En una autobiografía en la que explicaba cómo logró infiltrarse en los círculos más sórdidos del hampa para rescatar tesoros robados en todo el mundo, el agente del FBI Robert K. Wittman, fundador del departamento de delitos contra el arte, relató la experiencia que había acumulado a lo largo de veinte años persiguiendo ladrones. Una misión trepidante, y peligrosa: las operaciones implicaban maletines repletos de dinero y reuniones de madrugada en habitaciones de hotel con delincuentes que no habrían dudado ni un segundo en pegarle un tiro de haber descubierto que en realidad no era el oscuro coleccionista sin escrúpulos o el autentificador a sueldo de un grupo de mafiosos por los que se hacía pasar. Pero llegó vivo a la jubilación y no solo obtuvo los frutos esperados (salvó de las sombras obras de Rembrant, Goya, Rodin... por valor de cientos de millones de euros), sino que atesoró información valiosísima de un oficio clandestino, el de ladrón de arte. Entre aventura y aventura, deslizaba una serie de consejos útiles a los aspirantes a atracadores de museos. El primero y más relevante: que robar obras maestras de fama mundial es una tarea de imbéciles porque, una vez en su poder, es prácticamente imposible venderlas. “Los ladrones son muy buenos robando, pero pésimos hombres de negocios”, sostenía.
El robo de arte clásico es irracional y pocas veces funciona. Cuando en el 2004 tres individuos entraron con metralletas en el Museo Nacional de Estocolmo y se llevaron dos obras de Renoir y un Rembrandt, todo hacía pensar en un golpe perfecto. Unos cómplices habían hecho estallar dos coches-bomba en las carreteras adyacentes, con lo que cuando pudo llegar la policía, hacía tiempo que ellos habían huido en una lancha rápida. El plan era perfecto y la ejecución, impecable. Pero tardaron cinco años en intentar vender los cuadros y nunca llegaron a obtener dinero por ellos. Los atraparon al ver que el precio que pedían era muy inferior al del valor real.
Tampoco los ladrones que en 2004 se llevaron a plena luz del día El Grito y Madonna del Museo Munch de Oslo supieron qué hacer con ellos y , tras años escondidos en una furgoneta por la que se filtraba el agua, los ofrecieron a la policía a cambio de una disminución de condena. Otros iconos, como la Natividad de Caravaggio, arrancada con un cuter en Palermo, corrieron peor suerte, devorada por ratas y cerdos en el granero donde la dejaron los capos de la Cosa Nostra siciliana.
Los ladrones de arte son muy buenos robando, pero pésimos hombres de negocios
Adam Worth, conocido el Napoleón del crimen, el mayor ladrón del siglo XIX, robó carteras y asaltó bancos y trenes hasta formar un pequeño imperio criminal en Nueva York basado en el engaño. Se coló en la alta sociedad británica y para sentirse uno de ellos y borrar su pasado entró en una galería y se llevó el retrato de la duquesa de Devonshire, de Gainsborough. No podía mostrarlo a las visitas pero viajaba con él en un baúl de doble fondo y durante 25 años durmió bajo su colchón. Lo devolvió a cambio de dinero y dio a luz la leyenda del caballero ladrón.

Ver comentarios 3
Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.