La teoría de los autobuses se aplica a menudo con precisión a la industria editorial. Esperas durante un buen rato a que llegue el V19 y luego pasan dos seguidos. Esperas, quizá sin saberlo, a que se publiquen dos ensayos que hagan un recorrido personal sobre la historia de la hipocondría, y entonces va y se publican dos a la vez.
Tanto Will Rees, que firma Hipocondría (Alpha Decay, con traducción de Albert Fuentes) como Caroline Crampton, autora de Cuerpos de cristal (Barlin, con traducción de Helena Vivancos Peñas), parten de sus propias vivencias como sufridores en semirremisión de la enfermedad más paradójica –enfermo lo estás, aunque quizá no de lo que crees– para excursionar después por las implicaciones del mal imaginario en la ciencia y la literatura. Y los dos lo hacen con una buena fórmula de erudición y brío, reflexión y datos.
⁄ La hipocondría lleva siglos gozando de prestigio al asociarse a personas con cerebro de alta gama
La periodista británica Caroline Crompton padeció un linfoma de Hodgkin cuando tenía 17 años y, justo un año después, tuvo una agresiva recurrencia del cáncer. A los 22, a una edad en la que lo habitual es sentirse vagamente inmortal, recibió el alta total, pero para entonces ya había tenido roces más que íntimos con la idea de morir. “Mi cuerpo y mi existencia se habían librado del cáncer”, escribe. “Pero yo no soy libre”. Se enfrentaba entonces a una vida de alarma y autoexaminación, de palparse y buscarse protuberancias. Ser una superviviente la excluye, a decir de algunos teóricos, de la casa de la hipocondría, que a veces se reserva para quienes se encuentran males por motivos paranoicos, pero Compton quiere estar allí, hermanada, como dice, “con una tradición que conecta a personas enfermas desde hace más de dos mil años”. Ahí están también Marcel Proust, Hans Christian Andersen, Eizabeth Barrett Bowning, Robert Burton, Howard Hughes, Glenn Gould. Will Rees incorpora otros nombres: Nathalien Hawthorne, Herman Melville, Immanuel Kant, Charlotte Brontë, Franz Kafka, Joan Didion.
No es raro que las nóminas de hipocondríacos se parezcan a veces orlas de alumni de alguna escuela ilustre. Al contrario que otras alteraciones mentales, la hipocondría lleva siglos gozando de prestigio. Se ha considerado un mal propio de personas con cerebro de alta gama, aunque no todos recibieron la misma nomenclatura. A ellos se les llamó melancólicos, a ellas histéricas. El tratamiento público de las dos condiciones no pudo ser más distinto. La hipocondría en el siglo XIX se consideraba una enfermedad intelectual y del intelectual que se quedaba en los confines de la mente. “El contraste con la histérica, cuyos vívidos síntomas podían observarse, registrarse y documentarse –como en las fotos del hospital de la Salpêtrière– o podía ser más radical. En sus famosas lecciones de los martes, el doctor Jean Martin Charcot presentaba a sus histéricas para que exhibieran teatralmente sus síntomas para enseñanza y divertimento de la élite médica”, recuerda Rees. El autor, que es también editor y uno de los fundadores del prestigioso sello británico Peninsula, lleva desde la adolescencia vigilando su cuerpo como si fuera un animal poco de fiar, y googleando cosas como: “¿Puede un tumor cerebral darte hipo?”. Visitador compulsivo de médicos, se acostumbró a que le sugirieran trastornos de ansiedad varios, pero nunca aparecía la palabra que empieza por h, que ha caído en cierto desuso como diagnóstico. Rees cuenta que aprendió a relatar sus síntomas con objetivos finalistas, para que le encontraran (o no) las enfermedades que creía padecer según sus lecturas por internet. “Sabía que si me tachaban de hipocondríaco, si me consideraban un interlocutor animado por la mala fe, vería peligrar mis propósitos”, admite.
⁄ Crampton tiene un enfoque más periodístico y Rees tiende más a una mirada filosófica y literaria
Aunque el libro de Crampton tiene un enfoque más periodístico y el de Rees tiende más a la interrogación filosófica y literaria –analiza, por ejemplo, El enfermo imaginario, de Molière, y El licenciado Vidriera, de Cervantes, obras fundacionales de la hipocondría–, es lógico que ambos se encuentren en lugares inevitables, como el psicoanálisis. Los dos coinciden en que Freud no aporta demasiado. En 1895 la relacionó, como era costumbre en él, con la disfunción sexual. El fundador del psicoanálisis, sin embargo, entendió mejor que nadie que “la incertidumbre no siempre es un problema que sea obligado resolver”, apunta Rees.
A los dos autores, además, se les cruzó en pleno proceso de escritura una pandemia global, cuando la salud propia y ajena se convirtió en una ocupación aceptable y se desdibujó el estigma de la ansiedad por el contagio. Crampton, que admite haberse sentido más acompañada durante la covid, hace un interesante análisis de las subcomunidades de personas que se autodiagnostican enfermedades de moda a través de TikTok y, lejos de estigmatizarlas, les concede la gracia de la escucha.
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Will Rees. Hipocondría. Trad. de Albert Fuentes Sánchez. Alpha Decay. 272 páginas. 23,90 euros
Caroline Crampton. Cuerpos de cristal. Una historia de la hipocondría. Trad. de Helena Vivancos Peñas. Barlin Libros. 288 páginas. 24,95 euros

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.