La sangre está cayendo al patio (Random House) es el tercer libro de cuentos de Elvira Navarro (Huelva, 1978), ya que la autora considera que su primera obra publicada, La ciudad en invierno, también lo era, pero se podía leer como una novela porque la protagonista de todos los relatos era la misma.
“Yo me bauticé como escritora de cuentos”, dice de aquel debut, en el 2007, hace casi veinte años. “Luego en el 2019 publiqué La isla de los conejos (su segundo libro de relatos). Y ahora, personalmente, estoy muy contenta con este libro. Creo que lo he escrito con una soltura en el género del cuento que quizá antes no tenía”, analiza sobre La sangre está cayendo al patio.
Y es que escribir cuentos es muy distinto, argumenta, a escribir novelas, el género que más ha explorado hasta la fecha: “La novela es algo que tú vas rumiando normalmente a lo largo del tiempo y el tema lo van a explicitar los personajes. En cambio, el cuento incluso para quien lo escribe tiene algo muy misterioso, porque es la idea. Te arrastra de una manera muy intuitiva”.
“Con el cuento te viene una idea, y sabes que esa idea tiene una potencia metafórica o simbólica mucho mayor, porque si no, sería una mera anécdota, y un cuento nunca es una mera anécdota, sino que lo que estás contando actúa como metáfora de otra cosa. Como decía Ricardo Piglia: 'Un cuento cuenta una historia a través de otra'”, explica sobre el proceso de creación literaria del relato, que a menudo la ha llevado a escribir hasta altas horas de la madrugada para que no se le fuera el texto. “Esa fuerza la notas cuando empiezas a escribir. Es como una mariposa que pasa por delante y la tienes que cazar rápido”.
“Son experiencias de escritura muchas veces muy gozosas, porque te lo pasas muy bien”, concluye sobre este “trabajo intensivo” de escribir cuentos, más cercano, en cierto sentido, a la poesía que a la producción “extensiva” de una novela. Y, claro, entre sus maestros está el mago de los magos del género, Julio Cortázar, al que suma autores contemporáneos de la esfera de la Europa del Este como la rumana Ana Blandiana, la yugoslava Dubravka Ugresic o la premio Nobel polaca Olga Tokarczuk.
“Claro que utilizo algunos elementos que a veces pueden parecer terroríficos, sobrenaturales, pero son elementos que están dentro de un orden fundamentalmente realista”, analiza sobre su método de trabajo, porque, aunque el suyo es un realismo “con ciertas notas que pueden ser consideradas de terror fantástico”, como en esa lavadora que sangra, no están basados en el género de terror como los de Mariana Enriquez: “Para mí Stephen King, por ejemplo, no es una referencia”.
Si hay un hilo conductor entre los distintos cuentos de La sangre está cayendo al patio, concede, es la soledad “desde todos los puntos de vista” de los diferentes personajes: “Tienen una situación material complicada, precaria, apenas se comunican con nadie, pero es más, apenas se comunican consigo mismos, o sea, no hay comunicación interna”, describe a los protagonistas, marcados por la “semilla autodestructiva” en la edad adulta.
“No siempre le hacemos caso, es decir, no tiene por qué determinar ni mucho menos nuestra vida, pero creo que cuando estamos solos, hay que ser muy fuertes para que esa semilla no nos arrastre al lado oscuro de la fuerza”, indica sobre el conjunto de perdedores de sus cuentos. “Necesitaba que estos personajes estuvieran solos, porque ellos, sin darse cuenta, sí que se van deslizando por un tobogán hacia una noche oscura del alma”.
Y es que, hacia la segunda mitad de la vida, confiesa, sucede algo que cuando se es muy joven no se ve: “Y es cuando alguien de tu alrededor cercano se pierde de alguna manera, y no porque le haya sobrevenido un cáncer o un accidente que lo deje paralítico, cosas de las que uno no es responsable, sino que cae por sus propias inercias, por empeñarse en cosas. Es un peligro que todos tenemos, una parte ciega que nos lleva a la destrucción”, asegura, y pone como ejemplo ese personaje que al empeñarse en salvar animales encuentra su propia perdición.
Los cuentos de Elvira Navarro están escritos con una exquisita gramática, que ella agradece también a la correctora de su editorial (“yo soy muy pesada con eso”), pero es que además hay una clara voluntad de estilo: “La lengua es fundamental para contar, la historia no está al margen del lenguaje que usas, que le da color, relieve, sabor, sonido... y crea el ritmo preciso. Para mí eso es básico en cualquier persona que escriba literatura. Me enfado mucho al ver cómo salen ahora mismo los libros, que tienen además un lenguaje aséptico, lleno de clichés. Y no lo veo solo en bestsellers. Veo en los periódicos buenas reseñas de críticos de prestigio de libros que yo sé que son una porquería desde la edición misma. Yo no sé qué está pasando, no sé. Hay cacofonías y frases que parecen sacadas de una guía turística”, sentencia. Y concluye: “Esto sí que es terrorífico”. Ahí es nada.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.