En octubre de 1980, Muhammad Ali regresó al ring para intentar ser campeón del mundo por cuarta vez. Frente a él estaba Larry Holmes, su antiguo sparring, el hombre que había aprendido a golpear acompañando al maestro y que ahora ocupaba su trono. El combate fue bautizado como ‘La última ovación’. Ali buscaba una prórroga para la eternidad; Holmes debía negársela para comenzar su propia leyenda. Ganó el discípulo. No fue simplemente una victoria, sino uno de esos relevos que el deporte convierte en crueldad: matar deportivamente al referente.
El domingo, el fútbol plantea una versión más hermosa y menos brutal de aquella tragedia. No basta con escoger entre España y Argentina. Hay que elegir entre Lionel Messi y Lamine Yamal. Entre quien ha gobernado nuestro tiempo y quien parece destinado a gobernar nuestro futuro. Ser fieles a lo que hemos amado o entregarnos a lo que empezamos a estimar. Concederle a Messi una última noche eterna o pedirle a Lamine que adelante el reloj de la historia. El padre todavía no quiere abandonar el escenario. El hijo ya no puede continuar esperando entre bastidores.
El domingo, el fútbol propone un dilema. No basta con escoger entre España y Argentina. Hay que elegir. Entre la última gran actuación del actor que ya ha interpretado todos los papeles y el estreno definitivo de quien parece destinado a ocupar el escenario durante la próxima década. Entre agradecer y desear. Entre la biografía y la promesa. Podríamos llamarlo matar al padre o sacrificar al hijo. Edipo frente a Saturno. Aunque el fútbol no necesita una tragedia griega porque ya dispone de una final perfecta.
No basta con escoger entre España y Argentina; hay que elegir entre Messi y Lamine Yamal
Messi llega al partido después de otra actuación reservada a sus mejores años: dos asistencias en los últimos minutos para que Argentina remontara a quienes crearon el fútbol. No comparece como una reliquia sentimental. Él, único, sigue siendo capaz de cambiar el argumento cuando el relato parecía escrito. A los 39 años, busca un segundo Mundial y quizá la definitiva consagración ante Diego.
Lamine acaba de cumplir 19. Todo en él se conjuga en futuro, pero esa aparente abundancia de tiempo puede ser una trampa. Las carreras largas no garantizan otra final. El fútbol no concede créditos por juventud, ni reserva oportunidades para la siguiente edición, aunque sea en casa. Messi tardó cinco Mundiales en conquistar el suyo. Lamine puede tener una vida por delante y, sin embargo, estar ya ante el partido de su vida.
¿De qué lado ponerse? El pasaporte dice España. La memoria barcelonista dice Messi. Elegir a uno contiene siempre una pequeña deslealtad hacia el otro. Yo elegiré a Lamine. No porque Messi el fútbol le pueda seguir debiendo cosas, sino precisamente porque ya nos lo ha dado todo, también un Mundial, que disfruté como la primera Champions del Barça. La mejor manera de honrar al padre no es conservarlo para siempre en el trono, sino aceptar que el hijo ya puede sentarse en él. Y si gana Messi, habrá derrotas que aceptaremos mejor.

Ver comentarios 3
Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.