Cerrado a su favor el primer set, en 63 minutos, Sasha Zverev ha tenido que sentir alivio.
De repente, la carretera iba cuesta abajo. Rafa Jódar (19) se estaba doblegando. Exigido, el talento madrileño se encogía. Su derecha perdía eficacia. El saque no le regalaba puntos gratis. Los intercambios largos se iban del lado del alemán.
Alea jacta est: su sueño se estaba convirtiendo en pesadilla.
Y ante el decaimiento de Jódar, Zverev echaba a volar. Una hora y media más tarde, cerraba estos cuartos de final de este desconcertante Roland Garros.
¡Qué alivio!, tuvo que decirse el alemán.
A sus 29 años, a Zverev se le van abriendo las puertas de París. Le ha llegado la hora de sacudirse el sambenito que, entre bastidores, le han colgado los maledicentes: según ellos, Zverev es el mejor tenista de la historia que nunca ha ganado un Grand Slam.
Le ha llegado la hora, o eso se cree en el mundillo del tenis.
Esta es la suya, se dice él en voz baja y vocean los observadores. Quizás, este domingo, Zverev se proclame rey en el caos. Rey en el caos: al fin y al cabo, no hay quien entienda este torneo.
Cobolli, Arnaldi, Berrettini, Mensik, incluso Jódar... muy pocos hubieran citado estos nombres en la lista de cuartofinalistas del torneo. ¿Qué ha sido de Sinner, de Djokovic, de Medvedev, de Ruud, de Tsitsipás...?
Los clásicos de siempre han ido cayendo con las botas puestas, ejecutados por los indios.
Los indios son esta ristra de nombres inesperados entre los que se distingue, bien por él, a Zverev.
El momento es este y no otro, no siempre se conjurarán los dioses a su favor como lo están haciendo en este junio, apostando por él, y por eso Zverev, malcarado y maldito a cuenta de episodios pasados (sin ir más lejos, el proceso por violencia doméstica del que había salido absuelto en el 2024 tras pagarle 200.000 euros a su ex pareja), siente alivio cuando el primer set, resuelto en el tie break, queda de su lado.
La carretera hace cuesta abajo: a Zverev le circulan todos los golpes. La derecha es un martillo pilón y el revés paralelo a dos manos, una delicia. Hasta ahí, Zverev ha aguantado la salida de Jódar, salida en embestida, como le gusta a los jóvenes, en particular a Alcaraz, y superado ese momento, se ha aposentado. Si algo siente Zverev, tras estos años de zozobra, es confianza. Y apoyándose en la confianza, aturde a Jódar.
Desde su box, Rafa Jódar padre, esta vez acompañado por el doctor Ignacio Pérez Buendía, médico de la Federación Española de Tenis, contempla los acontecimientos en silencio. Poco puede hacer ahora: solo puede comprobar que Zverev, a estas alturas, es un muro demasiado alto para su hijo.
En nada, Jódar ve cómo se le escapa el segundo set.
Ahora es la fiesta de Zverev, este gigantón que coloca los primeros servicios, a menudo por encima de los 200 km/h, y apoyado en esos fundamentos, despacha a Jódar: ahora un saque-volea, ahora un servicio angulado sucedido por un revés paralelo, Jódar siempre acorralado, Jódar siempre sintiendo la superioridad del rival.
Por ahora, Zverev es más fuerte, más físico y más técnico: se mueve en unos parámetros superiores a los del madrileño, un recién llegado al tenis profesional que hace apenas un año aún se formaba en las pistas sintéticas de Virginia University, a duras penas figuraba en el Top 200 mundial y, desde luego, no contaba para nadie en el imaginario popular.
La noticia es un interruptus para el tenis español, pero también un consuelo. Se interpreta que hay vida más allá de Nadal y Alcaraz, mosqueteros que durante años han mantenido a la disciplina en territorio premium. Llega Jódar y se vislumbra también la silueta de Martín Landaluce, alumno avanzado de la Rafa Nadal Academy, octavofinalista en estos días en París. Mientras los españoles recogen las armas, Zverev afila su espada. Si juega como lo ha hecho este martes, se le intuye imparable.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.