El Barça perdió en València y no pasa nada y el Girona empató en Montilivi y bajará a Segunda División. El contexto transforma una misma circunstancia en un desenlace indiferente o dramático. Lo escribe Juan Villoro, que acaba de volver a publicar, ampliado y corregido, su indispensable El partido del fin del mundo (Libros del K.O): “El fútbol es un deporte de eternidades rápidas: inmortaliza a sus favoritos, pero solo hasta el siguiente campeonato y, en ocasiones, hasta el siguiente partido”.
Si, al despedirse del banquillo del Manchester City, Pep Guardiola cuestionó la existencia de la eternidad, Villoro la sitúa en una dimensión más efímera, siempre sometida a la reactividad de las aficiones. El partido de València no tenía ninguna trascendencia porque el Barça ya había ganado la Liga y todo el mundo entendía que se podía permitir el lujo de reservarse para el Mundial o disfrutar de un concierto de Bad Bunny en vez de cumplir los mandamientos de la ley de Flick. Incluso Flick se mostró comprensivo con la derrota, aunque ya avisó que, la próxima temporada, será más exigente con el rendimiento y el compromiso de su plantilla.
El éxito marca cuánto dura el amor que las aficiones profesan por sus ídolos
En una competición tan regular como la Liga, entender las razones de un descenso de categoría exige una capacidad analítica y una madurez autocrítica que no todos los equipos –ni todas las aficiones– tienen. En Girona, da la sensación de que los síntomas de desconexión y de cierta desesperación se acumulaban sin proponer tratamientos realistas y coherentes. Se apelaba demasiado a la épica y al éxito espectacular del pasado reciente para mirar hacia otro lado. Los que no somos gironistas pero tenemos amigos que sí lo son hemos asistido a un fenómeno singular: si hace solo dos años, estos amigos se declaraban enamorados del entrenador Michel, hace semanas que fruncían el ceño y preveían un final como el que, por desgracia, se ha producido.
Son las eternidades rápidas de las que hablaba Villoro. En el éxito de Guardiola o del primer equipo del Barça femenino, en cambio, la eternidad se plantea como un objetivo corporativo y un método de trabajo. Un objetivo que, más en el caso del Manchester City que del Barça, influye en el día a día económico, social y deportivo de los clubs y de sus aficiones. En la final de Oslo, vivimos una primera parte de juego decepcionante y frustrante, con jugadoras muy estáticas, agarrotadas por una prudencia estratégica que, por suerte, cambió en la segunda parte. Cuando emergieron el talento, la voluntad y la audacia, el guion desapareció y pudimos disfrutar de los ingredientes que justifican la existencia del fútbol. Es una lección que la retórica de los staffs, obsesivamente analíticos, cuestionará, pero que los espectadores celebramos. Por cierto, hablando de fútbol femenino, Villoro consigue ser igual de lúcido que cuando escribe sobre fútbol masculino. Dos ejemplos: a) “En la cancha, las mujeres son menos coquetas que los hombres. Además, entienden que el cuerpo está al servicio del espectáculo y que no es un espectáculo en sí mismo”; y b) “Mientras las mujeres juegan limpio y se abstienen de cosificar el cuerpo, los hombres apelan al doble simulacro del engaño y la seducción”.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.