L a aldea de Monte Trigo parecía el último lugar de la tierra. Hace 8 años, cuando visité aquel puñado de casas bajas en la ladera del volcán de Santo Antâo, la isla más occidental de Cabo Verde, me encontré una vida tranquila. Tras faenar en el mar, los hombres jugaban al dominó en las terrazas o se sentaban a escuchar la radio, acunados por la brisa del mar. Los niños jugaban: a fútbol, a robar mangos o a bañarse en la playa de piedras frente al pueblo o en los aljibes que almacenaban agua de lluvia para el riego.
En aquellos días, la vida en Monte Trigo se había alterado porque habían instalado paneles solares en el techo de la escuela y por primera vez había llegado la electricidad. Aquella revolución sorprendió a Monte Trigo poco antes de la disputa del Mundial de Rusia y recuerdo una discusión entre amigos, junto a los primeros televisores, sobre a quién apoyar. Uno optaba por Portugal, por los lazos históricos, otro a España, porque tenía familiares allí, y el tercero prefería a Senegal, por orgullo continental.
La clasificación de Cabo Verde pondrá en el mapa a este pequeño país de alma multirracial
Ya no hará falta que elijan. La clasificación de Cabo Verde por primera vez en la historia, que debuta contra España, pondrá en el mapa a este pequeño país de alma multirracial. Y joven. Cuando los portugueses llegaron al archipiélago en 1460, las islas estaban deshabitadas y servían de guarida a piratas y corsarios de ultramar. Fueron los portugueses quienes las habitaron con esclavos del comercio negrero hacia el Caribe y Brasil y el lugar se pobló de colonos de la metrópoli y también de genoveses y judíos españoles perseguidos por la Inquisición. Las islas reunieron a gentes de distintas razas, culturas y religiones, unidas por la falta de patria y el deseo de vivir en paz. Aquel andar diverso y común creó un país sin prejuicios raciales y que mira más allá del mar: tiene una población de solo 500.000 habitantes, pero el triple vive en la diáspora, sobre todo en Portugal, EE.UU. y Francia.
Será, claro, una de las cenicientas del Mundial junto a otras debutantes como Curaçao o Uzbekistán, pero no será una sorpresa. Cabo Verde, que dejó en la cuneta a Camerún, lleva una década trabajando en una selección que es el reflejo del país. El equipo, bien organizado, solidario y de colmillo pirata al contragolpe se ha construido desde el abrazo a la historia de la diáspora de la nación y la plantilla, que en las últimas Copas de África alcanzó octavos y cuartos de final, reúne a futbolistas de 14 países distintos. Evidentemente, sin prejuicios: en busca del talento caboverdiano disperso por el planeta, el seleccionador reclutó a jugadores incluso por redes sociales. Fue el caso del central Roberto Pico Lopes, nacido en Dublín y hoy uno de los pilares del equipo, quien recibió un mensaje por LinkedIn y al principio lo ignoró porque pensaba que era spam al estar escrito en portugués.
Contra España, Cabo Verde jugará contra un gigante. No estará solo: le apoyarán desde la pequeña aldea de Monte Trigo y desde miles de hogares de la diáspora repartidos por el mundo. Viva el Mundial.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.