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Cultura Shirin Neshat

“Como Aida, Netrebko y yo sobrevivimos a los ataques de casa y de nuestro exilio”

La artista visual iraní residente en EE.UU. habla con 'La Vanguardia' antes del estreno de 'Aida' en el Liceu

“Como Aida, Netrebko y yo sobrevivimos a los ataques de casa y de nuestro exilio”
Shirin Neshat en el Saló dels Miralls del Liceu Llibert Teixidó
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  • 01La comprometida, valiente y poética Shirin Neshat (Qazvin, 1957) lleva justo treinta años sin pisar Irán.
  • 02La artista visual que dirige el montaje escénico de la  Aida  de Verdi con que este viernes abre la temporada del Liceu, pisó su país por última vez cuando las jóvenes de Teherán recibían la influencia de la MTV por medio de las parabólicas y vestían con chador y piercing.
  • 03Y con la gorra de béisbol encima.  La doble vida de las mujeres en Irán –minifalda en fiestas clandestinas y chador hasta los pies por la calle– ha durado décadas.
  • 04Pero desde la muerte de Mahsa Amini, a la que la policía de la moral encerró en 2022 por llevar mal el pañuelo, la protesta masiva no ha tenido retorno y se ha doblegado el mandato de los ayatolás sobre el cuerpo femenino.  Neshat lo sabe bien.

La comprometida, valiente y poética Shirin Neshat (Qazvin, 1957) lleva justo treinta años sin pisar Irán. La artista visual que dirige el montaje escénico de la Aida de Verdi con que este viernes abre la temporada del Liceu, pisó su país por última vez cuando las jóvenes de Teherán recibían la influencia de la MTV por medio de las parabólicas y vestían con chador y piercing. Y con la gorra de béisbol encima. 

La doble vida de las mujeres en Irán –minifalda en fiestas clandestinas y chador hasta los pies por la calle– ha durado décadas. Pero desde la muerte de Mahsa Amini, a la que la policía de la moral encerró en 2022 por llevar mal el pañuelo, la protesta masiva no ha tenido retorno y se ha doblegado el mandato de los ayatolás sobre el cuerpo femenino. 

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Neshat lo sabe bien. Porque aunque dejó Irán por Estados Unidos a los 17 años, aún en tiempos del sha de Persia, y actualmente reside en Brooklyn, sigue conectada a la comunidad iraní. A ella dedica su trabajo, como esos rostros de mujer con textos persas escritos encima.

Occidente observa Irán a través de sus mujeres y sus ropas.

Esa es una visión superficial, porque a un nivel social y cultural mucho más profundo, la gente en Irán está avanzando en direcciones diferentes. La nación iraní es un país profundamente dividido entre quienes son muy religiosos, quienes son algo fanáticos, quienes apoyan al Gobierno, que, en opinión de mucha gente, no son la mayoría, pero aun así son bastantes, y los iraníes más seculares, que tienen un nivel educativo muy alto. De hecho, ahora tenemos más mujeres estudiando en las universidades que nunca en Irán. Y tienen gran dominio de Internet. Están muy conectadas, han viajado o, aunque no lo hayan hecho, hablan inglés y son capaces de acceder al mundo a través de la red. Culturalmente es un país muy dinámico. Tenemos algunos de los mejores cineastas, escritores, directores de teatro y artistas visuales vivos del mundo. Así que existe un nivel de iraníes seculares y altamente sofisticados que viven de una determinada manera, frente a aquellos que viven completamente en otra época y creen firmemente en aquello en lo que creen.

La belleza siempre es el medio de expresión del horror en este montaje de Aida
La belleza siempre es el medio de expresión del horror en este montaje de AidaOpéra de Paris

 Desde occidente se tiene esa imagen de un país polarizado, dividido entre el pasado y el presente o el futuro, entre el islam y Persia, entre los jóvenes que quieren avanzar y, diría yo, la mayoría de las personas mayores que quieren mantener a Irán anclado en el pasado. Hoy puedes ver desde mujeres cubiertas con el hiyab negro a mujeres con el vientre al descubierto y un piercing en el ombligo. Es asombroso lo que ves por las calles de Teherán. Y este régimen intenta reprimir a quienes quieren avanzar, vivir en el presente, a quienes no quieren hacer una revolución, sino tener algún tipo de moderación, frente a los que de forma ortodoxa buscan proteger a Irán de la occidentalización, etcétera. Pero no creo que sea posible detenerlo. La mayor parte de la comunidad iraní tiene menos de 35 años. Estas personas no van a querer volver a la retórica de la República Islámica de Irán.

Su trabajo no ha consistido en contar la historia de Irán o sus mujeres. En Women of Allah se interesaba en comprender a aquellas que creían en la lucha por Alá. ¿Qué descubrió?

Mi trabajo consiste en plantear muchas preguntas y buscar respuestas. Y esta obra surgió de observar a mujeres que estaban sometidas al fanatismo del islam, a esta retórica de la vida después de la muerte y la idea de la devoción a Dios hasta el punto del autosacrificio, de renunciar al mundo material y someterse a la violencia. Y no me lo inventé yo. De hecho, durante la Revolución Islámica, las mujeres se volvieron militantes y participaron en la revolución y en la guerra con Irak, etc. Estaba ocurriendo: una minoría de mujeres se volvió militante. Así que, para mí, era más bien como un estudio sociológico. ¿Cuál es la mentalidad de las mujeres que, siendo las que dan a luz y nutren la vida, están dispuestas a acabar con ella? Era una cuestión conceptual. 

¿Cuál es la mentalidad de las mujeres que, siendo las que dan a luz y nutren la vida, están dispuestas a acabar con ella?, me preguntaba en 'Women of Allah'

Hay tantas paradojas en torno a ellas, a que sus cuerpos sean ese objeto de deseo y de tentación y todo eso. Y después están sosteniendo un arma. Una mujer cuyo cuerpo y cuya vida están definidos por estas fuerzas de poder ejercidas por los hombres, ¿se somete a algo que, de nuevo, ha sido creado por los hombres? Esas fotografías consistían en subrayar esas paradojas. Pero mucha gente interpretó aquella obra como si yo estuviera respaldando el fundamentalismo o el fanatismo, o incluso apoyando a la República Islámica de Irán. Mientras que el Gobierno de Irán consideró que estaba siendo crítica con ellos. Así que me metí en un buen lío. Pero esas fotografías siguen vigentes y se refieren a cualquier religión, judaísmo, cristianismo, zoroastrismo... Esa brutalidad está arraigadas en sus ideologías.

Lleva ya nueve años trabajando en la Aida de Verdi desde que estrenó en Salzburg. ¿Aún ve en esta ópera una grotesca glorificación de la guerra o ha descubierto al Verdi que se ríe de todo ello?

Superficialmente, podría ser muy crítica y decir que esta representación de las culturas no occidentales, es decir, Egipto y Etiopía, como meros salvajes, es grotesca. Pero si estudias a los expertos en Verdi, explican que estaba siendo muy subversivo, que, en cierto modo, se estaba burlando de los europeos. Y, de hecho, Egipto era Europa, y este juego entre Occidente y Oriente era completamente intencionado. Y yo me lo creo. Creo que se estaba burlando de la dinámica de poder entre esos grupos: el fanatismo de la Iglesia y la realeza, la dictadura, ya sabes... Y eso está ocurriendo hoy más que nunca.

El coro de 'Aida es como el grito de nuestro tiempo. No se me ocurre otra ópera que sea más actual y relevante para nuestra época”

Está hablando de Trump y Putin, de Netanyahu...

Y de la República Islámica de Irán, de la religión del islam.  Nosotros somos la humanidad atrapada en medio de este juego de poder. Eso es lo que hace que Verdi sea tan poderoso, no solo por su libreto y por la manera en que representa estos tres cuerpos diferentes, sino también musicalmente. Pasas a estas arias íntimas, bellas, melancólicas, tiernas, tristes, de Amneris, Aida, Radamés. Después pasas a esta música orquestal, al sonido de la guerra, y luego al coro: es tierno, pero al mismo tiempo perturbador, oscuro y aterrador. Y es como el grito de nuestro tiempo. No se me ocurre otra ópera que sea más actual y relevante para nuestra época. Porque yo, por ejemplo, soy como Aida, que vivía en Egipto y cuyo país estaba atacando a su propio país, y ella vivía en el exilio. Irónicamente, yo vivo en Estados Unidos, que está invadiendo mi país. Y toda mi familia vive en Irán. Y el horror de presenciar en directo cómo el país en el que vivo, con el dinero que pago en impuestos, mata a ciudadanos iraníes y destruye nuestra antiquísima y bellísima cultura es devastador, por decirlo suavemente. 

Por muy en contra de la República Islámica que esté y de lo que ha hecho a su propio pueblo, estoy orgullosa de mi Gobierno por defender Irán e impedir que esos dos villanos lo invadieran”

Y tengo que decir que, por muy en contra de la República Islámica de Irán que esté y de lo que ha hecho a su propio pueblo, estoy orgullosa de ellos por defender Irán. Y estoy hablando de que hay una diferencia entre Irán y el Gobierno, ¿entiendes? Quiero que alguien proteja Irán, porque es un país rico, como has podido comprobar. Y no quiero que ningún país, como Estados Unidos o Israel, en nombre de los derechos humanos –lo cual es absolutamente falso– venga a dividir Irán o a crear una guerra civil o a desestabilizar a los iraníes, como hicieron en Siria, Irak y Libia. Era una guerra innecesaria. Y yo soy antibélica. La guerra nunca trae la paz bajo ninguna circunstancia. Así que yo digo: de acuerdo, estoy orgullosa de mi Gobierno. Se han mostrado como una superpotencia en Oriente Medio. Estoy orgullosa de ellos por haber impedido que estos dos países, estos dos villanos, invadieran Irán. Pero nuestra lucha en Irán no ha terminado. 

Shirin Neshat, retratada en el Gran Teatre del Liceu
Shirin Neshat, retratada en el Gran Teatre del LiceuLlibert Teixidó

Hay muchísima gente que está siendo ejecutada y que fue detenida durante las protestas de enero, muchos, muchos jóvenes inocentes que salieron a las calles están siendo ejecutados, mujeres y hombres. Esto es imperdonable. Es devastador. Y hemos vuelto a una situación muy represiva. Sí, las mujeres tienen más libertad para vestir como quieren. Eso es a un nivel superficial. Pero nuestra economía es desastrosa. Estamos siendo sancionados desde el exterior, no conseguimos medicamentos, la gente no puede comprar comida. El pueblo iraní está atrapado dentro, y el mundo exterior los está tratando mal. Y mi corazón está con el pueblo de Irán que sí quiere ver un cambio.

Se fue de Irán con 17 años, antes de la revolución islámica de 1979. Y fue regresando a su país hasta que en 1996 detuvo las visitas.

En aquel momento yo todavía no era muy conocida. Y había otra mujer con mi nombre y mi mismo año de nacimiento cuyo padre fue ejecutado por ser un general de alto rango del sha. En el aeropuerto me confundieron y tuve una experiencia terrible de interrogatorio y estuve a punto de no poder salir. Pero, tarde o temprano, cuando mi nombre empezó a ser conocido, me incluyeron en una lista negra. El Gobierno, por ejemplo, con Women of Allah, pensó que estaba siendo crítica con ellos. Y mi obra nunca ha podido mostrarse en Irán. Muchos iraníes todavía creen que yo soy la otra Shirin Neshat, cuyo padre fue ejecutado.

Antes de dejar Irán, siendo adolescente, se cocía la Revolución.

Viví durante una época en la que había una especie de movimiento clandestino a favor de la Revolución iraní. Yo diría que mi generación, o la generación ligeramente anterior, fue responsable de ella. Nosotros vivíamos en una ciudad pequeña, una pequeña ciudad religiosa. Y en aquella época muchas familias se apresuraban a enviar a sus hijos al extranjero para estudiar porque no había muchas universidades. Mi padre, médico y un gran intelectual, muy culto y viajado, creía en la educación. Y no solo para los chicos, sino también para las chicas. Y nos envió a todos al extranjero. Pero ellos regresaron justo antes de la revolución. Y yo no quería irme ni quedarme fuera, pero mi padre me envió. Y sufrí durante los primeros diez años. Primero porque no quería estar en Estados Unidos. Y después de la revolución, quería volver, pero no había manera. Pasé once años de separación entre mi familia y yo. Fueron los años más difíciles de mi vida, porque prácticamente no había contacto: ni por teléfono ni por correo. Y yo era joven, tenía 20 años, más o menos. Caí en una depresión. Sufrí ansiedad. Y en Estados Unidos había un sentimiento antiraní, especialmente en la universidad. Y empecé a sufrir muchos ataques de pánico. No tenía dinero, apenas me iba bien en los estudios. Estaba muy aislada, alienada hasta que a mediados de los ochenta me mudé de Los Angeles a Nueva York. Y volví a mí país por primera vez desde la revolución a Irán en 1993.

¿Por qué fueron a Los Ángeles?

Hay la mayor comunidad iraní. Para los iraníes, es la imagen de una utopía: tiempo siempre soleado, todo el mundo es guapo, rubio, lleva buenos zapatos, buenos coches, tiene casas bonitas... Como en las películas de Hollywood. Pero cuando llegas y no tienes dinero... yo acabé viviendo en unos apartamentos horribles junto a las autopistas. Yo, que amaba nuestra casa, con el jardín, y a mis amigos y a mi familia. Y entonces Nueva York fue diferente en ese sentido. Yo tenía 26 o 27 y Nueva York fue como abrirme los ojos. Llegué en los años ochenta, cuando había una intensa vida bohemia en los ambientes underground. Llegué al Downtown. Era la época de Andy Warhol, de los grafitis, de Madonna. Inmediatamente conocí a gente del mundo del arte. Tenía un novio que era artista del grafiti. Me encontré con Andy Warhol, siempre estaba cerca de él, me encontré con Jean-Michel Basquiat, Keith Haring y Kenny Scharf. 

Yo tenía 26 o 27 y Nueva York me abrió los ojos. Era la época de Andy Warhol, de los grafitis, de Madonna. Conocí a gente del mundo del arte y encontré mi propia voz”

Yo nunca había florecido en el mundo del arte. Pero entonces mis ojos empezaron a abrirse al arte. Y, por pura casualidad, me encontré justo en el centro de la bohemia. Pasé de ser una pequeña y vulnerable mujer iraní, sola, a encontrarme en el centro del mundo artístico de Nueva York. Fue la primera vez que pensé en el arte de una manera completamente diferente, como algo que tenía un impacto. Y fue allí donde encontré mi propia voz. Encontré mi obra característica, mi lenguaje artístico. Y volví a Irán, ya con mi hijo: una experiencia realmente traumática. Ellos habían pasado por la guerra con Irak. Habían pasado por la revolución. Y quise hacer un arte que comunique lo que estaba viendo allí. Poco a poco, empecé a fotografiarme a mí misma. Le pedí a un fotógrafo que me fotografiara. Y después, poco a poco, inspirándome en parte en el arte islámico y persa clásico (mi casa en Irán, las alfombras, los techos, todo estaba siempre impregnado de textos), empecé a experimentar con textos sobre el cuerpo. La gente empezó a decir: “Me gustaría ver tu trabajo”. Y al mostrarlo en Venecia en 1999 fue una explosión. Luego hice vídeos. Dejé a mi marido, que era coreano, conocí a mi actual marido, que era cantante iraní, y todo mi mundo se expandió artísticamente. Y mi vida artística y mi vida personal se volvieron inseparables. Siempre estaba con iraníes/neoyorquinos. Era como si tuviera mi propio grupo: el compositor, el diseñador de producción, el cámara, mi marido, que era el cantante y colaborador. Y creamos un grupo.

Así que la música estaba ahí, era importante.

Muchísimo. Hicimos varias obras y viajamos a Marruecos, Turquía, Egipto, México y a todas partes.

La ópera consiste en mezclar cosas. Y puede existir en cualquier lugar. En Occidente o cualquier otro lugar.

Bueno, tardé nueve años en descubrirlo. Aida es un cuadro tras otro y una película tras otra. Y la historia se va desvelando, no solo sobre el escenario, sino a través de la imagen, con la ayuda de la música. Por eso me encanta la ópera, porque también es una expresión pura de la emoción. Tengo muchísimo respeto por la ópera. Y tuve que recordar que yo pasé de la fotografía al vídeo. Del vídeo hice tres largometrajes. Así que, si alguien puede asumir riesgos, soy yo. Y siento que ahora he encontrado mi pequeño espacio dentro de la ópera, porque mis óperas no serán para todo el mundo. Pero siempre será política. Siempre será bella y poética. Y tendrá un cuchillo afilado. Y siempre habrá una mujer que será la heroína.

¿Cómo ha sido la relación con Anna Netrebko? Ya fue su Aida en Salzburg y ahora lo es en el Liceu.

Sinceramente, le tenía miedo. En 2017, la primera vez, yo era muy tímida. Nuestro director de orquesta era Riccardo Muti. Así que me sentía como si no fuera nadie. Para mi sorpresa, conectamos Anna y yo. Porque estuvo de acuerdo con la manera en que había hecho que Aida fuera una mujer más sencilla, menos gloriosa, menos elegante y sofisticada, menos una princesa y más una humilde esclava. Y entendió que esta era una ópera antibélica. Y creo que expresó las emociones. Y si alguien la critica por no apoyar lo suficiente o por no ser suficientemente antibélica, que le reconozca al menos lo que muestra en el acto tercero, cuando llora profundamente sobre los cadáveres de los muertos. Anna está llena de humanidad, llena de dolor y llena de emocione. Y le pasa lo que a mí, que tengo que ser cuidadosa con lo que digo sobre Irán, porque mi familia vive allí. “Por favor, ¿podrías no meternos en problemas mientras tú estás teniendo éxito?”, me dicen. 

Anna está llena de humanidad, llena de dolor y emociones. Y le pasa lo que a mí, que tengo que ser cuidadosa con lo que digo sobre Irán, porque mi familia vive allí”

Entiendo cuando un artista tiene que trazar una línea entre su imagen pública y su trabajo como artista. Sé que a Anna la han cancelado, igual que me han cancelado a mí. Ha sido un objetivo de ataques, igual que yo he sido un objetivo de ataques. Creo que eso es algo que tenemos en común. Y es una ironía enorme estar trabajando juntas en Aida, una Aida que también está alienada, en el exilio y siempre atacada por diferentes grupos. Somos supervivientes de ataques de nuestra propia gente, de gente de fuera, de occidentales, de orientales. Y, mientras tanto, lo único que queremos es hacer el mejor arte que podamos. Esa es la verdad. No puedo ni explicarte que, cuando he tenido exposiciones, había gente que amenazaba a la galería con quemarla porque estaban mostrando mi trabajo. Había gente protestando afuera. Tenían que traer a la policía para protegerme. Tuve que tener guardaespaldas. En las redes sociales decían las peores cosas sobre mí. ¿Por qué? Porque yo no decía explícitamente lo que ellos querían que dijera. Y con Anna pasa lo mismo. Así que aprecio que haya elegido guardar silencio. No tengo ningún problema con eso.

¿Tiene miedo en este momento, en la América de Trump?

Por primera vez desde que estoy en Estados Unidos, que es más tiempo del que he vivido en mi propio país, tengo un poco de miedo. Vivo en un lugar donde toda la comunidad es inmigrante, todos son hispanos, y hay agentes del ICE por todas partes. Y siento que necesito llevar mi identificación encima, porque tengo aspecto de hispana. Y el control a iraníes no es el de hace cinco años. Hay discriminación, hay racismo. Y resulta que vivo en un lugar donde el 99,9 % son inmigrantes. Me encanta. Me encanta. Es un lugar maravilloso. Nadie habla inglés. Nunca viviría en ningún otro sitio. Pero, por primera vez, tengo un poco de miedo.

Maricel Chavarría
Maricel Chavarría
Cultura

Es redactora de La Vanguardia desde 1989, responsable en los últimos años de las áreas de ópera, danza y música clásica para la sección de Cultura. Anteriormente se especializó en temas de igualdad entre sexos y solidaridad. Ha publicado series sobre la prostitución y la evolución de las costumbres sexuales. Nacida en 1967 en Tortosa, en la comarca del Baix Ebre, es licenciada en Periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona y en fotoperiodismo por el International Center of Photography de Nueva York

Ver comentarios 3
Las normas de la comunidad aplican.
ML
Marta L.Suscriptorhace 12 min

Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.

JP
Joan P.Suscriptorhace 28 min

Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.

RV
Roberto V.hace 1 h

Excelente trabajo de la redacción, como siempre.