación pero sorprendido por la ausencia de Senda y Carlos Durán en el circuito) también nos trajo a Ed Templeton y su azote de Tomorrow Never Comes que lleva la conversación a otro territorio. A la calle, la juventud. Los cuerpos. Y esa edad en la que uno no sabe si está viviendo de veras o fabricando su recuerdo. Porque solo las fotos conservan lo que la vida ya ha decidido perder.
Pero los jóvenes no se cortan y toman las riendas cada vez más pronto. Lo demostraron los miembros del Aijec abriendo la semana en el Palau de la Música con el Premi Jove Empresari que recogieron Adrià Argemí, Beatriz Mesas y Pablo Linz ante Salva Tasqué, Josep Rull, Jaume Alsina, Dani Sirera y Blanca Sorigué (por ejemplo, y entre otros además de Joaquim Uriach ) en una de esas no-cenas de gala que arrancan sobre las siete y concluyen cuando no son ni las nueve (los nuevos vernissage ahorran tiempo y canapés a todos). Y lo confirmaron el viernes los activísimos miembros del YEC (Youth Economic Circle) en su Global Summit en formato de cena-cena, de ¡200 cubiertos! del Círculo Ecuestre. Llegados de Londres, Lisboa, Madrid y Barcelona se sentaron junto a Ramon Agenjo, Javier Menor, Jordi Rabat , Luis Sans, David García, Víctor Sarasola, Josep Sanfeliu, Enrique Lacalle, Aurora Catà, Ana González e Ignacio Molins y así hasta 17 mentores que volvieron a abrirse sin reservas para transmitir su experiencia. Su secreto del éxito.
El mensaje quedó claro. Hay que trabajar, trabajar y trabajar. Sin renunciar a la extrañeza, la incomodidad que nos despierta aquello que escapa a lo esperado. En otras palabras, que solo llega quien sabe atreverse cuando comienza y cuando sigue. Es lo que siempre han hecho Carlos Dimas y Benjamín Iborra, los arquitectos de moda que fundaron su estudio Mesura hace ya 16 años, que el miércoles inauguraban el escaparate de Hermès de paseo de Gràcia en pase privado para Nacho Malet, Olivia Watney y Milena Busquets y otros pocos escogidos precisamente con un atrevimiento mayúsculo. Una escalera infinita e hipnótica que no lleva a ningún lado.
Pero la auténtica lección de lo que no llega nunca a ningún lado la ofreció (y ofrece hasta el próximo domingo) Clara Sanchis en el teatro Raval con Una habitación propia .
Es el monólogo brillante con el que nos recuerda que a pesar de tener ya los mínimos exigidos por Virginia Woolf todo sigue igual para nosotras. Lo admitían Vicky Peña, Cristina Fallarás y la propia actriz en el debate posterior al estreno que aireó desigualdades (¡prehistóricas! ¡desde la sombra de los tiempos se nos alimentó con sobras! ¿Por eso somos más bajitas?) que Meta sigue impulsando. Sí. Hoy.
No es broma ni teatro. Pasa. Va en serio.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.