A un directivo se le pide humanidad. Y al mismo tiempo que tome decisiones duras. Las dos cosas conviven mal. Por eso dirigir genera conflicto interno. Y por eso mismo muchos directivos, cuando decidimos, nos equivocamos.
Las personas decidimos muchas cosas desde la emoción. En la vida privada es desde luego así. Pero en la empresa, cuando la decisión afecta a otros, introducir el sentimiento en el núcleo de la decisión suele ser un error. No porque sentir sea malo, sino porque distorsiona el criterio. Y dirigir va precisamente de eso: de criterio.
Despidos, cambios de funciones, traslados, ajustes salariales, condiciones que empeoran. Nadie quiere tomar esas decisiones. Pero no tomarlas, o tomarlas tarde, empeora el resultado. He aquí cómo una decisión necesaria se retrasa por pena, por vínculo personal, por miedo a hacer daño. El resultado no es más humanidad. Es más daño, repartido entre más personas.
Decidir racionalmente no es decidir sin ética. Es decidir sin autoengaño. El qué debe responder a razones empresariales: viabilidad, sostenibilidad, justicia interna, futuro del proyecto. Cuando el qué se contamina de sentimientos, lo que aparece no es compasión, sino arbitrariedad. Y eso no es humano. Es injusto. Inapropiado. Y desleal con la misión de un administrador.
El directivo que separa planos, que no mezcla decisiones y sentimientos, puede decidir con claridad y ejecutar con humanidad
A lo largo de mi vida profesional he tenido que despedir a muchas personas. En la mayoría de los casos me he ocupado de recolocarlas, de abrir contactos, de dar tiempo cuando sabía que la persona lo necesitaba, de cuidar la salida. Ahí está la responsabilidad. Ahí está la decencia. Ahí el “amor” del título del artículo. Pero la decisión, cuando era necesaria, no podía tomarla desde el afecto ni desde la culpa porque entonces no la tomaba. Este es el punto. No defiendo una dirección sin alma. No es eso. Es justo lo contrario. El directivo que mezcla sentimientos con decisiones acaba tomando malas decisiones y, además, gestionándolas mal. En cambio, el que separa planos puede decidir con claridad y ejecutar con humanidad.
Muchos directivos sufren (¡sufrimos!) por esto. Porque sentimos. Porque empatizamos. Porque conocemos a las personas. Es normal. Pero dirigir no consiste en evitar el conflicto emocional propio, sino en soportarlo. Decidir no siempre te va a hacer sentir bien. Y si esperas a sentirte bien para decidir, probablemente no decidirás. En la guerra –y no es una comparación amable– un general sabe que una decisión estratégica tendrá costes humanos. No por eso renuncia a tomar una colina. Lo que hace es asumir la responsabilidad completa: decidir minimizando el daño. En la empresa, salvando todas las distancias, la lógica es la misma.
Las emociones no pueden estar en la decisión. Deben estar después. En cómo se comunica. En cómo se ejecuta. En cómo se acompaña. En cómo se responde a las consecuencias. Ahí sí. Ahí son imprescindibles. Pero no en el qué. Ahí, sin dolor. Luego, en la ejecución, con amor.

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Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.
Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.
Excelente trabajo de la redacción, como siempre.