Pauline de Pange, hija del quinto duque de Broglie, nieta de la condesa de Armaillé y del conde de Ségur, tataranieta de Madame de Staël, cuñada del marqués de Luppé y esposa del conde de Pange vino al mundo en febrero de 1888 en París, al mismo tiempo que los obreros excavaban en el Champ-de-Mars los cimientos de la Torre Eiffel, ese monumento que simbolizó pronto los nuevos tiempos y en el que cada hierro que se añadía era uno menos en los fundamentos de la sociedad en la que nació la aristócrata, y se puede decir que eran conscientes de ello, aunque eligieran ignorarlo.
La familia De Broglie había elegido de hecho seguir en el Antiguo Régimen, el de antes de la Revolución, fechas remotas que sin embargo a la pequeña Pauline no le resultaban indiferentes. Muchos años después, en los 60 de un siglo XX en el que ya incluso la modernidad de la que había huido su familia se había quedado antigua, escribiría que vivió “con sus ojos de niña”, un 1900 “muy diferente” al que sugieren los cuadros de Manet, Degas o Cézanne, o el hierro forjado del metro.
En el palacio donde creció la memorialista se vivía según un orden que las generaciones anteriores habían creído inmutable
Por eso sus memorias, de las que Errata Naturae publica ahora en España el volumen dedicado a su infancia y adolescencia, Así viví 1900 , constituyen una visión muy distinta de ese mundo en atropellada transición, narrada con una naturalidad que atrapa al lector de hoy, por la doble inocencia de la mirada de la niña, pero también de una sociedad que asistía ingenua a los avances de la tecnología y las culturas llegadas de otros continentes.
“En muchos aspectos, en casa seguíamos viviendo como en el siglo XVIII”. A través de estas páginas desfila una clase social en la que una señorita como ella sólo podía salir de casa a pie o en el carruaje familiar, que recelaba de los primeros ciclomotores, y que incluso si se aventuraba a subir en ellos –“la nueva industria mecánica seguía confinada en un mundo un tanto malformado, un tanto sospechoso, vulgar por definición”– debía seguir unas normas de vestimenta tan estrictas como para acudir a un baile. Tiempos en que, recuerda la autora, las calles estaban vacías de coches y tranvías y la palabra autobús no se había inventado.
En casa, en el palacio donde creció la memorialista, se vivía según unas normas muy estrictas que atañían a cualquier aspecto de la existencia. Un orden que las generaciones anteriores habían creído inmutable y que les había proporcionado “paz y seguridad interior”, como escribió la abuela de Pauline de Pange en sus memorias, significativamente tituladas Quan on savait vivre hereux (cuando se sabía vivir feliz).
Las visitas debían estar programadas, nadie podía presentarse sin ser previamente invitado, las personas de servicio, catorce en 1910, cuando la escritora contrajo matrimonio, sabían cuál era su lugar en el mundo, y además estaban emparentadas entre ellas, las comidas eran fastuosas, siempre siete u ocho platos tanto si se trataba del mediodía como de la noche, y en ellas se conversaba sobre arte, política, literatura. La autora recuerda cómo se mencionaba con desprecio el Salón de los Independientes, cómo su madre opinaba que “esos jóvenes pintores son de lo más ordinario. Sólo pintan cosas vulgares. Están desequilibrados”.
La vida familiar se repartía entre los palacetes de París, la casa de veraneo en Dieppe, el castillo de Saint-Amadour y la fortaleza de Broglie en Normandía. Cada desplazamiento implicaba mover a una decena de personas, una sucesión de coches (de caballos), infinidad de maletas, vajillas e incluso muebles, abrir y cerrar una casa para pasar una breve temporada demandaba una planificación casi militar.
Un relojero acudía cada ocho días para dar cuerda a los relojes de péndulo y un lacayo con librea permanecía en el vestíbulo de una a ocho de la tarde sin nada que hacer
También lo demandaba el funcionamiento de la principal mansión familiar en París, hasta extremos casi “cómicos”, como reconoce la memorialista: un relojero acudía cada ocho días para dar cuerda a los relojes de péndulo, un lacayo con librea azul y amarilla permanecía en el vestíbulo de una de la tarde a ocho de la noche sin tener nada que hacer. Como había dos vestíbulos, dos personas estaban inmovilizadas siempre.
Con unos padres absorbidos por la vida social y a cargo de una institutriz inglesa como correspondía, Pauline de Pange no asistió a ninguna escuela, pero su educación se vio beneficiada de la influencia de su abuela Armaillé, quien le hablaba de Voltaire y Rousseau pese a que cuando acudía a sus habitaciones en el palacio debía hacerlo de la mano de su institutriz hasta los diez años.
Una infancia en un pasado que Pauline de Pange hace revivir en unas memorias llenas de viveza y que nos meten dentro del Grand Monde que Marcel Proust tuvo que retratar desde fuera. Muchos años más tarde, la aristócrata se doctoró en Letras por la universidad de París y se convirtió en experta en su antepasada Madame de Staël. Su hermano pequeño, Louis, séptimo duque de Broglie, obtuvo el Nobel de Física por sus trabajos sobre el electrón: el lema de la familia era “Por el futuro”.
Pauline de Pange Así viví 1900 Traducción de Vanesa García Cazorla Errata Naturae 208 páginas 19,47 euros

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.