01Norman Foster, posible el arquitecto moderno más famoso del mundo, ha vuelto a Bilbao cuarenta años después de que diseñara las estaciones y entradas del metro impulsando la modernidad de la ciudad antes incluso de la llegada del Guggenheim.
02Pero si entonces su experiencia se desarrolló bajo tierra, ahora lo ha hecho prácticamente en el cielo, coronando el Bellas Artes con una audaz intervención que dota al museo de 6.000 metros cuadrados, una sala de exposición que en su opinión es “la más bella que existe en un museo europeo” y un atrio que introduce el parque de Doña Casilda y lo convierte en una suerte de “corazón social”.
03Foster, que preserva la jovialidad pese a sus 91 años ya cumplidos, ha paseado este domingo por el museo acompañado de su esposa Elena Ochoa, que junto a sus hijos Paola y Eduardo, ha donado una escultura de Anselm Kiefer (  Sappho , una oda a los libros) y dos monumentales piezas de acero oxidado de Anthony Caro (hay una tercera, cedida por Plácido Arango) que ya habitan en las terrazas superiores con vistas verdes al monte Artxanda.
04Se trata del primer proyecto museístico del arquitecto británico en España -actualmente trabaja también en la rehabilitación del Salón de Reinos, del Museo del Prado- y este domingo ha recordado que crear esta galería que parece flotar en el airee ha sido “una lucha verdaderamente heroica”.
Norman Foster, posible el arquitecto moderno más famoso del mundo, ha vuelto a Bilbao cuarenta años después de que diseñara las estaciones y entradas del metro impulsando la modernidad de la ciudad antes incluso de la llegada del Guggenheim. Pero si entonces su experiencia se desarrolló bajo tierra, ahora lo ha hecho prácticamente en el cielo, coronando el Bellas Artes con una audaz intervención que dota al museo de 6.000 metros cuadrados, una sala de exposición que en su opinión es “la más bella que existe en un museo europeo” y un atrio que introduce el parque de Doña Casilda y lo convierte en una suerte de “corazón social”.
Foster, que preserva la jovialidad pese a sus 91 años ya cumplidos, ha paseado este domingo por el museo acompañado de su esposa Elena Ochoa, que junto a sus hijos Paola y Eduardo, ha donado una escultura de Anselm Kiefer ( Sappho , una oda a los libros) y dos monumentales piezas de acero oxidado de Anthony Caro (hay una tercera, cedida por Plácido Arango) que ya habitan en las terrazas superiores con vistas verdes al monte Artxanda. Se trata del primer proyecto museístico del arquitecto británico en España -actualmente trabaja también en la rehabilitación del Salón de Reinos, del Museo del Prado- y este domingo ha recordado que crear esta galería que parece flotar en el airee ha sido “una lucha verdaderamente heroica”. La primera premisa fue preservar los edificios existentes, “que ya forman parte del patrimonio y de la historia. Y construir de forma sostenible significa respetar la inversión realizada en esos edificios y reciclarlos en lugar de demolerlos”.
Elena Ochoa y Norman Foster, a su llegada al museo Efe
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Y, por otra parte, “nos prometimos resistir la tentación de construir bajo tierra. ¿Por qué? Porque es más caro, más arriesgado, más perturbador y oscuro. Y un museo trata sobre la luz solar, sobre la luz natural —que obviamente se puede controlar hasta llegar a la oscuridad total”. “Así que -prosigue-, si tienes todas estas ambiciones, ¿hacia dónde te diriges? ¿A dónde te llevan? Obviamente, solo hay una dirección: hacia arriba, hacia el cielo, para captar el cielo. ¿Podría construirse un edificio sobre las estructuras existentes —sin tocarlas, pero conectándolas— y transformar ese patio abierto en un espacio cerrado y contenido, el corazón social del museo?”. La visión siempre es utópica, dijo, pero la misión del arquitecto es enraizarla en la realidad, en este caso con la ayuda estimulante de “misión imposible Zugaza”, en alusión al director del museo, a quien le agradeció habérselo puesto “tan difícil”. El coste total ha sido de 46 millones de euros “y ahora estamos aquí para celebrar la nueva vida de un edificio, porque todos los edificios tienen alma”.
Terraza de la nueva galería, 'Agravitas', suspendida, sin tocarlos, sobre los edificios existentes, con una de las esculturas de Anthony Caro Efe/Luis Tejido
La nueva galería del museo, bautizada como Agravitas, sobrevuela literalmente los edificios existentes, sin tocarlos, como si estuviera flotando a 55 metros de altura. Tiene la forma de un gran puente blanco que se asoma a la ciudad y deja que la ciudad entre dentro. “Lo más increíble del proyecto de Foster y de Luis María Uriarte [su socio vasco en el proyecto] es que han concebido un nuevo edificio en alto sin discutir ni un metro cuadrado de lo ya existente, lo cual es de un respeto bastante imponente”, señalaba horas antes Miguel Zugaza, que se formó en el museo como visitante ya de adolescente y luego lo ha dirigido en dos etapas (de 1996 y 2002, y a partir de 2017) interrumpidos por sus quince años al frente del Prado. Está feliz. Es el hombre que mejor lo conoce y el responsable de que, finalmente, el museo que ya era faro cultural de la ciudad desde antes de la existencia del Guggenheim, haya podido dar este salto de gigante.
Óculo de seis metros de diámetro que conecta las nuevas galerías y el atrio EFE/Luis Tejido
La nueva construcción añade dos nuevas alturas, aumentando en más del doble la superficie de los edificios originales e incorporando en las alturas 2.300 metros cuadrados de espacio expositivo que se comunica con el atrio -la otra joya de la ampliación- a través de un gigantesco óculo de seis metros de diámetro bajo el que tintinea el sonido del agua de la escultura-fuente de Francisco Durrio al compositor Arriaga. Una obra emblemática que estaba en el exterior y que ahora se integra dentro del museo gracias al cerramiento de la plaza con un gran muro de cristal.
Junto a ella, esculturas de Chillida ( Lugar de encuentro y Homenajee a Calder), una vidriera de Pablo Palazuelo, los contundentes bloques de acero Bilbao de Richard Serra o la celosía de Cristina Iglesias. Ambas pertenecen a la colección del empresario Plácido Arango, fallecido en el 2020, a quien en esta primera etapa el museo rinde homenaje con una exposición que reúne obras de Frida Khalo o Miró con otras llegadas del Prado o el Metropólitan de Nueva York. También la coleccionista Patricia Phelps de Cisneros tiene su exposición, en este caso, en torno a los artistas europeos que cruzaron el Atlántico hacia el nuevo continente.
El Museo de Bellas Artes, con la galería que sobrevuela el viejo edificio, y la nueva escultura de Kiefer donada por los Foster EFE
La planta superior acoge BBKmuseoa, galería diáfana de 1.500 metros cuadrados para exposiciones temporales (actualmente con obras de gran formato de June Crespo, Jon Mikel Euba o Sergio Prego) y la inferior, con una colección permanente de Diseño y Arquitectura, además de espacios educativos y una deliciosa sala 13 (son 13 los espacios expositivos) dedicada a Jorge Oteiza bajo el lema Ez dok amairu (No hay trece) como bautizó el escultor al movimiento de vanguardia surgido en los años sesenta.
Teresa Sesé
Cultura
Forma parte de la redacción de La Vanguardia · Bilbao.
Ver comentarios 3
Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.