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Cultura Exposición en Londres

Renoir y la alegría del amor detrás de los matorrales

La National Gallery de Londres libera al impresionista de su reputación de pintor kitsch y sentimental y lo sitúa como el gran retratista de las relaciones modernas

Renoir y la alegría del amor detrás de los matorrales
‘El paseo” de Renoir, del del Museo Getty de Los Ángeles Nicky J. Sims / Getty
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  • 01Que mala suerte la del pobre Renoir (1841-1919), el más popular de los impresionistas, cuya obra no solo ha sido reiteradamente denigrada, ridiculizada y objeto de protestas (en 2015, un grupo autodenominado Renoir Sucks at Paint organizó una protesta frente al Museo de Bellas Artes de Boston y el Met de Nueva York, “Dios odia a Renoir”, gritaban, al tiempo que exigían que descolgaran sus cuadros), sino que entre sus filas de admiradores militan patanes de última hora como Donald Trump, a quien le gusta fanfarronear de viajar en su jet privado con una copia de  En la terraza (dos hermanas)  que quiere hacer pasar por original.
  • 02Con todo, no es esa la causa de su mala reputación, sino su gusto por lo kitsch y lo cursi, el pecado de un pintor sentimental que puede llegar a lo empalagoso, ideal para las tapas de las cajas de bombones.
  • 03Pero Renoir fue un gran pintor (Picasso y Matisse se ponían de rodillas ante él) y, como muestra la deslumbrante exposición que le dedica la National Gallery de Londres,  Renoir y el amor, el que mejor retrató las relaciones íntimas y sociales de la sociedad de su tiempo, la amistad, el coqueteo, la familia, el amor y el sexo.
  • 04Nunca la pintó de manera explícita, pero la pasión carnal está siempre a punto de estallar, como la pareja de  El paseo, del Museo Getty de Los Ángeles, que se adentra entre unos matorrales no precisamente para coger fresas.  “Es una exposición tremendamente alegre”, señala Gabriele Finaldi, el director del museo de Trafalgar Square, que antes de su apertura de puertas ha vendido ya 32.000 entradas, superando las cifras de preventa de otros pesos pesados como Van Gogh. “Las buenas pinturas también pueden ser pinturas felices”, defiende, y adelanta: “Es una exhibición para disfrutar.

Que mala suerte la del pobre Renoir (1841-1919), el más popular de los impresionistas, cuya obra no solo ha sido reiteradamente denigrada, ridiculizada y objeto de protestas (en 2015, un grupo autodenominado Renoir Sucks at Paint organizó una protesta frente al Museo de Bellas Artes de Boston y el Met de Nueva York, “Dios odia a Renoir”, gritaban, al tiempo que exigían que descolgaran sus cuadros), sino que entre sus filas de admiradores militan patanes de última hora como Donald Trump, a quien le gusta fanfarronear de viajar en su jet privado con una copia de En la terraza (dos hermanas) que quiere hacer pasar por original. Con todo, no es esa la causa de su mala reputación, sino su gusto por lo kitsch y lo cursi, el pecado de un pintor sentimental que puede llegar a lo empalagoso, ideal para las tapas de las cajas de bombones.

'Un palco en el teatro', de Renoir, Clark Art Institute, Williamstown.'Un palco en el teatro', de Renoir, Clark Art Institute, Williamstown 
'Un palco en el teatro', de Renoir, Clark Art Institute, Williamstown.'Un palco en el teatro', de Renoir, Clark Art Institute, Williamstown EFE

Pero Renoir fue un gran pintor (Picasso y Matisse se ponían de rodillas ante él) y, como muestra la deslumbrante exposición que le dedica la National Gallery de Londres, Renoir y el amor, el que mejor retrató las relaciones íntimas y sociales de la sociedad de su tiempo, la amistad, el coqueteo, la familia, el amor y el sexo. Nunca la pintó de manera explícita, pero la pasión carnal está siempre a punto de estallar, como la pareja de El paseo, del Museo Getty de Los Ángeles, que se adentra entre unos matorrales no precisamente para coger fresas.

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 “Es una exposición tremendamente alegre”, señala Gabriele Finaldi, el director del museo de Trafalgar Square, que antes de su apertura de puertas ha vendido ya 32.000 entradas, superando las cifras de preventa de otros pesos pesados como Van Gogh. “Las buenas pinturas también pueden ser pinturas felices”, defiende, y adelanta: “Es una exhibición para disfrutar. Tienes todo el derecho de disfrutarla. Debes sentirte libre de disfrutarla”, insiste, a modo de invitación para que dejemos los prejuicios fuera.

“Creemos conocerlo porque lo vemos en la sala del dentista, pero su calidad pictórica es impresionante”

Nada que temer. Aquí no ha sido invitado el viejo Renoir, las manos agarrotadas por la artritis, luchando por seguir pintando (lo hacía con pinceles atados a las muñecas) “mujeres enormemente gordas, rojas y de cabezas muy pequeñas”, como se refirió a ellas la pintora norteamericana Mary Cassatt. “Hay una determinada pintura de Renoir que es demasiado dulce, empalagosa, casi como una caricatura del impresionismo. Hay artistas que pintan demasiado, pero creo que la fase inicial de Renoir, la de esta exposición, tiene mucha originalidad y mucha fuerza”, valora Finaldi.

Dos escenas de baile en las colecciones del Museo d'Orsay de París y Museo de Bellas Artes de Boston
Dos escenas de baile en las colecciones del Museo d'Orsay de París y Museo de Bellas Artes de BostonEfe

La de Londres es la segunda etapa de Renoir y el amor tras su paso por el Musée d’Orsay de París y camino del Fine Arts de Boston. La muestra reúne 45 obras correspondientes a sus primeros veinte años de carrera, y hace justicia a un artista que no solo fue una de las figuras más fascinantes del impresionismo, sino también el pintor de la vida moderna y la felicidad popular. “Creemos conocerlo porque podemos encontrarlo en la sala de espera del dentista o en casa de nuestra abuela, lo vemos reproducido por todas partes. Pero, en realidad, su calidad pictórica es absolutamente impresionante”, afirma Chiara Di Stefano, comisaria de la exposición junto a Christopher Riopelle, ambos conservadores del museo londinense.

'Los paraguas', en la colección de la National Gallery 
'Los paraguas', en la colección de la National Gallery EFE

A diferencia de la mayoría de sus contemporáneos nacidos en la burguesía, Renoir provenía de orígenes humildes. Su padre era sastre y su madre costurera. Y él mismo entró como aprendiz a los 13 años en una fábrica de porcelana, donde decoraba las piezas. Renoir se había criado en un barrio obrero y conocía de cerca la pobreza de las familias de Montmartre. “Quizás fue esa capacidad de empatizar con el sufrimiento ajeno lo que motivó su negativa a abordar temas dolorosos y emociones negativas”, señala Paul Perrin, director de la conservación y de las colecciones del Museo de Orsay. Recupera la tradición de las fiestas galantes , pero sus protagonistas ya no son aristócratas sino las clases populares.

Renoir celebra los placeres de la vida, los picnics (botellas de vino vacío sobre la mesa, el cigarrillo que se enciende gozoso tras un placentero almuerzo), los bailes al aire libre, paseos en barca o por el parque, la charla de los amantes antes de perderse entre la multitud.... Es una época de amor, de juventud y de desenfreno. Y el pintor celebra el momento. Pero aquí no hay gente embriagada ni prostitutas (o sí, pero no las delata ni emite juicios morales y es habitual también la presencia de grenouilles , mujeres jóvenes que cambiaban de pareja con facilidad), pero en cambio nadie mejor captó la felicidad de los momentos compartidos. “Sé perfectamente –escribió– que es difícil convencer a la gente de que un cuadro puede ser verdaderamente grandioso sin dejar de ser alegre (...). Pero ya hay suficientes problemas en la vida como para que creemos más”.

La bisnieta del pintor, Megan Renoir, posa ante 'Baile en el Moulin de la Galette', una de sus obras maestras
La bisnieta del pintor, Megan Renoir, posa ante 'Baile en el Moulin de la Galette', una de sus obras maestrasEFE

“A primera vista vemos escenas luminosas de gente bebiendo, bailando, conversando, pero Renoir se tomaba esto muy en serio, pues para él era la verdadera manera de construir sociedad y unir a las personas”, opina Perrin, quien pone como ejemplo el cuadro estrella de la exposición, Baile en el Moulin de la Galette , una multitud disfrutando de la compañía mutua en el mismo escenario donde cinco años antes una masacre había puesto fin a la Comuna de París. “Él no fue un pintor político, pero este cuadro lo es”, concluye, “porque en el fondo habla de la resiliencia del pueblo de París”.

Teresa Sesé
Teresa Sesé
Cultura

Forma parte de la redacción de La Vanguardia · Londres. Enviada especial.

Ver comentarios 3
Las normas de la comunidad aplican.
ML
Marta L.Suscriptorhace 12 min

Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.

JP
Joan P.Suscriptorhace 28 min

Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.

RV
Roberto V.hace 1 h

Excelente trabajo de la redacción, como siempre.