Ecléctico, percusivo, suburbano, fresco, sin complejos... Y definitivamente afro. El innovador jazz de artistas como Amaro Freitas, Jonathan Ferr, Josiel Konrad o Jefferson Placido brilla en festivales internacionales con una receta distante de la bossa nova que conquistó el mundo
Josiel Konrad. El trombonista hace bailar a miles de personas en plena calle con su ‘Jazz Proibidão’, que mezcla jazz y funk carioca Rubens Gonçalves
Bernardo Gutiérrez
Periodista hispano-brasileño, escritor e investigador
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Actualizado hace 2 d Contrastado por la redacciónCómo lo hemos informado
Esta información ha sido elaborada por la redacción de La Vanguardia a partir de fuentes propias y verificadas.
02Pianos que desbordan la armonía de los estándares estadounidenses.
03Instrumentos de viento sobre bases de funk carioca (estilo inspirado en el miami bass) que reina en los  sound system  de las favelas.
04El jazz brasileño vive una verdadera revolución.
Jazz con percusión de candomblé. Arropado con trap y hip hop. Trombones de pulso eléctrico. Pianos que desbordan la armonía de los estándares estadounidenses. Instrumentos de viento sobre bases de funk carioca (estilo inspirado en el miami bass) que reina en los sound system de las favelas. El jazz brasileño vive una verdadera revolución. Y su epicentro principal está en los suburbios de Río de Janeiro. Los pianistas Jonathan Ferr y Jefferson Plácido y el trombonista Josiel Konrad están reinventando el jazz en una especie de antípodas locales de las playas de Copacabana e Ipanema donde a finales de los años cincuenta nació la bossa nova que siempre coqueteó con el jazz.
También destacan nombres como el trombonista Joabe Reis y el pianista Amaro Freitas, que desde la ciudad de Recife revienta el jazz clásico con innovación percusiva de diversos estilos de raíz africana. Los festivales de jazz más importantes del mundo, que llevan décadas acogiendo a músicos de bossa nova o Música Popular Brasileña (MPB), han abierto ahora las puertas a una nueva generación de jazzistas que reivindican la herencia africana de la música de Brasil, incluso de la bossa nova.
Jonatan Ferr. El pianista de Río es el estandarte del nuevo jazz brasileño, un estilo más atento a las influencias que vienen de la calle Renan Oliveira / Otras Fuentes
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Sonidos del gueto
El jazz brasileño no es el mismo desde el disco Boca no Trombone (2023), del trombonista Josiel Konrad (Nova Iguaçu, 1986). El lenguaje jazzístico flota sobre poderosas bases rítmicas de funk carioca, algo que nadie se había atrevido a hacer. Miles de personas bailan en plena calle las ediciones de su Jazz Proibidão, un guiño a la vertiente proibidão del funk, en las que las letras hacen referencia a traficantes. “El Jazz Proibidão no nace como un gesto de reorganización: coloca nuevamente en diálogo partes de una misma historia a las que enseñaron a caminar separadas. El jazz y el funk carioca son hermanos de sangre”, asegura Konrad a La Vanguardia. El trombonista confiesa que, tras conquistar prestigio jazzístico con álbumes como Timeline (2017), sentía que se alejaba de la metropolitana Baixada Fluminense de Río de Janeiro, lugar en el que nació. “Cuanto más transitaba por ciertos ambientes del jazz, más distante estaba culturalmente de los lugares que me formaron. Era una distancia silenciosa, casi imperceptible. Pero aparecía cada vez que volvía para la Baixada. Sentía que una parte importante de mi historia estaba siendo borrada. ¿De qué sirve tocar con libertad (improvisación jazzística) si no consigo llevar mi propia vivencia al escenario?”, matiza Konrad.
El pianista Joanthan Ferr (Río de Janeiro, 1987), considerado desde su disco Trilogia do Amor (2019) el estandarte del nuevo jazz brasileño, considera que las vivencias en el territorio son el ADN de su música. “Tú reverberas el sonido que vives, tus vivencias en aquel ambiente suburbano, que tiene todas las violencias imaginables. Lo que hace nuestra música diferente es una vivencia diferente”, afirma Ferr en videoconferencia. Nacido y criado en Madureira, un barrio del norte de Río de Janeiro a unos veinte kilómetros en línea recta de la playa de Ipanema, el pianista creció escuchando el gospel de las iglesias evangélicas, la samba (el barrio es la cuna de la mítica escuela de samba Portela), hip-hop, funk carioca y diversas variantes de soul. A Jonathan Ferr no lo convence la etiqueta “jazz suburbano”. Habla de urban jazz, en inglés, que “engloba todo el proceso musical que ocurre en la calle, que está naciendo todo el tiempo, efervesciendo”.
El también pianista Jefferson Placido (Río de Janeiro, 1980) usa la expresión “música clásica de suburbio”, título del disco que lanzó en 2024, para definir el cruce del jazz, su piano eléctrico y diversas células rítmicas de la periferia. Placido explicó a la revista The Summer Hunter que cuando sube las escaleras de la iglesia de Penha, en la zona norte de Río de Janeiro, escucha cómo la voz de las pastoras se mezcla con la base rítmica de los bailes funk. La mezcla es automática, atmosférica, natural. Por su parte, Josiel Konrad se decanta por hablar de un “nuevo jazz afro brasileño”. ¿El nuevo jazz afrobrasileño es también una etiqueta artificial o sirve para describir un nuevo movimiento musical?
⁄ El género en Brasil ya no es el mismo desde ‘Boca no Trombone’ (2023), disco en que el lenguaje jazzístico flota sobre bases de funk carioca
Los fundadores de la bossa nova nunca escondieron la influencia de la música afrobrasileña, especialmente de la samba. Carlos Lyra, en su canción Influência do jazz (1962), se lamentaba que la “samba fue mezclándose, modernizando, y acabó perdiéndose”. Tom Jobim renegaba de la etiqueta bossa nova, prefería decir que tocaba “sambinhas”. Su reverencia por la samba está presente incluso en títulos de canciones como Samba de uma nota só (1962). Vinícius de Moraes y el guitarrista Baden Powell rindieron tributo a las música afrobrasileña en su álbum legendario Afro sambas (1966). Por su parte, Elza Soares lanzó A bossa negra (1962) con un repertorio de bossa nova sin tono intimista, voz desgarrada y arreglos de big band.
Por otro lado, el proyecto Afro Jobim, del percusionista Nanny Assis, reivindica el legado afro de la obra de Tom Jobim. “En un país como Brasil, donde el 60% de la población es negra, es casi imposible pensar que otros músicos no estuvieron presentes como creadores y colaboradores. La historia escogió sus nombres, mientras que Tânia Maria, Johny Alf o Moacir Santos no tuvieron su debido reconocimiento”, asegura la afrobrasileña Tânia Artur, productora de Joanthan Ferr y Jefferson Placido.
Amaro Freitas. El pianista aporta un estilo más experimental, vinculado a estilos afrobrasileños de otras regiones del país PASCAL SCHMIDT / AFP
Influencias afroestadounidenses
Los protagonistas de nuevo jazz afrobrasileño parecen haberse desprendido del peso la bossa nova. Incluso de la samba-jazz que se consolidó en los años sesenta. Ferr confiesa que se enganchó al jazz escuchando al denominado Movimiento Black Rio, que mezclaba funk estadounidense con ritmos brasileños, que tuvo en Madureira uno de sus epicentros. “Tengo mucho más relación con la gente de la black music que con la de la samba-jazz”, afirma Ferr. Cita a artistas como Tim Maia, Banda Black Rio o Carlos Dafé. Y alude a cierta lejanía cultural histórica de Madureira de la zona sur de Río. Hasta 1976, ni siquiera había autobuses directos entre la zona norte y la zona sur bossanovera. Konrad atribuye la peculiaridad sonora del nuevo jazz afro brasileño a razones extramusical: “Lo que está surgiendo ahora viene de otros territorios. Viene de los suburbios, de las favelas, de los bailes (funk), de las iglesias, de los encuentros en la calle, de los lugares donde la música no es apenas un lenguaje artístico, sino una herramienta cotidiana de supervivencia, afecto e identidad”.
Por su parte, la investigación sonora de Amaro Freitas, cocinada a dos mil kilómetros de Río de Janeiro, está vinculada a estilos afrobrasileños de otras regiones de Brasil. El autor de discos como Sangue negro (2016), Sanfoka (2021) o Y’Y (2024) considera que hace jazz pero también música experimental. “Es también la deconstrucción tradicional del piano que lleva para el piano otro tipo de perspectiva rítmica, melódica, percusiva, de los tambores del maracatú, del frevo, del baião, que se mezclan con coco, con ciranda, con caboclinho, pero también se mezcla con samba, con una perspectiva moderna”, asegura Freitas.
⁄ El jazz, vinculado tradicionalmente a las élites, se acerca a los suburbios: se diluyen viejas barreras geográficas y culturales
La eclosión del nuevo jazz afrobrasileño está provocando un proceso de deselitización del jazz. En Cura (2020), Liberdade (2024) y Lar (2025), Ferr desacraliza totalmente el jazz clásico, usando incluso el autotune, un procesador de audio que modifica la voz en tiempo real, usado en estilos de música electrónica. “El otro día, un conductor de Uber me dijo: «¡eres el pianista de Tik Tok!». También tengo un público de terreiros (templos de religiones afrobrasileñas). Hace poco, di un concierto gratuito en Madureira, un miércoles, y había casi dos mil personas en la calle para verme. La mayoría eran negros. Rompí la burbuja del jazz”, sostiene Ferr. El nuevo jazz afrobrasileño está diluyendo viejas barreras geográficas y culturales. Cambió el perfil no solo de quien toca jazz, sino de quienes lo escuchan. El Favela Jazz Festival de São Paulo o las siete ediciones del Mulambo Jazzagrário (2016-2023), que ocurría en periferias y favelas de Río de Janeiro, son una buena prueba de ello. “Durante mucho tiempo el jazz en Brasil estuvo vinculado a la élite. Eso creó barreras para mucha gente que pensaba que el jazz era música de ascensor”, afirma Tânia Artur.
Si Tom Jobim levantara la cabeza, ¿qué pensaría del nuevo jazz afrobrasileño? El músico que hacía sambinhas posiblemente se involucraría en el tributo afrobrasileño que Nanny Assis y el titán Ron Carter preparan para el centenario de su nacimiento, el año que viene. Tal vez incluso se involucraría en el documental Afro Jobim, que grabará este año en Benín para demostrar que el balanceo de la chica de Ipanema, inmortalizado en la canción más célebre e internacional de la bossa nova, también tenía raíz africana.
Stan Getz y Astrud Gilberto, en un cartel publicitario de la película 'Get Yourself A College Girl',de 1964 LMPC / Getty
Bernardo Gutiérrez
Periodista hispano-brasileño, escritor e investigador
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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.