A Paul Sérusier, sus compañeros lo llamaban el Nabí de la Barba Rutilante, a Pierre Bonnard el Nabí Muy Japonista, a Paul-Élie Ranson el Nabí Más Japonista que el Nabí Japonista, a Ker-Xavier Roussel el Nabí Bucólico, a Maurice Denis el Nabí de los Bellos Iconos, a Auguste Cazalis el Nabí del Habla Vacilante...
Los nabís renovaron el arte de finales del siglo XIX sin perder el humor y con muchas ganas de vivir, se denominaron a sí mismos profetas, organizaron cenas, disfrutaron de los espectáculos de un París inmerso en los avances técnicos del inminente nuevo siglo y, llegado el momento, se fueron cada uno por su lado, dejando su huella. Ahora La Pedrera presenta la primera muestra monográfica dedicada en Barcelona a este movimiento.
El momento de separarse llegó sólo doce años después su aparición. Fue en otoño de 1888 cuando Paul Sérusier presentó a sus compañeros de la Académie Julien un paisaje que había pintado en Pont-Aven bajo la orientación de Paul Gauguin, un paisaje simplificado, lleno de color y que no mostraba un paraje real, sino el sueño, la idea pura de ese lugar. Tan admirados se quedaron los que después formarían el decisivo grupo de artistas que llamaron a la pintura El talismán, su guía.
Y para sí mismos eligieron el nombre de Nabís, derivado del hebreo neviim , que significa ‘profetas’. Iban en efecto a ser profetas de un nuevo arte en un mundo que justo también era novedosamente profético: la electricidad se abría camino en la oscura y medieval París y las Exposiciones Universales llenaban la urbe de visitantes admirados por los descubrimientos técnicos y científicos en la ahora la Ciudad de la Luz.
Se podría decir que los nabís tuvieron suerte con la época que les tocó vivir. Su arte resultó polémico, pero llegaba después del impresionismo, cuya revolución ya había chocado con el conservadurismo de crítica y público; estos profetas preconizaban más una evolución que una ruptura.
Se llamaron a sí mismos ‘profetas’ en un momento en que el mundo también cambiaba con los avances científicos y tecnológicos
Un arte simbolista, en el que la pintura antes que reflejar la realidad la mostraba pasada por el tamiz del pensamiento y de la visión interior, como se aprecia especialmente en los paisajes, reducidos a lo esencial, manchas de colores intensos, cielos indefinidos, como en aquel Talismán que tanto conmocionó a Pierre Bonnard, Édouard Vuillard, Maurice Denis y Paul-Élie Ranson, a quien posteriormente se unirían entre otros Aristides Maillol y Félix Vallotton.
Un arte colorista y decorativo, que aspiraba a ser total, la mayoría de ellos practicaron la pintura, el grabado y la escultura, pero también el diseño, papeles pintados, tapices, biombos, cerámicas, objetos y paneles decorativos . De nuevo tuvieron suerte: a su interés por la fotografía se unieron los avances técnicos que facilitaban el acceso a este nuevo medio: Bonnard, Vuillard, Vallotton y Denis tenían una Kodak portátil, comercializada en 1888 por George Eastman.
Los años de actividad de los nabís, entre 1888 y 1900, fueron un periodo de crecimiento económico en Francia, del urbanismo parisino, de asombro por las maravillas que llegaban de las colonias. Conscientes de vivir en el centro del mundo artístico que era París en aquellos momentos, los nabís disfrutaron de los entretenimiento que ofrecía la ciudad, tal como se refleja en la exposición de la Pedrera: cafés, circo, ballets, cabarets, conciertos, la animación de las calles, todas las clases sociales participaban de este nuevo ocio.
Los nabís además demostraron que la concepción poética y espiritual del arte no estaba reñida con el entretenimiento e incluso la juerga: desde sus inicios el grupo se reunía una vez una vez al mes para cenar y a partir de 1889 también semanalmente en casa de Paul-Élie Ranson, cuya esposa era la única mujer a la que permitían asistir. El jolgorio solía acabar en casa de Vuillard, cuya madre les preparada un estofado.
Los nabís propugnaban un arte simbolista que pasaba la realidad por el tamiz del pensamiento
También se hablaba de filosofía, uno de los intereses compartidos por todos, igual que el japonismo. Porque desde el principio los nabís se habían dividido en dos corrientes; una, en torno a Sérusier, tenía más interés por cuestiones intelectuales y literarias; en la otra se encontraban Bonnard, Vuillard, y Vallotton, más involucrados en el mundo moderno
Existía una enorme diversidad y pluralidad de estilos en sus obras, como se puede comprobar en La Pedrera, con el contraste entre las pinturas claramente simbólicas de Denis, Ranson o el catalán del norte Aristides Maillol, y las escenas de la vida cotidiana de Vuillard y Vallotton.
La evolución personal y las circunstancias sociales contribuyeron a la dispersión de los nabís; también las diferencias en cuestiones como el antisemitismo del caso Dreyfus, en el que Denis era contrario a Dreyfus y todos los demás estaban a favor, como muestran los dibujos y caricaturas que publicó Henri-Gabriel Ibels, el Nabí Periodista. Sí, parece que había un nabí para todo. En 1900 hicieron su última exposición, habían cambiado la pintura al mismo tiempo que cambiaba el mundo.
Este reportaje se ha realizado con los textos del catálogo de la exposición ‘Los Nabís: de Bonnard a Vuillard’.
Los Nabís: De Bonnard a Vuillard Comisaria: Isabelle Cahn Fundació Catalunya La Pedrera Barcelona lapedrera.com Hasta el 28 de junio

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.