Aquel día decidí dejar el fútbol. Me refiero al día en el que fallé dos penaltis en un partido.
Aquel era un encuentro entre cadetes de diferentes escuelas. Yo no era el mejor del equipo, no lo era ni de lejos, pero el entrenador –que también era nuestro profesor de Ciencias Naturales– confiaba en mí y me atribuía funciones comprometidas.
Cuando nos concedieron el primer penalti, me señaló con el índice:
–Lo tiras.
No era una decisión sobrevenida, sino más bien consensuada. Habitualmente, los penaltis los tiraba yo. Así había sido en el curso anterior. Y en el anterior al anterior.
No me pregunten el porqué.
No me lo pensé dos veces y nadie lo cuestionó. Agarré la pelota, la situé en el punto y lancé manso y desviado. Lancé fuera.
–¡No pasa nada! –me voceó el entrenador-profesor desde el banquillo.
No pasaba nada hasta que nos concedieron otro penalti.
–¡Lo tiras tú! –me ordenaron otra vez.
–¿Y eso?
–Mételo, y te quitarás un peso de encima.
Lancé de nuevo. Fallé de nuevo.
Y ahí empezó todo: empecé a odiarme como futbolista, y a odiar al profesor-entrenador, y a odiar el fútbol. Ocurrió en 1983. Al curso siguiente, dejé el balón para abrazar el atletismo.
Han pasado 43 años. Aún lo recuerdo.
El sábado pasado en Budapest, Gabriel Magalhães, futbolista profesional y millonario, defensa del Arsenal, colocó la pelota en el punto de penalti, escuchó las instrucciones del colegiado, miró de reojo al portero del PSG y disparó fuera.
Aquel no era un partido escolar, era la final de la Champions League. Y el error de Gabriel entregó el título a los parisinos. Mientras la gente del PSG saltaba, voceaba y se abrazaba, me quedé pensando en Gabriel.
Me lo imaginé horas más tarde, en el silencio de la noche en el hotel, llorando abrazado a su almohada, llorando como un niño, maldiciéndose a sí mismo y a Mikel Arteta, el entrenador que le había adjudicado el último turno, quizá maldiciendo también el fútbol, que al fin y al cabo es lo que es: es ese deporte sencillo y democrático que a menudo premia al equipo más defensivo, al que pierde el tiempo, simula lesiones, congela los tiempos y, si se tercia, resuelve en la azarosa y caprichosa tanda de penaltis.
“El fútbol es así”, que dice la muletilla anónima, y por eso mismo en su día perdí la fe en él y por eso mismo sigo preguntándome cómo amanecerá hoy el amigo Gabriel, qué le dirá el psicólogo para levantarle el ánimo.
(Pues, a diferencia de lo que me pasó a mí, él no podrá abandonar el fútbol así como así: en un pispás ya estará en la Copa del Mundo, defendiendo al Brasil de Ancelotti).
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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.