Mi respeto por José Mourinho no desapareció por su forma de calentar los clásicos, malmeter entre internacionales de la roja o su celebración desacomplejada de la clasificación de un Inter con diez jugadores en el Camp Nou, bajo la lluvia de los aspersores, reacción poco elegante del FC Barcelona. A fin de cuentas, se trataba de fútbol y las salidas de tono no diferían mucho de aquellas por lo que tantos barcelonistas vintage adoraban a Helenio Herrera, el Mago .
Siempre hay un antes y un después y no me refiero a Florentino Pérez -cuya reelección parece garantizada, con o sin elecciones– sino al entrenador que una noche de agosto del 2011 protagonizó uno de los momentos más infames de la historia del fútbol -¡y mira que las hemos visto de todos los colores!–. La noche en que un entrenador del Real Madrid se acercó por la espalda y taimadamente le metió un dedo en el ojo a un colega de profesión llamado Tito Vilanova.
Dudo que el Real Madrid quiera un Mourinho conciliador, más bien todo lo contrario
Mourinho regresa al Real Madrid, para regocijo del barcelonismo que asocia la contratación como un gesto desesperado. Algunas voces madridistas deslizan que han transcurrido 15 años y la gente cambia. Me temo que ni la gente cambia ni el Real Madrid contrata a Mourinho para que sea otro, como sucedió con Donald Trump en el 2024. Al contrario, eligen a Mourinho para imponer orden en el vestuario y para cortar lo que intuyen ciclo triunfal del Barça, las mismas razones que ya le trajeron al banquillo blanco. Si Mourinho hubiese cambiado no habría sido el elegido porque lo que son sus últimos tiempos...
Cinco despidos y ningún título de Liga desde hace once años.
Los seguidores de Mourinho dirán que el dedazo fue un episodio puntual –ahora a lo aislado o a lo excepcional se le llama puntual–, como tantos otros. Ya me excusarán los exégetas del fair play , pero disculpo más y me olvido antes del monumental puñetazo del portero Andrada del Real Zaragoza a un jugador del Huesca que del dedazo de Mourinho a un compañero que trataba de calmar una tángana en la banda. Un monumento a la cobardía sobre el que no recuerdo haber escuchado a Mourinho la más mínima palabra de arrepentimiento.
El retorno del portugués transmite lo desnortado que anda el Real Madrid, una etapa que arranca con el boicot in extremis a la gala del Balón de Oro y culmina con el bajo rendimiento de una plantilla tan extraordinaria como narcisista. Como bien sabemos en Barcelona, si la pelotita entra volveremos a leer aquello de Marcial, perdón, Mourinho eres el más grande.
Y si no entra, arderá Troya.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.