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El negocio del mundial: gana la FIFA, pierde el aficionado

El evento reportará beneficios marginales a los países organizadores, mientras la federación y los patrocinadores se llevan el pastel

El negocio del mundial: gana la FIFA, pierde el aficionado
El estadio de Dallas (Texas), donde se jugarán más partidos Carlos Ramírez / EFE
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Actualizado hace 15 h Contrastado por la redacción Cómo lo hemos informado

Esta información ha sido elaborada por la redacción de La Vanguardia a partir de fuentes propias y verificadas.

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  • 01Al aficionado al fútbol le han metido un gol.
  • 02Está a punto de empezar el mayor evento deportivo del planeta y ya se puede hacer un balance de previsiones económicas: bolsillos llenos para la federación internacional (FIFA) y para las empresas de patrocinio que buscan visibilidad y fortalecer sus marcas cabalgando el boom del tráfico digital que se va a generar alrededor de los partidos y las codiciadas iniciativas de  hospitality.  Y todo esto al margen de si los estadios estarán llenos o de si los hoteles y restaurantes de los países acogedores harán su agosto (en junio).
  • 03Porque las posibles gradas vacías, las entradas a precios prohibitivos y la atonía del consumo local son solo el reflejo de un deporte, el fútbol, que se ha transformado en un negocio de naturaleza cada vez más extractiva, con un coste público al servicio de un beneficio privado.
  • 04La Copa Mundial de Fútbol Masculino 2026, coorganizada por Estados Unidos, México y Canadá, debuta la próxima semana con un formato expandido a 48 selecciones–que representan más del 85% del PIB del planeta– y 104 partidos repartidos en 16 urbes norteamericanas.

Al aficionado al fútbol le han metido un gol. En su propia puerta. Está a punto de empezar el mayor evento deportivo del planeta y ya se puede hacer un balance de previsiones económicas: bolsillos llenos para la federación internacional (FIFA) y para las empresas de patrocinio que buscan visibilidad y fortalecer sus marcas cabalgando el boom del tráfico digital que se va a generar alrededor de los partidos y las codiciadas iniciativas de hospitality. 

Y todo esto al margen de si los estadios estarán llenos o de si los hoteles y restaurantes de los países acogedores harán su agosto (en junio). Porque las posibles gradas vacías, las entradas a precios prohibitivos y la atonía del consumo local son solo el reflejo de un deporte, el fútbol, que se ha transformado en un negocio de naturaleza cada vez más extractiva, con un coste público al servicio de un beneficio privado.

La audiencia prevista para esta edición del mundial de fútbol masculino 2026 es de 6.500 millones de personas: supone que tres de cada cuatro individuos del planeta mirarán partidos

La Copa Mundial de Fútbol Masculino 2026, coorganizada por Estados Unidos, México y Canadá, debuta la próxima semana con un formato expandido a 48 selecciones–que representan más del 85% del PIB del planeta– y 104 partidos repartidos en 16 urbes norteamericanas. Es un acontecimiento global, estirado al máximo, concebido para que el pastel financiero sea más grande todavía. Las previsiones oficiales difundidas por la FIFA dibujan un escenario eufórico: una repercusión económica global de 80.100 millones de dólares, un incremento del PIB mundial de 40.900 millones y la creación de más de 800.000 puestos de trabajo directos e indirectos. Sin embargo, estas cifras agregadas enmascaran un modelo profundamente asimétrico de distribución de ingresos.

Empecemos por la esfera local. Una investigación de Oxford Economics sobre las ciudades sede indica que el impacto real será, en el mejor de los casos, “modesto”. “La mayoría de los beneficios de albergar el Mundial serán de corta duración y los disfrutarán principalmente las empresas de los sectores de ocio y hostelería”, comenta desde Nueva York la economista autora del estudio, Barbara Denham.

“Como se ha erigido muy poca infraestructura nueva para la Copa del Mundo este año, el impacto a medio plazo en el crecimiento será limitado y, en su mayor parte, la actividad turística que rodea a los partidos simplemente desplazará al turismo existente y el efecto se desvanecerá rápidamente una vez que concluyan los partidos”, detalla.

La banca de inversión cree que los impactos en el PIB de los países organizadores será modesto

Por lo tanto, no se espera un boom estructural, entre otras cosas porque la FIFA no ha dudado en hacer el acontecimiento cada vez menos popular y más elitista, elevando el precio de los billetes de forma drástica. Su presidente, Gianni Infantino, lo ha justificado argumentando la necesidad de adecuarse al mercado. Para los encuentros de las fases de eliminación directa, las localidades llegan a superar los 700 dólares para los mejores asientos, disparándose a varios miles en la reventa. En cuanto al alojamiento, algunos estudios publicados en medios norteamericanos, como el de Rustic Pathways, indican que en promedio hay que desembolsar más de 250 euros por noche.

Una investigación de Saxo Bank, titulada Un macroevento con microimpactos , estima que el torneo apenas hará subir un 0,1% el PIB de Estados Unidos, el principal país organizador. Una minucia que demuestra que el fútbol, por sí solo, no mueve la aguja macroeconómica de un gigante. “Los cambios en las métricas del PIB en EE.UU. estarán más influenciados por los estímulos fiscales de la One Big Beautiful Bill de Donald Trump, la incertidumbre de la guerra en Irán o el aumento de los precios del combustible”, aseguran en Oxford Economics.

En el capítulo de costes, si bien es cierto que esta vez se ha evitado la edificación de instalaciones desde cero, las ciudades anfitrionas deben sufragar cuantiosos gastos vinculados a la seguridad pública, la logística urbana y el transporte. La contrapartida de esta partida de financiación pública apenas se traduce en retornos fiscales directos para las administraciones locales. La FIFA impone contractualmente a los estados organizadores exenciones tributarias integrales para sus propias operaciones y las de patrocinio. La recaudación fiscal, si apenas cuenta con el IVA de los turistas, no compensa el esfuerzo institucional.

Además, la perspectiva histórica demuestra que los costes iniciales de organización de un Mundial de fútbol siempre tienden a incrementarse muy por encima de lo presupuestado. Ha sido la norma desde la edición de Alemania en 2006. Una investigación del profesor de Oxford Bent Flyvbjerg estima que esta clase de macroeventos deportivos acostumbra a sufrir un desvío presupuestario promedio del 170%; es decir, más del doble de lo planeado. El caso de Qatar (2022) es emblemático al respecto: se fijó un objetivo inicial de 20.000 millones de dólares y el balance final terminó devorando 220.000 millones entre carreteras, líneas de metro y nuevas infraestructuras faraónicas.

En cuanto a la supuesta herencia económica de estos campeonatos, los registros históricos analizados por Saxo Bank revelan que los países organizadores experimentan, en promedio, un incremento marginal de apenas el 0,4% en el crecimiento de su PIB durante el año posterior a la finalización del torneo. En el caso de la edición de Brasil, en 2014, el impacto fue incluso negativo, restando dos décimas a las cuentas nacionales.

Los precios elevados de las entradas ralentizan las reservas hoteleras y cuestionan las previsiones

Cabe hacerse la pregunta inevitable: ¿Aún merece la pena organizar un Mundial de fútbol? Para la FIFA, constituida formalmente como una asociación sin ánimo de lucro, la respuesta es un sí rotundo. La federación, con base en Zúrich, confía en ganar por goleada: entre derechos de retransmisión audiovisual, patrocinios y ventas de entradas y servicios de hospitality, confía en ingresar, al neto de los costes, casi 11.000 millones de dólares. Un récord histórico en los casi 100 años de los campeonatos mundiales, lo que supone incrementar en casi un 50% el dinero que entró en sus arcas en la anterior cita de Qatar.

El modelo de negocio de la FIFA en esta edición se apoya en la previsión de que el 40% de los asistentes a los estadios serán turistas internacionales de alta capacidad de gasto, con estancias medias de 12 días y un desembolso diario estimado en 416 dólares por persona. Si el diseño se cumple, esperan una afluencia total de 6,5 millones de aficionados, lo que duplicaría la asistencia de la última edición norteamericana en 1994. Con todo, podrían ser previsiones demasiado optimistas: con las entradas y la hostelería se esperan más ingresos que los que se obtuvieron en el conjunto de las seis ediciones anteriores combinadas.

De hecho, los primeros indicadores ya encienden las alarmas. Según datos de la consultora especializada Lighthouse, el ritmo de reservas previas está muy por debajo de lo esperado. Sedes de la importancia de Atlanta y Seattle registraban una ocupación hotelera de apenas el 12% para los días de partido. Ante este panorama, cinco de cada siete ciudades sede en EE.UU. se han visto obligadas a rebajar sus precios hoteleros hasta un 15% desde el pasado otoño para intentar reanimar la demanda. “La frustración de los aficionados con los altos precios de las entradas, el sentimiento negativo exacerbado por el conflicto de Oriente Medio y las preocupaciones sobre la política internacional han añadido nuevos riesgos tanto al deseo de viajar al evento como al impacto económico general”, insisten desde Oxford Economics.

El impacto global del mundial será de 80.000 millones de dólares, según la FIFA. También se crearán más de 800.000 empleos directos e indirectos. El coste total será de 14.000 millones.

En todo caso, este desajuste no parece quitarle el sueño a la cúpula de la FIFA ni a los patrocinadores, que no temen que su reputación quede asociada a los anteriores escándalos de fraude y corrupción de la entidad organizadora. Uno de ellos es Bank of America, cuyos analistas han evaluado el impacto del torneo con euforia digna de una hinchada entregada: “El mundo rugirá como nunca antes”, aseguran, añadiendo que “el impacto económico será enorme y será la edición más lucrativa de la historia”.

Los números respaldan su entusiasmo: la FIFA ha presupuestado unos ingresos por derechos de marketing y patrocinios de aproximadamente 2.800 millones de dólares, un nuevo máximo histórico que avanza un 50% respecto a la edición anterior. Las empresas patrocinadoras cuentan con una audiencia global prevista de más de 6.000 millones de personas; es decir, siete de cada diez habitantes del planeta, superando por primera vez el alcance neto de los Juegos Olímpicos.

Los derechos de retransmisión se disparan y la digitalización abre nuevos ingresos

Si los derechos de retransmisión televisiva romperán por primera vez la barrera de los 4.000 millones de dólares (un 26% más que en 2022), el verdadero valor añadido de esta edición reside en el peso del ecosistema digital. El aficionado ya no es un mero espectador pasivo; ahora participa, consume e interactúa en la red. Se calcula que solo el partido de la gran final podría llegar a consumir el 7% del tráfico global de datos de internet y, por primera vez, las emisiones por streaming superarán a la televisión tradicional. El torneo generará unos 90 petabytes de datos –45 veces más que en Qatar–, consolidando la máxima de que, hoy en día, los datos de comportamiento del usuario son un producto financiero en sí mismos.

El trofeo de la Copa Mundial de la FIFA se exhibe durante la parada de la Gira del Trofeo de la Copa Mundial de la FIFA en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York 
El trofeo de la Copa Mundial de la FIFA se exhibe durante la parada de la Gira del Trofeo de la Copa Mundial de la FIFA en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York REUTERS

No obstante, hay que matizar. Patrocinar la Copa del Mundo, un acontecimiento festivo que, a diferencia de la rivalidad exacerbada de las ligas nacionales, asocia las marcas con emociones y buenas vibraciones, tampoco es garantía de retorno asegurado. “Cuando se habla de patrocinio, hay que distinguir: están los oficiales del evento, los de las federaciones nacionales y los de los jugadores. En ocasión del mundial las distintas marcas se sobreponen y consiguen cada una parte de visibilidad. Pero esto supone también un problema, porque se puede generar confusión y una sobrepoblación excesiva”, advierte Carlos Cantó consejero delegado de SPSG Consulting, que elabora cada año el Barómetro del Patrocinio Deportivo. “En mi opinión, sería conveniente que las marcas que participen en el mundial extiendan sus iniciativas más allá del período concreto de la competición. Las encuestas confirman que el consumidor recuerda como mucho tres marcas, pero no más”.

Así que no hay receta mágica para hacer negocio. Como recuerdan los analistas de Saxo Bank, “los inversores deben mirar más allá del césped; las verdaderas plusvalías se concentran en las firmas de gaming , el delivery automatizado y las plataformas de apuestas que utilizan algoritmos de fijación dinámica de cuotas”. Es allí donde se mueve el dinero real. Un sofisticado juego financiero sobre el juego deportivo. Y ahora, que ruede la pelota y que gane el mejor.

Piergiorgio M. Sandri
Piergiorgio M. Sandri
Dinero

En La Vanguardia desde el 2000. Especializado en Economía internacional, ha cubierto como enviado el Foro Económico de Davos, la OMC o el BCE. Licenciado en Derecho en Roma, Master en Periodismo UB/, PDD del IESE. Premio AECOC.

Ver comentarios 3
Las normas de la comunidad aplican.
ML
Marta L.Suscriptorhace 12 min

Buen análisis, ayuda a entender el contexto de la noticia.

JP
Joan P.Suscriptorhace 28 min

Se agradece el rigor y las fuentes contrastadas.

RV
Roberto V.hace 1 h

Excelente trabajo de la redacción, como siempre.