01Quizá uno de los muchos momentos definitorios de la excepcional muestra que el Metropolitan de Nueva York dedica desde este domingo a Jackson Pollock y a Lee Krasner, su mujer, es la sala que recrea el tamaño de sus respectivos estudios.
02Mudados en noviembre de 1945 a la población rural de Springs, a 170 kilómetros de Nueva York, para evitar la facilidad con la que Pollock caía en el alcoholismo en la Gran Manzana, Lee Krasner, la más famosa de los dos cuando se conocieron en 1942 en una exposición colectiva, tomó una habitación en el piso superior de la casa, mientras que Pollock, una vez arreglado, se quedó con el mucho más espacioso granero.
03Allí pudo llevar a cabo su particular revolución pictórica, colocando los enormes lienzos en el suelo y caminando alrededor de ellos para pintarlos vertiendo (  pouring  ) o goteando (  dripping  ) pintura sobre ellos, muchas veces sin llegar a tocarlos –aunque también imprimiendo a veces sus manos o sus pisadas– y creando interminables líneas y manchas, enteros universos espaciales que reimaginaron lo que podía ser la pintura.
04Paralelamente, Krasner realizó una pintura evidentemente cercana aunque de tamaño mucho menor, a veces como si fuera la ampliación, el detalle, de fragmentos de los cuadros de él.
Quizá uno de los muchos momentos definitorios de la excepcional muestra que el Metropolitan de Nueva York dedica desde este domingo a Jackson Pollock y a Lee Krasner, su mujer, es la sala que recrea el tamaño de sus respectivos estudios. Mudados en noviembre de 1945 a la población rural de Springs, a 170 kilómetros de Nueva York, para evitar la facilidad con la que Pollock caía en el alcoholismo en la Gran Manzana, Lee Krasner, la más famosa de los dos cuando se conocieron en 1942 en una exposición colectiva, tomó una habitación en el piso superior de la casa, mientras que Pollock, una vez arreglado, se quedó con el mucho más espacioso granero.
Allí pudo llevar a cabo su particular revolución pictórica, colocando los enormes lienzos en el suelo y caminando alrededor de ellos para pintarlos vertiendo ( pouring ) o goteando ( dripping ) pintura sobre ellos, muchas veces sin llegar a tocarlos –aunque también imprimiendo a veces sus manos o sus pisadas– y creando interminables líneas y manchas, enteros universos espaciales que reimaginaron lo que podía ser la pintura.
Paralelamente, Krasner realizó una pintura evidentemente cercana aunque de tamaño mucho menor, a veces como si fuera la ampliación, el detalle, de fragmentos de los cuadros de él. Lo micro de lo macro. Una pintura también pionera del expresionismo abstracto bella y vibrante, pero con un orden interno mucho más evidente frente a la desatada explosión gestual de su marido. Pollock y Krasner solo visitaban sus estudios en la casa de Springs por invitación del otro. En una de las visitas Pollock se atrevió a preguntarle: “¿Esto es pintura?”. Poco después, en 1949, la revista Life le proclamaría el pintor vivo más importante de EE.UU.
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Ella era la más famosa al conocerle, pero le cuidó en una relación marcada por el alcohol y la infidelidad
Vivo por poco tiempo. El 11 de agosto de 1956, notablemente bebido, estrellaría su coche cerca de casa en un accidente en el que también moriría una de las dos pasajeras, Edith Metzger. La otra, Ruth Kligman, con la que desde hacía meses Pollock tenía una aventura –y que años más tarde sería pareja de otro de los grandes del expresionismo abstracto– se salvó al salir despedida.
Krasner, que entonces visitaba a unos amigos en París, tuvo que regresar precipitadamente en medio de un mar de condolencias de las que la muestra exhibe numerosas cartas y telegramas, desde Rothko a galeristas como Leo Castelli e Ileana Sonnabend. En ese momento Pollock, de 44 años, apenas pintaba ya dos cuadros al año y Lee Krasner sufría por sus infidelidades, su depresión y su alcoholismo.
Pero justo en esos años de la década de los 50 en los que su vida común se hundía, sus pinturas, en un giro más orgánico, se habían acercado más que nunca.
Una de esas obras, del fatal 1956, es Profecía , de Krasner, con un salto a una figuración de formas carnales, crudas, quizá heridas, que a la pintora le perturba y le asusta. Pollock le dice que siga ese camino. Estará aún en el caballete cuando entierre a su marido y dirá que parecía predestinada, “un elemento del inconsciente, como quien da luz a un sueño”. Justamente el potencial creativo de la mente inconsciente era una idea clave para Pollock.
Quizá otro de los momentos impactantes de la muestra, una exposición gigante, espectacular, con unos 120 cuadros –préstamos de 80 instituciones y colecciones particulares de medio mundo–, muchos de formato enorme, más dibujos y documentos, llega tras la muerte del pintor. Porque Krasner y Pollock. Pasado continuo aborda al completo las carreras de ambos.
Desde unos inicios en los que a ella le influyen Joan Miró, De Chirico, Mondrian –quien le dijo que tenía “un poderoso ritmo interior”–, y a él los muralistas mexicanos, sobre todo Orozco, el arte indígena norteamericano y por supuesto un Picasso –como a Krasner– cuyas estrategias quería absorber y sobrepasar: “¡Maldita sea, a este hombre no se le escapó nada!”, dijo una vez.
Pollock y Krasner solo visitaban sus estudios en la casa de Springs por invitación del otro
Sorprende ver en la muestra tanto las pinturas iniciales, mezcla de cubismo y de Mondrian o de Miró y De Chirico, de Krasner como las mitológicas de él, influidas por el muralismo más carnal y los símbolos indios, con cuerpos desnudos contorsionados o un todopoderoso ojo –le fascinaban como símbolo del inconsciente– sobre un expresionista e inquietante nido. Pinturas que aventuran su propia contorsión interior.
El cruce de sus caminos le beneficiará a él y la bloqueará a ella, que ejercerá como su publicista, interlocutora y cuidadora de una pareja atormentada.
No serán pocos los cuadros que ella destruya y recicle mientras la carrera de él explota, en un diálogo continuo milimetrado en las salas, con cuadros de una y de otro que reverberan sin cesar. Hasta que él desaparece.
Es el momento en el que la pintura de ella se libera, desaparecen los trazos negros, el color lo toma todo, hay fertilidad, vida, erotismo, en unas imágenes sinuosas, como en Las estaciones , que beben de su pasión por Matisse. Cuadros, por fin, ahora sí, gigantes: ha ocupado el granero. Pero el duelo opera de muchas maneras distintas y a inicios de los sesenta, y tras la muerte también de su madre, por un periodo vuelve al gesto y a una escueta paleta y, por momentos, sus cuadros parecen los de Pollock. Con títulos como Estampida polar .
Por suerte, el duelo se acaba y vuelve al color. Poéticamente, la última sala muestra cómo ella recicla al final un trabajo cubista de su juventud y uno de los últimos cuadros de él, Retrato y un sueño (1953), con una abstracción junto a una cara que recuerda un autorretrato de los años treinta. Las obras de dos creadores que mantuvieron el tiempo suspendido.
Justo Barranco
Periodista
Forma parte de la redacción de La Vanguardia · Nueva York.
Ver comentarios 3
Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.