Que los clásicos están ahí no solo para revisitarlos reverencialmente sino para profanarlos con devoción es algo que Mauricio Kartun (San Martín, 1946) explicita al hablar de Baco Polaco, una creación en la que se ha inspirado en Las bacantes de Eurípides y cuyos ingredientes ha mezclado en un guiso tragicómico con la cultura popular argentina.
No recuerda si ha quedado en pie alguna frase original del texto del autor griego, pero eso es lo de menos, porque lo que ha pretendido es trasladar el argumento de aquella tragedia a la Argentina de los años treinta del siglo XX, en la que las bacantes son una compañía que recorre los pueblos de la Pampa con discos de pasta que Reina Esther hace sonar en una gramola.
“Este es un proyecto armado sobre un texto que escribí hacía unos años y lo venía postergando”, dice Kartun sobre su obra, que, con seis personajes, resulta más exigente en el “arte de combinar horarios” que son los ensayos. “Pero el año pasado me decidí -el estreno fue en el teatro Sarmiento de Buenos Aires- y convoqué a un elenco de marineros audaces como los de Colón”.
Como hizo el descubridor de América, se trataba de embarcar a los actores a un rumbo desconocido, reflexiona el veterano dramaturgo en la presentación de Baco Polaco, que Kartun describe como “una vuelta” de la tragedia griega por el esperpento de Valle-Inclán, en Madrid, donde estará en los Teatros del Canal hasta el próximo domingo, 11 de octubre.
Y ciertamente esperpéntico es ese Penteo con un exagerado y paródico acento de Córdoba que se enamora de la joven vitrolera que llega a su pueblo pampero, en el que él representa el poder absoluto, hijo como es del patrón recién fallecido. La compañía de Silenio, a la que sigue un bobo pero clarividente Dionisio, transforma las reglas de la comunidad, sometida a una especie de señor feudal, y la ebriedad deriva en una orgía carnavalesca.
“Crear esa distancia es poder jugar con el anacronismo e ir a un lugar donde podría existir ese mito”, reflexiona el dramaturgo sobre la ambientación espaciotemporal de su obra, un territorio alejado de la ciudad en el que los hombres están solos y la aparición de una troupe con ocho discos de jazz “arma la bacanal” en el campo: “Los gauchos se entregan a la fiesta”.
Esta historia de deseo, poder y exceso es, reconoce su creador, que además de Valle-Inclán tiene en su particular altar teatral a su compatriota Armando Discépolo y al ruso Antón Chéjov, un “pastiche”, en el sentido de que se aprovecha de la solemnidad para reírse de ella a través de los procedimientos esperpénticos, haciendo pasar la acción de la tragedia, que no por ello resulta menos conmovedora, por los espejos del callejón del Gato.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.