Gerald Hugh Tyrwhitt-Wilson se dio cuenta por primera vez de que era un ser humano consciente a la edad de tres años y medio. Se recordó de pie, junto a una mesa cubierta con un mantel, un álbum de fotos, un cuenco con rosas y varios familiares. Una escena nada especial, con la salvedad de la temprana edad del protagonista. Entonces, la narración continúa en una dirección muy diferente a la vida de la mayoría: “y en la puerta, mi niñera esperando para llevarme a dar un paseo”.
El que se convertiría en decimocuarto barón de Berners tras el conveniente, por utilizar el lenguaje de la época, fallecimiento de un pariente lejano, creció entre los algodones de neogóticas casas de campo inglesas y a su debido momento fue enviado a un internado para niños de su misma clase social. Los recuerdos de aquellos años se recogen en sus memorias, que Periférica ha comenzado a publicar con este Primera infancia , al que seguirán dos volúmenes más, ya de su periodo adulto.
Lord Berners fue un esteta, que invitaba a tomar el té a Moti, el caballo de una de sus amigas, pintó de rosa a sus palomas, tuvo una jirafa como mascota y guardó un clavicordio en el Rolls-Royce
Unas memorias encantadoras que satisfarán el apetito nunca saciado por las andanzas de la aristocracia británica, véase Downton Abbey y demás, pero que también serán muy apreciadas por los lectores más sensibles, porque Tyrwhitt-Wilson desafió las convenciones entre las que nació y la misma precocidad de sus primeros recuerdos se reprodujo en los hallazgos de su infancia y sus incipientes inclinaciones, que no eran montar a caballo y perseguir zorros.
Lord Berners (1883-1950) ha sido calificado como “el último excéntrico”, y de alguna forma lo fue. Tras el paso obligado por Eton, se convirtió en compositor, escritor y pintor y vivió su homosexualidad con varios amantes, entre ellos Robert Heber-Percy, veintiocho años menor, con quien formó una particular familia cuando este, contra todo pronóstico, contrajo matrimonio y tuvo una hija; el entendimiento duró poco.
Ante todo, fue un esteta, que invitaba a tomar el té a Moti, el caballo de una de sus amigas, pintó de rosa y turquesa a sus palomas, tuvo una jirafa como mascota, se ponía una careta de cerdo para asustar a sus vecinos y guardó un clavicordio en el Rolls-Royce.
Culto, ingenioso, sofisticado, se relacionó con gentes como la escritora Nancy Mitford, quien se basó en él para crear el personaje de Lord Merlin en su novela A la caza del amor, o el escritor Evelyn Waugh, quien, cuando Berners tuvo una exposición de sus cuadros en 1931, escribió que “los vendió todos el primer día, lo que demuestra lo bueno que es ser barón”.
El embrión del hombre en quien se convertiría aparece ya en estas páginas, en las que se pregunta de forma elegante cómo se había producido alguien con su carácter entre una genealogía de hacendados rurales y hombres de negocios “con pasatiempos exclusivamente deportivos”, para los que Lord Berners no estaba dotado en absoluto, para desesperación primero de su madre y luego la suya propia, cuando se vio aislado del resto de niños en el internado por esta divergencia de intereses.
A él llegaron a decirle que tenía “un exceso de imaginación”. Como si fuera una tara, de la que esperaban se curada en el internado, a donde fue de cabeza cuando sus bromas y sus experimentos empezaron a superar a los mayores. En la familia, cuenta Berners, había entrado “algo de sangre gitana”, convenientemente encubierta, que iba “saliendo de vez en cuando a la superficie con resultados desconcertantes”. Tal vez él fue uno de estos “resultados”.
Criado en una mansión neogótica, odiaba los deportes, montar a caballo y la caza del zorro y se enamoró de un compañero mayor que él en el internado
“Mi padre era mundano, cínico, retrógrado, flemático y no toleraba ninguna clase de inferioridad. Mi madre era sensible, ingenua, impulsiva e indecisa, y en presencia de mi padre era cuando peor se sentía”. El niño Berners, hijo único, vio muy poco a su padre, oficial de la marina real; a pesar de considerarlo “con diferencia el más interesante de mis dos progenitores”, estableció fuertes lazos con su madre, a pesar también de estar convencido de que, si un hada madrina le hubiera preguntado a esta qué don pediría para su hijo, el de jinete hubiera sido el elegido.
En sus memorias Lord Berners describe su crecimiento rodeado de una abuela amable y bondadosa, pero también por otra cuyo fanatismo religioso la convertía en alguien fuertemente desagradable. También estaban una ama de llaves cómplice de sus travesuras, una pariente pobre y manipuladora y varias tías, obligadas a responder las incesantes preguntas de un niño eminentemente curioso que pronto desarrolló un interés desmedido por la biblioteca de la casa y, para escándalo de su madre, también por las muñecas, y descubrió la belleza a través de su afición a los pájaros y a la música de Chopin.
Otra consciencia asomó en el internado, regido por un director sádico en la mejor tradición de estos establecimientos -”compararlo con el marqués de Sade, podría objetarse, sería una injusticia para con aquel díscolo aristócrata”-; rodeado de una disciplina carcelaria, sufriendo los castigos y “torturas”, resultan entrañables y a la vez dolorosos y divertidos sus intentos por congraciarse con sus compañeros, que siempre acababan mal.
Pese a la “odiosa masculinidad” que desprendía la predominancia de las competiciones, en las que era tan malo “en el fútbol como en el críquet”, la estancia del futuro Lord Berners se vio de pronto iluminada por la amistad con un compañero mayor que él, Longworth.
Demasiado joven para interpretar sus sentimientos, el adulto Berners escribe que estos tenían un “carácter sexual” del que no era consciente en aquel momento, pese a que la ruptura de la amistad causó un profundo dolor al niño. Acababa de entrar en otro periodo de su vida.
Lord Berners Primera infancia Trad. Ángeles de los Santos Periférica 200 páginas 15,57 euros

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.