Lamine Yamal ha vuelto a exhibirse en un partido de la selección, esta vez contra Chequia. Mientras estuvo en el campo, el equipo se impuso con una superioridad lo suficientemente evidente para que, en el minuto 21, el público de Oviedo considerara que ya se lo había pasado lo bastante bien para perder el tiempo sumándose al detestable ritual de la ola. Un cuarto de hora antes, Lamine había marcado otro gol de bandera y estaba jugando con un desparpajo (en catalán, la palabra desenvoltura no es tan eufónica) que lo define como un jugador irrepetible.
Después del partido, el seleccionador Luis de la Fuente subrayó el talento del futbolista y vaticinó que aún le queda margen para mejorar. El talento de Lamine salta tanto a la vista que es lo primero que se ve, no solo cuando coge el balón sino también cuando se sitúa sobre el campo y, con un instinto y una creatividad depredadores, se activa con una deslumbrante velocidad. Esta evidencia nos ahorra muchas teorías y nos remite a la anécdota, mil veces repetida, de Carles Rexach (también la cuenta en el documental Correr es de cobardes , en Movistar+) el primer día que vio jugar a Messi: solo necesitó treinta segundos para darse cuenta de que el argentino era, pese a ser un niño, el mejor de los veintidós jugadores.
Tras los últimos partidos de la selección, la figura de Lamine sigue creciendo
En Oviedo Lamine volvió a celebrar su gol con gestos de satisfacción marcial que lo distancian de los futbolistas austeros y de conducta introvertida. Con el Barça, ya tiene pactada con Raphinha una vistosa coreografía que, sin ofender al rival, se distancia de la idea de la contención. Hace décadas que las cámaras y el uso comercial de cualquier gesto personalizan todos los detalles del juego y contribuyen a la construcción de una marca individualizada que genera patrocinios y el interés de las redes sociales. Cuando, no hace tanto, Thiago y Alves se pusieron a bailar para celebrar un gol, Carles Puyol les instó a recuperar la compostura, que entonces se consideraba un valor de club y, por extensión, incluso de país.
Hoy la compostura, la falsa modestia y la contención pública han sido dinamitados por olas de vanidad, postureo y narcisismo. En el caso de Lamine, da la impresión de que el fútbol es la extensión natural de ese talento que comentaba De la Fuente. “Sin talento, aunque trabajes mucho no será suficiente”, decía Rafael Nadal. Y Gustave Flaubert remataba con una reflexión oportuna: “Para tener talento, debes estar convencido de que lo tienes”. Lo que es interesante de la evolución de Lamine es que la estamos viviendo en directo. Desde que Xavi se atrevió a incluirlo en el primer equipo –todo el mundo dice que era tan evidente que si no lo hubiera hecho Xavi lo habría hecho otro, pero lo cierto es que Xavi fue el primero y que este mérito no se lo quita nadie–, Lamine se expande a dos niveles paralelos. Primero, a través del juego, con un despliegue de recursos que al principio parecían intuitivos y que ya sabemos que son un campo de placer particular y de deslumbramiento colectivo. Y luego a través de la gestión de su personaje, que también regatea y finta los peligros más evidentes de la fama mal entendida y que, con el dominio del flow y la naturalidad audaz, inteligente, alegre y valiente que destila, me parece tan interesante como cuando coge la pelota.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.